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02-01-2012 |

Crianza - Madres y Padres

¿Querés ser mi amigo?

En el jardín, los chicos son todos amigos. Más adelante, encuentran un mejor amigo, y a medida que van creciendo irán dando nuevos sentidos a la idea de amistad. Pero a pesar de tener similitudes evolutivas, la amistad durante la infancia es una trama particular de cada biografía, que adquiere su espesor, su propia dimensión, su color particular. De espesores y colores de la amistad trata esta nota.

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Por Gabriela Baby



“Amigos para siempre”, rezan banderas en las fiestas de fin de año del jardín. “A los amigos no se les pega”, advierte una maestra a un nene. “Amigo es el hermano que se elige”, señala el lugar común, no por eso menos legítimo. “Era mi mejor amiga”, dice una nena al borde de las lágrimas.

La palabra amigo encuentra diversidad de espacios, usos y consignas con las que darle sentido. Y los chicos tejen sus relaciones particulares de amistad: a veces son amigos los nenes cuyos padres o madres son amigos. Otras veces son amigos sólo mientras comparten una actividad o, por el contrario, porque comparten años de historia en común. También hay amigos eventuales, que se sientan en el mismo banco o coinciden en la misma playa. La amistad encuentra tantos matices como personas (y personitas) la practiquen en el mundo. Y sin embargo, es una idea que sostenemos socialmente.

“El concepto de amistad es algo que empezamos a crear en los chicos desde el jardín, donde se utiliza mucho la palabra amigo: ‘somos todos amigos’ se dice a los más chicos, y es una forma de empezar a crear un lazo social y afectivo, un modo en que el niño pueda empezar a relacionarse con otros de su misma edad para compartir”, dice Mónica Peisajovich, psicóloga especialista en niños.

A través de ese compartir, se inaugura una etapa de la vida donde adquiere fundamental importancia el despegue de la madre: “Cuando el chico empieza a crecer, es importante que despliegue una relación con un otro extra-familiar, porque si no se corre el riesgo de quedar atrapado en la relación madre/hijo o en la relación intrafamiliar. Ese alguien externo a la familia que va a formar parte de su mundo cotidiano le va a permitir abrir horizontes en todos los aspectos de su vida: en lo social, en lo afectivo, en lo educativo. Pero lo más importante es que la amistad es la apertura hacia un par, hacia un igual en edad, es decir, a alguien que no está a cargo de su cuidado. En este intercambio con otro par el niño se nutre: conoce otros modos de ser y de vincularse, ajenos a los establecidos en su propia familia”, dice la psicóloga.

Salir al mundo, relacionarse, aprender de los otros: el amigo está allí para posibilitarlo. Y también hace posible la primera elección de un vínculo afectivo. A partir de su experiencia como docente de jardín de infantes, Verónica Wigutow, Lic. en Ciencias de la Educación y profesora de Enseñanza Preescolar, cuenta: “Tener amigos es importante porque nos ayuda a sentirnos acompañados, a compartir con otros distintos momentos de nuestra vida. Entre los chicos, implica un vínculo entre pares. Para muchos, el jardín es el primer lugar donde esto sucede, ya que viven rodeados de adultos o niños mayores y, por lo tanto, implica todo un aprendizaje. La elección es un elemento fundamental en la amistad, y es lo que la diferencia de otros vínculos”.


Mi amiga, mi amigo

“Somos amigas porque compartimos algunos gustos, nos llevamos bien y no nos peleamos. Porque cada una conoce a la otra y arreglamos las cosas de manera que nos gusta a todas”, explica Martina, de 9 años, el lazo que la une a sus tres inseparables compinches.

“Es mi amigo porque me presta la pelota para jugar”, dice Francisco de 5 años, un tipo práctico.

“Hoy Emma fue mi mejor amiga: jugamos todo el tiempo juntas. La quiero invitar a casa”, dice Azul de 5 años, sin temor a las relaciones eventuales.

“Paulina no es más mi amiga. No me quiere prestar la muñeca”, dice Julieta de 4 y medio, que está aprendiendo algo de los intercambios.

El que presta, el que invita, los que comparten, los que se divierten juntos: la palabra amigo reviste diversos valores. Y el contenido que le dan los chicos a la amistad encuentra sentidos múltiples.

