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01-12-2011 |

Crianza - Madres y Padres

Misión no imposible

¡Comprame, comprame, comprame! Si el capricho se mezcla con el consumo, es hora de empezar a pensar con los chicos algunas nociones prácticas de economía. El economista Matías Tombolini investiga las delicias y sinsabores de la economía orientada a cabezas infantiles. Y da algunas pistas para salir bien parado de demandas, necesidades, insatisfacciones y valoraciones posibles.

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Por Gabriela Baby



Más allá del poder adquisitivo de cada familia, las elecciones de consumo y la importancia que cada uno le dé al dinero, hay ciertas nociones y prácticas indispensables para orientar a los chicos en el aparentemente complicado tema de la economía. Matías Tombolini habla de valor, trabajo, ahorro, consumo, inflación, y sobre cómo acercar estos temas a los chicos.

¿Qué se le puede explicar a un chico sobre el manejo del dinero?

Yo parto de una división por edades. En la primera etapa -dos y tres años- la relación con el dinero la empezamos a trabajar desde los juegos. Vos le das al chico algo y él te da algo a cambio. Se trata de intercambiar un bien por otro. Para esto hay que generar un medio de cambio: un papelito, una moneda de plástico, una piedrita. A partir de este juego, el chico empieza a entender que para poder adquirir un objeto tiene que desprenderse de otra cosa. Después empiezan a hacer equivalencias: un autito = cuatro piedritas, por ejemplo, pero una figurita = una piedrita. Es distinto del concepto de trueque, porque en el trueque se intercambian mercaderías. En cambio, el dinero cumple el rol de ser un medio simbólico, un medio de cambio aceptado por todos.

¿Cómo generar la idea de valor?

El concepto de valor se consolida relacionando la importancia que puede tener para un chico un juguete, ropa o lo que fuere. ‘¿Te gusta este juguete?' Sí. ‘¿Es importante para vos?' Sí. ‘Entonces, tiene valor'. ‘Y esta muñeca, ¿por qué no la usas? ¿Te gusta, es importante?' No tanto. ‘Entonces, no tiene tanto valor’. Es así de sencillo: el ABC de la economía. En la medida que tomamos conciencia del valor, tenemos idea de que a las cosas hay que cuidarlas. Y en la medida que cuidamos las cosas aprendemos a hacernos cargo de lo que nos gusta y lo que nos pasa.


La edad de los números locos

Siguiendo el esquema de las edades, ¿cuando entran a la primaria el juego de la economía podría plantearse de otra manera?

A partir de los 6, 7 años los chicos empiezan a manejar los números y pueden empezar a conocer los precios de las cosas. Cambiamos las piedritas por la expresión en pesos. Y aparece otro gran tema que es la administración propia del dinero. Cuando uno da dinero a un chico para que administre, lo fundamental es que no lo pierda. Y si lo pierde, que asuma las consecuencias: no hay más, hasta que le vuelva a tocar cobrar su mesada. Pero también hay que entender la noción del tiempo que tienen a cada edad: a veces, darles dinero para que lo administren por más de 48 horas es mucho. Entonces, acorde a las edades y a la posibilidad de manejar el tiempo, se hará la mesada. Más o menos a los 10 años, el chico puede administrar el dinero extra, que va a usar para comprarse lo que él quiera. Ojo: si quiere ir al cine y no le alcanza, se le puede dar la diferencia. Pero lo importante es que esta mesada se da en un momento de la semana y la administra él.

¿Qué pasa con los gastos que no son extras, como por ejemplo los útiles escolares, que los chicos suelen perder? ¿Cómo enseñarles a dar valor a esas cosas que igualmente papá o mamá las van a comprar?

Hay un ejercicio muy interesante para hacer con los chicos a partir de los 11 años. Cuando a principio de año llega la lista de la escuela con todo lo que van a usar durante el año, el adulto puede hacer el presupuesto inicial con el chico: suma los precios de todo lo pedido, saca un total y le propone ir juntos a comprar o ayudarlo a conseguir todo lo que necesita –usado, reciclado- a cambio de quedarse con el vuelto. ‘Mochila del año pasado, podés usar. El libro se puede conseguir usado. Se pueden reciclar los lápices y la cartuchera, si están en buen estado’. La condición es que el chico arme su kit para empezar el colegio y que el adulto acompañe en las compras necesarias. Normalmente sucede que el chico ahorra: se queda con el vuelto. Busca libros más baratos, revaloriza la mochila usada y ahorra. Y además sacrifica algo por otra cosa: sacrifica mochila nueva para comprarse otra cosa. Bien concreto.

¿Qué otros juegos domésticos se pueden implementar para introducir temas de la economía con los chicos?

Otro ejercicio interesante es cocinar. Porque implica, por un lado, tener un objetivo: el plato que querés preparar. Y también hay un plan: la receta. Y los bienes necesarios para hacerla, que podés ir a comprar junto con los chicos para que ellos vean el valor de los materiales. Se trata de un trabajo (prender el fuego, poner el agua o mezclar huevos, por ejemplo) que tiene un resultado. Luego, reflexionar sobre lo que hicimos implica hacerse cargo: ‘¿está rico?’ Si está feo, tendremos que mejorar. ‘¿Por qué está feo? ¿Poca sal? ¿Mucha harina?’. Pero no sólo eso, la cocina también los vincula con el tema de los recursos que son escasos. Y si hay poco, habrá que repartir o buscar algo más para complementar: cuestiones bien concretas de la economía.


