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01-03-2008 |

Educación - Madres y Padres

Lectoescritura: Punto de partida

Los chicos se relacionan con el código escrito desde muy pequeños, a través del chat, el sms, los cuentos a la hora de dormir, los carteles en la vía pública. El comienzo de cada ciclo lectivo presenta siempre nuevos desafíos y es entonces cuando reaparecen las viejas preguntas: ¿hay un momento ideal para formalizar este conocimiento y enseñar sus reglas básicas? ¿Cuál es la metodología apropiada para cada etapa?

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Por Gabriela Baby


 

Primer día, primer grado. El himno, el discurso de bienvenida y la foto familiar ya han pasado. Ahora, el aula. Y el minuto cero: punto de partida de un activo menú de actividades cobijadas por el paradigma de un deber histórico de la escuela: enseñar a leer y a escribir. A todos los chicos. Y a cada uno.

Porque la diversidad prima. Conviven en ese primer grado los que ya leen y escriben algunas rudimentarias frases, otros que conocen las letras pero no pueden aún leer las palabras, y otros -imparables dibujantes- que ni siquiera se sienten apelados por el código escrito. Todos bajo el mismo techo.

Y afuera, los padres. Con sus ansias de ver progresos en sus hijos: que aprenda a leer cuentos, o que aprenda a leer palabras sueltas, o que lea mejor, o que escriba su nombre.

¿Cómo acoge la escuela a esa diversidad de chicos? ¿Qué momento del desarrollo evolutivo de cada niño indica que está maduro y listo para abordar el mundo de las letras, los textos, los números?

La currícula oficial no indica un momento preciso para dar comienzo a la enseñanza de la lectoescritura. La Lic Mariana Schmukliar coordinadora de Recursos Educativos del Gobierno de la Ciudad de Bs As señala: “El Diseño Curricular de la Ciudad de Buenos Aires no plantea el inicio de la lectura y la escritura en primer grado. En realidad, no se determina edad alguna en las que los alumnos comiencen a leer y a escribir. La alfabetización es un proceso continuo que abarca horizontes más amplios que el que propone la escuela”, señala la funcionaria, al tiempo que agrega: “Se trata de una construcción cultural que opera desde el nacimiento mismo de cada individuo, en la que la familia y el entorno cercano ofrecen espacios de intercambios, orales en principio, que luego serán sistematizados en los diferentes niveles educativos. La intención pedagógica de la escuela entonces es fomentar espacios en los que los chicos se familiaricen con los diversos escritos sociales e interactúen con integrantes activos de la cultura escrita. Esta intencionalidad atraviesa todos los niveles educativos”, puntualiza Schmukliar.

Definida como una formación sin final, el horizonte de expectativas diversas se amplifica para dar con una pregunta aún más compleja: ¿Qué significa ser alfabetizado en el siglo XXI?

El silabeo de frases como “Mamá amasa la masa” o “Susana asa las manzanas” suena escaso como respuesta ante la catarata irrefrenable de información que salta cada segundo de una pantalla a otra. Chicos que saben del chat, que manejan el menú de sus DVDs o conocen que hay mensajes de texto en los celulares, poco interés tendrán en saber quién amasa la masa. (Además, ellos ya saben que la pizza llega a los 20 minutos de realizado cierto llamado telefónico).

Una sola cosa es clara e indiscutible: quien no se apropie del código escrito pocas chances tendrá de manejarse cómodamente en el mundo actual. Ni en el futuro.



Desde el jardín

Aunque se considere un tema específico de la escuela primaria, muchos jardines de infantes, han ido incorporando a sus objetivos centrales la adquisición de algunos rudimentos de lectoescritura. A través de la inclusión de computación o inglés, sobre todo, algunas maestras del nivel inicial se han visto en la necesidad de poner en lugar central de sus jornadas letras y números. Mientras que otros lugares se alinean en una postura que deja para la primaria el momento de encuentro con el mundo codificado.

En este sentido, Claudia Loyola, coordinadora de Nivel Inicial en el Instituto Vocacional de Arte Lavardén (IVA), sostiene: “es muy valioso que ingresen letras y números al jardín y enriquezcan el mundo al que los chicos se aproximan como conocimiento, pero no estoy de acuerdo en que sea de manera prioritaria o por sobre otras cosas. El jardín de infantes debe preservar su idiosincrasia. En esta etapa, los chicos se aproximan al conocimiento del mundo desde diferentes lenguajes: lo plástico, lo sonoro, lo musical, el movimiento. Por supuesto que lo lingüístico y el universo de los números son importantes. Pero no como primera cuestión ni puerta de acceso al conocer, sino como un lenguaje más”, dice Loyola.