Wigutow señala: “Para los adultos, un amigo es alguien con quien compartimos nuestros momentos felices y no tan felices, alguien en quien confiamos y a quien queremos y, fundamentalmente, a quien elegimos para que forme parte de nuestra vida. Nuestras relaciones de amistad suelen perdurar en el tiempo, salvo que suceda algo por lo que se termine: enojos, peleas o distancias. Muchas de estas características coinciden con lo que puede ser un amigo para los chicos. La diferencia es que las relaciones de amigos entre chicos pueden ser más ‘etéreas’, menos duraderas. En mi experiencia como docente vi muchas veces una amistad de un día o de una mañana. Por supuesto que no por ser breves eran poco intensas: en los chicos más chicos (sobre todo los de 2 y 3 años) era muy frecuente que si alguno invitaba a otro a su casa a jugar, ese día eran los mejores amigos, se sentaban juntos en todos los momentos, iban de la mano. Lo mismo podía suceder el día posterior a una visita por fuera del jardín”, cuenta la docente.

La amistad es un juego con reglas propias, que el niño aprenderá de una sola manera: jugando. Al respecto, Verónica Wigutow dice: “Existe una especie de supuesto que tenemos respecto a la amistad: los chicos ‘tienen’ que ser amigos entre sí. Los docentes exigimos que sean todos amigos. Y es para preguntarse: ¿acaso nosotros, en un grupo de 25 personas, somos amigos por igual de todos, nos da lo mismo sentarnos al lado de uno que de otro, queremos escuchar lo que cada uno de nuestros ‘amigos’ hizo el fin de semana? Probablemente no, pero a la hora de coordinar grupos aparece como una exigencia para los chicos: tienen que llevarse bien, ser amigos, darles lo mismo jugar con uno que con otro. Quizás confundimos la palabra ‘compañero’ con la palabra ‘amigo’, que, por supuesto, no son lo mismo”.

Amigo, compañero, conocido y otras categorías van dando más o menos distancia a los pares que nos rodean. Pero la sutileza de la distancia implica también un ejercicio de aprendizaje. La emoción, las expectativas, la idealización depositadas en cada uno de los vínculos que se establecen con los otros –los pares– responde también a un conocimiento que se adquiere a medida que se acumula experiencia en el juego de las relaciones, es decir, a medida que se crece.


Dime con quién andas

¿Cómo se eligen los amigos? ¿Qué o cómo se determina el modo en que cada persona elegirá a sus relaciones afectivas? “Dime con quién andas y te diré como fuiste tratado” dice Mónica Peisajovich, parafraseando un dicho de las abuelas. Y explica: “La familia es la base, deja escritas las primeras y más importantes huellas. Y los amigos son casi como una familia elegida: en los amigos se reproducen esquemas y patrones familiares. Se elige a los amigos acorde a la relación que uno tuvo con el otro cuando fue tomado como semejante”.

El vínculo más o menos amoroso que se establezca con los amigos tendrá que ver con esas primeras huellas aparentemente imborrables. Pero no solo la historia primigenia del vínculo familiar marca un modo de elegir las amistades. Sino también los ejemplos, las maneras de ser de padres y madres organizan un marco o universo posible para los vínculos: “La sociabilidad de los padres, como casi todos los aspectos de los adultos, es proyectada hacia los niños durante la infancia. Por eso es necesario que el entorno en que los niños estén inmersos les brinde seguridad, confianza y fortalezca su autoestima para que de este modo ellos puedan lograr establecer vínculos saludables con los otros”, señala Rosina Duarte, psicóloga y coordinadora del Primer Programa Argentino de Formación en Primera Infancia y Crianza.

Con ciertas resonancias del mundo familiar, el chico trazará su propia historia de la amistad sobre una historia evolutiva más o menos esperable. Dice Peisajovich: “Lo esperable es que haya un punto de socialización generalizada a los 2 o 3 años: son todos amigos, por momentos con el acento puesto en un amigo en particular que a veces es del mismo sexo y otras veces de otro sexo. Esto sigue evolucionando hasta que se crea un mejor amigo al comienzo de la escuela primaria. Alrededor de los 7, 8 años empiezan a formarse grupos un poco más amplios, y en la pubertad vuelve a buscarse el par, para llegar a un efecto de masa en la preadolescencia. Esto luego va a depurarse: los chicos hacen una selección de amigos, hasta que queda el grupo de los más íntimos, alrededor de los 14, 15 años. Cuando termina la secundaria, este grupo puede continuar o no, depende de los avatares de la vida y de la fortaleza del lazo que pudieron crear”.