El chanchito

¿Cómo darles la noción de ahorro a los chicos? ¿Es conveniente hablarles de inflación?

La inflación la ven en la medida que comparten las compras con los padres: el chocolate o los yogures que hace una semana costaban tanto ahora cuestan tanto más. Ellos lo pueden ver sencillamente. Pero, a pesar de la inflación, es bueno involucrarlos en el ahorro, porque el ahorro implica sacrificar consumo presente por consumo futuro. El ahorro es un valor social importante: las sociedades ahorrativas crecen.

¿Cómo enseñarles a ahorrar, algo tan complicado en el contexto inflacionario?

Los chicos no pueden ahorrar poniendo plata en una botella, porque a fin de año perdieron un montón de plata. Entonces, lo ideal es tratar de utilizar medios alternativos de ahorro generados en la familia: unidades de cuenta. Que papá facilite a cambio del dinero ahorrado por el chico una estampilla o un vale para comprar lo que quieran. Entonces, a cambio del dinero, papá o mamá le dan un ‘vale por medio par de botines’, o un cuarto, o lo que fuera. Podemos dibujar la fracción, de modo que el ahorro pasa a ser concreto: es gráficamente una parte de lo que necesitan. El día que van a comprar lo que quieren, si ven que aumentó, el papá o la mamá paga la diferencia de la inflación y no frustran el ahorro.


¡Comprame, comprame y comprame!

Otro gran tema es la demanda permanente. ¿Cómo lidiar con este afán consumista en una época en que los chicos son decisores de compra y sujetos del marketing?

En la medida que aprenden a dotar de valor a las cosas, el padre o la madre puede empezar a plantear preguntas muy simples: ‘¿Qué juguete u objeto es el que más te importa? Elegí uno.’ Pero también hay que tener en cuenta que este ‘comprame, comprame’ insistente tiene que ver con la disponibilidad de tiempo de los padres. Muchas veces, los padres resuelven la culpa de no estar con los chicos regalándoles un juguete, pero no funciona: el chico va a seguir pidiendo porque lo que pide es atención de su padre o madre. Entonces, en la medida que papá y mamá no se sienten a jugar, el consumismo va a seguir existiendo. Es la demanda permanente de la insatisfacción. La mejor forma de evitar el hiperconsumismo de los chicos es invertir tiempo, tiempo para estar con ellos. Ese tiempo se torna valioso y desconecta la máquina de pedir cosas.

¿Qué ocurre cuando crecen y eligen marcas o modelos exóticos sólo porque están de moda?

La manera de conversar estas cuestiones es una continuación de ese juego: dedicar tiempo y atención a la demanda del chico. Y habiendo escuchado el pedido, preguntar: ‘¿para qué querés un celular nuevo? ¿Por qué ese modelo? ¿Para qué sirve?’ Escuchar la necesidad y dar contención a los chicos para que tengan autosuficiencia emocional y puedan darle valor a las cosas. Y la importancia está vinculada al rol que cumple ese bien: desprender del consumismo al chico es hacerlo entender que las cosas sirven para algo, aún si fuera simplemente para mirarlas, como ocurre con el arte, o con una buena pilcha o con la compu más cool que quieran elegir. Porque la belleza es también un valor, que hay que respetar en los chicos como respetamos en nuestras decisiones de compra de adultos. Lo importante es que cuando tengan el objeto que quisieron, lo aprovechen. Si quiero unas zapatillas o un celular moderno es para usarlo y darle valor, valor de uso. Si es para poner adentro del placard ese pedido seguramente quiere decir ‘mamá prestame atención o, mejor, dámela de contado: comprame’.




Planeta Tombolini

Matías Tombolini es Lic. en Economía por la Universidad de Buenos Aires y realizó un máster en Relaciones Económicas Internacionales co-diplomado por FLACSO y la Universidad de Barcelona. Investiga en temas de Economía para chicos y prepara un libro para orientar a los adultos en temas de oferta y demanda vistos en clave infantil. Realizó también un posgrado en Historia del pensamiento económico, en FLACSO. Trabaja como consultor de organizaciones civiles sin fines de lucro, cámaras empresarias e inversores particulares. Es titular de cátedra de Economía del Ciclo Básico Común de la UBA y profesor adjunto de Macroeconomía y Política Económica, en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. También es director de la Dirección General de Coordinación de Comisiones de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Además, es papá de dos nenas de 5 y 10 años.




Tombolini dixit

El pedido caprichoso infinito
“No hay una respuesta escrita para el nene que pide todo el tiempo. Pero sabemos que cruzar de vereda para evitar el kiosco no es una solución al problema del insistente ‘¿me comprás?’. La forma de resolver el hecho de que los chicos pidan infinitamente es dotar de valor las cosas que ellos tienen y quieren. Y tener en cuenta a nuestros hijos al momento de responderles. No sacarse a los pibes de encima con un ‘no puedo’, ‘no tengo un mango’, o un ‘¿te pensás que tengo la máquina de imprimir billetes?’. Estas respuestas no ayudan a nadie, porque se responde desde el enojo, y el niño no entiende. A los chicos hay que explicarles con claridad por qué no se puede: porque en ese momento no hay dinero suficiente para comprar eso o porque comprar eso implicaría dejar de comprar otras cosas, porque el dinero es un medio de cambio escaso. Si algo sí, entonces, algo no: concepto de costo de oportunidad que además el dinero representa más claramente que los bienes”.

 

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