Sin embargo, el nivel inicial vive ciertas presiones del medio en que vivimos. En su experiencia de más de una década como docente y directora del IVA, Loyola ha notado un cambio de lo que se espera y demanda al jardín de infantes: “Existe un proceso institucional de los jardines que yo llamo primarización del nivel. Quiero decir que el jardín toma contenidos y prácticas de la escuela primaria, porque hay una demanda más intensa en relación a años anteriores sobre la iniciación en la lecto escritura”, señala la docente. Según su perspectiva, esta demanda viene de parte de los padres y de cierto mercado en el que los jardines deben presentar sus propuestas para captar al público. Para Loyola la respuesta es clara: “Yo postulo el no a la primarización del nivel, que no quita que las letras y los números ingresen al universo de lo que se les presenta a los chicos como apropiado, pero sin perder el eje de lo que interesa al nivel: mezclar colores, hacer formas con masa, jugar con los materiales en función de la propia expresión”, define la docente.

En esta dicotomía, pareciera que el horizonte de expresividad propuesto por el jardín de infantes se corta de manera más o menos abrupta en la escuela primaria. Loyola aporta una mirada sobre el nivel que espera a sus alumnos: “La escuela primaria privilegia básicamente los códigos proposicionales: lo numérico y lo lingüístico, aunque el mundo se presenta para todos en múltiples códigos. Sería necesario que la escuela integre en un concepto de cognición ampliada que pueda validar y legitimar lo sonoro, lo dramático, lo kinésico y lo plástico para que también integren la propuesta pedagógica. Porque además, el código letrado es un sistema muy presente en algunos estratos sociales y muy faltante en otros. Entonces, buscar acceder a ese código, muchas veces no articula con el capital cultural que muchas personas traen. En cambio, en el universo de los diferentes lenguajes siempre se encuentra algún anclaje: ahí está entonces la punta desde donde empezar a construir conocimiento”.

 


Susana ya no amasa


En las aulas de la escuela primaria de todo el país, -a excepción de algunos casos en los que aún hoy se apela a silabeos de frases como “Susana amasa la masa”-, directivos y maestros han abrevado en nuevas investigaciones para dar en el aula otras formas de enseñar a leer y a escribir.

Amalia Petroli, Lic en Ciencias de la Educación y co-directora del Instituto Platerillo, comenta: “Desde hace poco más de 25 años, al divulgarse las investigaciones de Emilia Ferreiro, se comenzó a observar que un nene, según el medio en que se desarrolla, tiene más o menos oportunidades de confrontarse con actos de escritura. Porque el chico, desde que es un deambulador, observa gente escribiendo y leyendo y tiene a su alrededor material de la escritura”, señala Petroli.

Las notas que deja su mamá en la casa, la actitud de su papá o su hermano frente a la computadora o la lectura que hace alguien de un envase, le permiten al pequeño reconocer actos de lectura y de escritura. Su mundo, además, está poblado de textos escritos: imanes pegados a la heladera, folletos, carteles callejeros, libros y revistas que ve en su casa. Según Petroli, este rozamiento permanente con la escritura le permite al niño comprender algunas cosas: “Por un lado, va entendiendo que la escritura es portadora de significado. Y por otro lado, va entendiendo que él también puede reproducir esos dibujitos para decir algo”. La docente, especialista en lectoescritura, arroja: “Y a medida que crece, escribe. Escribe con una fórmula que en cada momento es bastante sistemática. Por ejemplo, en un momento le pone una letra a cada dibujo. Luego va creando un sistema que va dando letras diferentes a cosas diferentes. En cada instancia de su acercamiento al código escrito, el chico se arma un sistema lógico tomado del sistema de signos. Y esto es lo maravilloso. Lo que pasa es que no siempre el adulto tiene el conocimiento para poder interpretar a qué se refiere el chico”, afirma la especialista.


Paso a paso

La curiosidad del chico –la misma que lo lleva a meter el palito en el hormiguero o a preguntar cómo nace un bebé- lo lleva a explorar el mundo de letras y números. Petroli cuenta ciertos pasos de este maravilloso descubrimiento: “En este constante ir y venir al sistema de signos, el chico va dándose cuenta de que la pronunciación y lo que se escribe están vinculados. Y luego se da cuenta de que hay signos, y puntuación, espacios en blanco, etc.”. La pedagoga resume el largo proceso que de manera incesante va atravesando un niño que se acerca a la escritura. Pero hay algo que subyace en este camino que tiene que ver con el interés que encuentre esa personita en la adquisición del código: “Si la escritura no está pensada y propuesta por el adulto como un sistema de comunicación, se torna algo hueco y pierde interés. Quiero decir que, aprender las letras para poner “Paula apila los palos”, no interesa a nadie. Por el contrario, la escritura interesa en la medida que se quiera comunicar algo importante”, define la directora.

