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01-06-2010 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Titiripapá

Cordobés de nacimiento, titiritero por elección, Carlos Martínez es un artista integral. Creó, junto a Silvina Reinaudi, el exitoso grupo “Asomados y escondidos" y dio vida a uno de los personajes más entrañables de la historia titiritesca: ‘Zoquete’. Una colorida media con rayitas que esta temporada está de estreno en el Teatro Cervantes.

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por Marisa Rojas


Carlos Martínez es alto, grandote, muy amable, y definitivamente ‘conversador’. Habla con una inconfundible tonada cordobesa, a pesar de sus muchos años viviendo en Buenos Aires y de sus extensas giras por América Latina y Europa. “Pero yo antes no era así. Era tímido, introvertido… Por eso empecé a hacer teatro. Después, claro, me pasé para el otro lado”, cuenta, café de por medio.
Martínez estudió meteorología, pero su vocación primera es el arte. “Me formé en la Escuela de Bellas Artes de Córdoba, yo pensaba pintar, me gustaba mucho la pintura, pero en los años ‘60 los pintores vendían sus cuadros a un sector social que a mí no me interesaba mucho. Un día descubrí el teatro y me fui de gira con un grupo, hacíamos una obra que se llamaba El carretón de Juan de la Cruz, una parábola sobre la muerte de Atahualpa, una cosa muy política, latinoamericanísima. Llegamos a Venezuela y ahí lo conocí a Javier Villafañe, conocí sus títeres, y quise estudiar con él”.

¿Hasta entonces no habías tenido ninguna vinculación con los títeres?


No, es más, los odiaba. No me gustaban, me parecían de mal gusto. Pero con Javier fue distinto. Él nos enseñó a vivir, nos enseñó de la vida. Vivimos todos en su casa durante algún tiempo. Éramos cuatro. La primera obra de títeres que hice con el grupo fue la misma con la que empiezan todos los titiriteros, La calle de los fantasmas, de Villafañe.

Fue durante tu estadía en Caracas que nació tu compañía, Triángulo…


Triángulo es el nombre del grupo actoral que yo integré durante los cinco años que estuve en Caracas. Lo que hicimos nosotros fue fundar el elenco titiritesco de la compañía, el Taller de Títeres Triángulo. Después yo volví a la Argentina, hice cine en Buenos Aires con un grupo que se llamaba C.I.N.E., y luego regresé a Córdoba, ahí nos conocimos con Silvina Reinaudi y armamos un grupo que, al principio, siguió siendo Triángulo.

¿Qué recuerdos tenés de los tiempos de “Asomados y escondidos”?


Con Silvina fuimos pareja unos cuatro años, pero trabajamos juntos mucho más, todavía lo hacemos. Apenas nos conocimos armamos un espectáculo y al poco tiempo nos presentamos en un concurso del Canal 10 de la Universidad para hacer un programa de televisión… ¡y lo ganamos! Así nació “Asomados y escondidos”, en principio éramos nosotros dos, después se sumó Roly Serrano y luego Horacio Gramajo. Tuvimos bastante éxito, en cuatro meses pasamos de ser un dúo a un elenco de 6 o 7 actores. Con Silvina tuvimos una experiencia muy rica a nivel artístico y a nivel humano. Cuando nos separamos, en el ‘79, yo me vine a Buenos Aires con Laura Devetach y Gustavo Roldán. En esa etapa yo pertenecía más al grupo de escritores de cuentos para chicos, como Graciela Montes. Y acá en Buenos Aires, en el año ‘83, nació El molinete, fue una idea mía porque quería hacer un unipersonal, aunque como no me daba el cuero, me ayudó Miguel Rur. Así fue dándose todo, como en cadena. Es que los que hacemos cosas para chicos somos como una familia, nos conocemos todos, tenemos hermanos a los que queremos más que otros, pero somos una familia.