El que no tiene amigos

Quienes merecen una mirada atenta son aquellos niños que no se relacionan, coinciden las especialistas. El tímido, el que se queda en el rincón, el que participa en clase solo cuando la maestra le pregunta, no juega en el grupo ni cuenta de sus cosas en la ronda de inicio de la jornada, ese nene necesita ser escuchado especialmente.

“Ocurre por lo general que los que están más a la vista del docente son los niños que ‘se portan mal’. Los que gritan, tiran cosas, se pelean: los revoltosos. Pero los maestros deberían poner la atención en los que no hablan, en los que están callados, hacen caso siempre, hablan cuando se les pide la palabra, no participan espontáneamente. A esos niños que siempre le dicen sí al maestro hay que seguirlos tanto o más de cerca que a esos que vienen haciendo ruido”, advierte Peisajovich.

Según la especialista, al chico tímido es necesario invitarlo a hablar. Incitarlo para que diga qué quiere, qué prefiere, y en definitiva, quién es: “Una buena práctica con estos chicos es preguntarles qué quieren a partir de cuestiones muy básicas: ¿Algo salado o algo dulce para la merienda? ¿Qué ropa quiere ponerse hoy? Y otras cuestiones de lo cotidiano, porque esta es una forma de enseñarle a elegir. Y ese es el primer paso para que pueda elegir el día de mañana a sus amigos”.

Un mundo sin amigos es un mundo de aridez y silencio. Porque los amigos están para contrastar, para enriquecer, para dar espesor y color a las sensaciones más indescriptibles y para conocerse a uno mismo.
La literatura, el cine, la música han encontrado incontables maneras de describir la amistad. Explicarla es, sin embargo, una ardua tarea. Rosina Duarte, psicóloga de niños, arriesga una definición posible: “La amistad es uno de los pilares fundamentales de la vida de los seres humanos, ya que las relaciones afectuosas ayudan a un desarrollo psicosocial saludable. Los vínculos de amistad ayudan a los niños a adquirir y/o potenciar determinadas acciones sociales: compartir, dialogar, intercambiar, jugar, divertirse. La importancia de tener amigos se basa en los beneficios de esta amistad: aumentan la estima personal, amplian el campo de acción social y producen gran satisfacción influyendo directamente en las emociones de los niños”.

A animarse, entonces, al juego del intercambio, las peleas, las diferencias y los grandes encuentros: todas las aventuras posibles que vibran en la palabra amigo.




No somos irrompibles

“Volvimos de vacaciones y Laura (5 años) reclamaba: ‘Extraño a Clarita’ ‘¿Podemos ir a visitarla?’ Todo esto representaba un problema y una frustración muy grande para ella, porque Clarita fue su amiga de la playa, los pocos días que compartimos en la costa. Pero el resto del año, Clarita vive en Neuquén… y ni siquiera tengo su dirección”, dice Mariana, la mamá de Laura.

Casi lo mismo pasa en la casa de Carla, donde su hijo Juan Ignacio pregunta: “¿Por qué Mateo no va a la colonia?”, frunce el labio y anda triste porque se siente abandonado por su amigo.

Los cambios de ambiente y de amistades no son sencillos a ninguna edad. Terminar un nivel escolar, cambiar de barrio o terminar las vacaciones pueden traer distanciamiento o pérdida de amigos, lo que para algunos chicos resulta desgarrador. Ayudarlos a sobreponerse a estas pérdidas es una de las delicadas tareas de los padres.

Dice Rosina Duarte: “Un entorno seguro y confiable le permitirá al niño comprender que estas pérdidas –completamente normales en la vida de cualquier persona- pueden ser tramitadas de manera tranquila y confiada. Para eso, los padres deberán acompañarlos, sostenerlos y guiarlos con sus saberes y experiencia de vida. Hay que comprender que cada uno tiene su propia subjetividad y modo de ver las cosas, y no pretender que todo sea como los adultos sentimos”.

Una receta aplicable podría ser la de moderar la sorpresa: “Anticipar que durante las vacaciones es posible conocer personas y generar vínculos, diferenciando la profundidad del lazo. El diálogo profundo con los hijos es un excelente modo de enseñarles a valorar los diferentes grados de amistad y relación. También es bueno saber que no podrán evitar la decepción, sufrimiento o cierto grado de dolor en los vínculos de los niños, sino que habrá que ayudar a los hijos a aprender de esas situaciones, propiciando un espacio de diálogo y escucha donde los niños puedan volcar todas sus emociones y sentimientos, dudas e inquietudes acerca del tema”, dice la psicóloga.

 

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