Y ahí está la pericia del docente para hacer interesante lo que es importante que el chico aprenda. Petroli explica: “Se trabaja entendiendo que hay que saber ver cómo está escribiendo cada chico, es decir, en qué periodo de su desarrollo como lector y escritor está, para poder acompañarlo. Y así a todo el grado, con todas las desigualdades que se presenten. Un maestro activo y atento deberá escuchar cada necesidad, cada estadío de esta comprensión lectoescritora y dar las herramientas necesarias a cada uno para avanzar un paso más en el camino”.

Pero todos sabemos que ese recorrido puede ponerse complicado en el tramo de las reglas. Normativa y ortografía, posibles piedras del camino. La Lic. Amalia Petroli explica: “si el maestro está atento, enseña ortografía como se enseña cada una de las características del código escrito. Porque si el chico trata de escribir para que otros lo entiendan, si trata de escribir como lo hacen los grandes, se va a ir ajustando a la normativa de a poco. Entonces, a cada momento, escribe con los conocimientos que tiene y constantemente se le enseña y se le brinda ajustes al código, para que pueda avanzar en zona de nuevos conocimientos. Porque esa es la obligación de la escuela: poner los conocimientos al alcance de todos y trabajar para que todos puedan conocer y asimilar esos conocimientos”, define la directora.

El aprendizaje se vive paso a paso, hasta apropiarse de ese código. Para poder inventar nuevos y personalísimos mensajes. Y luego nuevos y personalísimos códigos. Porque de eso se trata el lenguaje. Y ellos, los que nacieron en la era del chat y el sms, ya lo saben. Esta pequeña gente del futuro se entrena para poder asimilar a cada momento nuevos y más complejos códigos y mensajes. Y estar a la altura de esta perspectiva es el gran desafío de la escuela. Que juega en los primeros trazos de un código a asimilar –la lectoescritura– la posibilidad de cada chico de captar y reproducir otros nuevos e inimaginables sistemas de lenguaje.


Otro método de enseñanza

Bajo la pedagogía Waldorf, la enseñanza de la lectoescritura recibe una atención diferente. Estas escuelas responden a una filosofía particular ideada por Rudolf Steiner que se llama Antroposofía, una corriente filosófica que se propone percibir la realidad no sensible.

El método de enseñanza creado por Steiner divide en septenios las diferentes etapas evolutivas. La primera infancia abarca hasta los siete años y su actividad central es el desarrollo del organismo físico. Aprovechando la voluntad activa del niño, en esta etapa se utiliza la imitación como método primordial de conocimiento. En la infancia media, desde los siete a los catorce años, el conocimiento del mundo se realiza a través de la imaginación que despierta y activa los sentimientos. La adolescencia es el período de maduración de la personalidad y cuando se termina de desarrollar la capacidad intelectual.

En este particular marco, la enseñanza de la lecto escritura se inscribe en un determinado momento. Marta Furchi, docente de la escuela Juana de Arco de orientación Waldorf describe: “Nuestra pedagogía está ligada a la observación de las etapas evolutivas del niño que generalmente se notan en un cambio físico. Cuando se presenta la caída de los dientes de leche es el momento en que el niño puede utilizar sus fuerzas para el aprendizaje, pues es en ese momento que culmina la formación básica de su cuerpo físico”, dice Furchi.

La pedagoga cuenta paso a paso el camino de la enseñanza del código escrito bajo la metodología Waldorf: “Los niños aprenden primero las vocales y luego las consonantes, que inmediatamente relacionan con las diferentes vocales. Luego el maestro escribe una oración con las letras conocidas y los niños aprenden esa oración a partir del correspondiente silabeo. La ortografía se trabaja desde el segundo grado mostrando individualmente la falta a cada niño y estableciendo la reglas básicas que terminan de aprenderse en sexto grado que es la época en que el niño comienza a reclamar justicia y puede aceptar leyes. Las correcciones se hacen con el uso del diccionario, realizando una oración que contenga esa palabra y un dibujo que la represente”, sintetiza Furchi.

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