La irrupción en el mundo titiritesco de un personaje como ‘Zoquete’ fue toda una novedad, la propuesta de manipulación y el espacio mismo donde jugabas fue sorprendente, y también se lo criticó…


Claro, en la creación del ‘Zoquete’, que es una media que nace a la vista del público, hay un gran trabajo actoral. En su momento, armar un títere a la vista del público y que ese fuera el personaje central era algo insólito para un titiritero. Además, el ‘Zoquete’ es simple: una media, dos ojos y una almohadilla, es pura interpretación. En realidad, esa ha sido siempre nuestra propuesta, porque creemos que todo el mundo tiene posibilidades de crear y jugar transformando los objetos más sencillos. En su momento, yo fui muy criticado por los titiriteros tradicionales, pero ahora somos todos amigos.

Amigos y miembros de una familia con la que continúan encontrándose y teniendo proyectos en común…


Sí, claro. Ahora reponemos El molinete en el Teatro Cervantes, bueno, en verdad estrenamos. Porque yo ya no actúo, sólo dirijo, ahora a ‘Zoquete’ lo manipula un gran actor y titiritero, Sergio Bressky, además, la música del espectáculo es nueva, la hicimos con Miguel (Rur) y Silvina colaboró en el diseño. Con ella estoy colaborando en un nuevo ciclo para televisión, para Canal Encuentro, que se va a llamar Chicuchis.

¿Cómo es hacer televisión ahora, después de esa experiencia de los ‘70 en la televisión cordobesa?

 

Bueno, esta vez hay toda una producción, una empresa que hace eso. Nosotros antes, para hacer un programa de media hora estábamos toda una semana escribiéndolo, ensayando, hacíamos los muñecos entre los dos. Ahora la experiencia es más fragmentada, aunque Silvina está metida en todo. También cambiaron los tiempos de realización, los tiempos de ensayo, ahora tenemos que hacer todo apurados, como la vida de Buenos Aires y como la vida de la televisión. Pero dentro de eso tratamos de hacer el mejor producto, que sea afectivo, cuidado, que tenga contenido por supuesto. Encuentro es una propuesta relativamente nueva y se permite ciertos lujos que otros canales no.

En la última década fuiste, y ahora sos nuevamente, jurado del Instituto Nacional del Teatro en la evaluación de proyectos vinculados al teatro de títeres, ¿qué es para vos importante en este tipo de teatro?


Que la propuesta sea enriquecedora, renovadora en lo posible. Y que tenga calidad artística. La propuesta nueva funciona como un hecho artístico completo. Y hay muchos grupos que están intentando innovar pero no encuentran una dramaturgia que los acompañe, por eso muchos espectáculos resultan aburridos. También me interesa que haya humanidad, afectividad. Yo le pido a un espectáculo que me muestre algo de eso, al hombre, a la persona, sean títeres para chicos o para adultos.

Tu trayectoria como titiritero habla también de un interés especial por el desarrollo del teatro de títeres para adultos, lo que aún hoy sigue siendo en Argentina poco usual, ¿por qué crees que sucede esto?


Yo empecé a hacer títeres para adultos porque creo que el lenguaje titritesco permite expresiones artísticas que no son posibles con otros recursos, es muy rico. Y a mí particularmente me pasó que sentí la necesidad de decir muchas cosas, políticas, de nuestra vida, de nuestra sociedad, a los grandes. Lo que sucede es que el títere se asocia mucho al niño porque así se lo solicita en las escuelas. En la provincia de Buenos Aires, en el currículum, les piden a los docentes la utilización de títeres para la tarea educativa, cosa que nos abre el mercado laboral a todos los titiriteros, debemos decirlo.

¿No atenta eso contra el desarrollo del género para el público adulto?

 

No. Creo que todo alimenta. Hay mucha gente interesada en los títeres para adultos. Y hay muy buenos titiriteros. Está Horacio Peralta, que es buenísimo. Cuando haya dos o tres espectáculos juntos de títeres para adultos la historia será otra.

En el principio de la charla contaste que hasta que conociste a Villafañe los títeres no sólo no te interesaban si no que no te gustaban, recorriendo tu historia artística debemos decir que una confesión de ese tipo es poco creíble.


¡Pero es cierto! Cuando yo empecé no me gustaban los títeres, bueno, algunos no me gustaban. Aunque siempre he pensado que es probable que cuando era chico haya visto uno y me haya asustado, ¡porque hay cada titiritero maligno también! Ja ja ja… La verdad es que para mí ser titiritero es un aspecto muy importante de la vida, vivo prácticamente de esta profesión. Cuando me preguntan por qué, finalmente, elegí los títeres, yo digo que no sé si los elegí. Yo se que empecé a hacer títeres porque era una experiencia y de esa experiencia empecé a vivir.

 


Un clásico renovado


En los años ‘80, con su espectáculo El molinete, Carlos Martínez creó un personaje tan simple como encantador. Hecho en base a una media con rayitas, Zoquete cobraba vida a partir de la mano del titiritero que salía desde el piso a la vista del público, algo bastante cuestionado entonces por los titiriteros más tradicionales. “También con el espacio en donde vivía este personaje rompimos esquemas”, recuerda Carlos. Es que el retablo de este personaje tenía rueditas y estaba realizado en forma de S.


Para el público, ese pequeño risueño muñeco de colores, de ojos y flequillo saltones, pronto se convirtió en símbolo de la independencia y la aventura. Durante más de quince años en Argentina, donde estrenó en el Teatro Payró, en Latinoamérica y en España, Carlos le puso el cuerpo a un Zoquete que cada función crecía en el taller de su títiripapá para salir al mundo y descubrirlo.
Pero, ¿cómo es hoy, en tiempos en que la tecnología también es parte del arte, llevar a escena a un muñeco de tela del tamaño de una mano? “El molinete es una historia de plena vigencia. Yo la escribí pensando en chicos chiquitos pero es válida para los chicos, para los grandes, es la historia de la independencia, de la libertad, y es muy afectiva. Lo que ha cambiado es el espectador, sus tiempos de atención. Ahora tenemos chicos mucho más televisados que en los ‘80, y eso ha modificado sus lecturas. Hoy no podría pensar en una escena en silencio de 3 minutos. Por otro lado, ahora tenemos más posibilidades técnicas. Y en esta oportunidad, y por primera vez desde que nació el personaje, yo no voy a manipularlo. Esta vez sólo dirijo, estoy afuera. Eso me permite ver muchas cosas que antes no podía. Por ejemplo, que la historia se cuente de una manera mucho más artística y divertida”, señala Martínez.


Desde el primer fin de semana de julio, Zoquete volverá a un escenario porteño de la mano del actor y titiritero Sergio Bressky junto a Gastón Guerra. Con nueva música, del propio Martínez y de Miguel Rur, una orquestación de cuerdas y vientos a cargo del grupo Under Garmaz; asesoría pedagógica de María Inés Bogomolni; diseño color de Silvina Reinaudi; realización de muñecos, objetos y mecanismos del propio Taller de Títeres Triángulo; escenografía de Rubén Berazain; iluminación y dirección general, Carlos Martínez.

El molinete. Teatro Nacional Cervantes. Sala Orestes Caviglia. Libertad 815. 4815-8883. Sáb. y dom. 17 hs. (estreno: 3 de julio) En vacaciones de invierno, de mié. a dom. 17 hs. Para escuelas: vie. 14:30 hs. www.teatrocervantes.gov.ar

 

 

Planeta Martínez

Carlos Martínez, autor, actor, titiritero, músico, docente y director, nació en Córdoba. Estudió pintura en la Escuela Municipal de Bellas Artes de esa ciudad y realizó estudios de meteorología. “Como sabía que no iba a vivir del arte, estudié meteorología. Soy observador meteorológico, profesión en la que nunca trabajé porque siendo muy joven me fui a hacer teatro por Latinoamérica”, confiesa. Fue Jefe de Estadísticas del Instituto Nacional del Teatro, institución en la que hoy –y como lo hiciera también muchos años atrás- se desempeña como jurado. Además, dicta clases en la diplomatura de títeres de la Universidad Nacional de San Martín. “Pertenezco a una época donde la filosofía era la del hombre integrado, un hombre que tuviera formación en todo, que pudiera disfrutar del arte, de la música, de la plástica, también de las estadísticas”, cuenta el hombre que en la década del ’80 supo cautivar a los chicos cordobeses desde la pantalla del Canal 10 de televisión junto a Silvina Reinaudi con Asomados y escondidos, el mismo que desembarcaría luego en ATC y en Canal 13 con Zoquete, acaso uno de los títeres más entrañables de la historia titiritesca nacional.


Más info: www.triangulo-titeres.com.ar 

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