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01-10-2008 |

Educación - Madres y Padres

La escuela invita

La escuela se ha vuelto “participativa”. Pero, ¿cuál es el objetivo de la incorporación de la familia en la acción educativa? Algunos especialistas intentan trazar la delicada línea en la que la participación se juega como un elemento activo de la educación de los chicos y el momento en que se torna una herramienta del marketing escolar.

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Por Gabriela Baby


En la película de Daniel Burman Derecho de familia, el protagonista se enfrenta con algunas preguntas y conflictos sobre la paternidad. En una escena, este padre (Daniel Hendler) discute con su esposa (Julieta Díaz) acerca de la participación con la que debiera involucrarse en la escuela de su hijo. Mientras ella le pide que vaya a la clase abierta de natación, él se niega rotundamente alegando que no quiere compartir la piscina con “esos padres todos gordos”. Hendler lo dice casi con asco, un rechazo físico hacia el evento. E inmediatamente arroja una frase que de alguna manera señala un problema que merece reflexión y análisis, porque tiene que ver con la época en que vivimos y con la propuesta de la educación de hoy: “Pago para no participar”.


En la escena siguiente, se lo ve al protagonista haciendo una ronda en la pileta, con el agua casi hasta el cuello, de la mano de “esos padres gordos” que segundos antes detestaba.


El efecto de esta yuxtaposición es cómico. Y la risa invita a pensar. Porque en el ámbito educativo actual se habla de participación, se invita a participar, se proponen actividades para la familia, para que la familia realice en casa y para que los padres vayan a hacer a las escuelas. Y esta participación responde a varios y diversos objetivos.

 


Homogeneizar o integrar


El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cuenta con 450 escuelas primarias y otros tantos jardines de infantes. En este gran grupo social, la diversidad es una cualidad que resulta clave a la hora de hablar de participación.


Desde el departamento de Currícula del gobierno, especialistas en la materia, responden: “Nosotros vemos que plantear y ejercer la relación entre los padres y la escuela es una situación de mucho desafío. Desafío, porque el grupo de padres, como el grupo de chicos, está entramado por la diversidad: las familias no son homogéneas y, en consecuencia, el docente no puede estar esperando que todos los padres actúen de la misma forma o esperen lo mismo de la escuela”, dicen en el Ministerio de Educación de la ciudad.


Los docentes trabajan con la heterogeneidad: grupos de familias heterogéneas por las experiencias de vida, por las condiciones de vida y por las expectativas respecto de la escuela y también de la vida. “Lo importante -continúa la especialista- y este es el desafío para la escuela, es aceptar la pluralidad. Además, hay que tener en cuenta que una buena relación de los padres con la institución escolar favorece muchas cosas, aunque no es condición indispensable para que el pibe ande bien”.


Para las investigadoras del área de Currícula del Gobierno de la Ciudad, que cargan con años de experiencia docente y mucho estudio en la materia, la pluralidad vinculada a la participación es un tema del ejercicio diario. Por eso reflexionan: “Pensemos que la escuela nació con el sello homogeneizador, para dar iguales posibilidades a todos. Pero la verdad es que la población escolar está compuesta por mucha diversidad. Entonces, se trata de aceptar esta diversidad y trabajar para la inclusión. Y en esto de la comunicación con las familias, se trata de proponer acciones que para todos puedan parecer interesantes”.


Pero si hay diversidad, entonces nada resulta igual de interesante para todos. La especialista aclara: “Interesante quiere decir, desde este punto de vista, que si la escuela llama a los padres debería ser por un tema importante para el chico en función de su educación. ¿Y que es lo importante en el ámbito escolar? Situaciones o temas que tengan que ver con el aprendizaje, con el funcionamiento del grupo, con los avances del chico y también con sus dificultades. Es importante para los docentes mantener al tanto a los padres del aprendizaje de sus hijos y compartir con ellos algunas preocupaciones que pueden tener por ese grupo o por ese niño en particular. Todo lo demás: feria de ciencias, experiencias de lecturas compartidas, clases abiertas de pintura, están muy bien, pero no hacen a lo esencial o fundamental del accionar de la escuela”, señalan desde el equipo de Currícula de la ciudad.


Por otra parte, las escuelas estatales -y esto figura en la Ley de Educación- conforman ámbitos de participación muy claros: las cooperadoras de cada escuela, las reuniones de padres y el cuaderno de comunicaciones. Luego, caso por caso, cada escuela y cada familia encontrará en esos canales de diálogo un ejercicio cotidiano o un ejercicio nulo.

 

 

En una escuela


En el ámbito de la educación privada, la integración de la familia responde a otras necesidades. Con un público más homogéneo que el de la escuela pública, se trata de que los padres intervengan activamente en la educación de los hijos.


El Instituto Sarmiento del barrio de Villa Crespo, es una Asociación Civil sin fines de lucro, es decir que no tiene un dueño, sino que está dirigida por una Comisión Directiva formada por padres y/o abuelos. Su directora, Alejandra Kotin, responde al tema de la participación, planteado desde la concepción organizativa de esta escuela. “Cuando hago las entrevistas para contar el proyecto de la escuela a los posibles futuros padres, les cuento esta modalidad y los invito a participar de la vida institucional: meterse en comisiones de apoyo a la actividad, en la comisión de finanzas o en la comisión de eventos. Pero son pocos los que luego ejercen estas actividades”, se lamenta la directora.


Sin embargo, quienes se animan a transitar este camino encuentran un ejercicio bien complejo e interesante. La entrevistada resume experiencias: “En las comisiones, a veces es difícil para algunos padres deponer el bienestar individual o el gusto particular, suspender la opinión o el prejuicio, para pensar en el bienestar general y la conveniencia para la mayoría. O aceptar la toma de decisiones desde nuevos paradigmas”.


Más allá de esta especial modalidad, en esta escuela, también se manejan estrategias de participación convencionales: hay actos escolares, reuniones de padres, clases abiertas y charlas sólo para adultos. Desde la defensa genuina de la acción colectiva, Alejandra Kotin argumenta: “No creo que la participación -al menos desde mi perspectiva- sea un elemento de marketing o una vidriera que la escuela propone para que los padres la compren. Porque no hay nada que mostrar o vender. Sino invitar a los padres a que sus niños y niñas aprendan y sean felices, a que crezcan sanos, desarrollen todas sus posibilidades, aprendan a conocerse, a encontrar su camino. Y para que esto se dé bien, lo tenemos que hacer juntos: la familia y la escuela. Pero, por ahora, esto de andar juntos, es una utopía. Vamos dando pasos: a veces avanzamos y otras retrocedemos”, concede la directora.


Para Alejandra Kotin, la historia reciente tiene que ver de manera directa con lo que pasa en la pequeña sociedad donde ella trabaja: “A nivel social, no se puede negar que hemos retrocedido años en lo que significa la participación, después de la aplanadora que nos pasó por encima en los años de plomo y, de otra forma, pero no por eso menos aplastante, el individualismo de los ‘90. Recuperar la participación, el entramado social, es trabajoso. Que cada uno de nosotros vuelva a encontrar su lugar en el ‘colectivo' va a llevar tiempo y un esfuerzo especialmente puesto en la intención de que sea posible”.

 

 

Ejercer la democracia o actuar en el mercado


Plantear la participación a un grupo social es un trabajo de ingeniería en donde cada uno debe poner sus mejores ideas y posibilidades. Pero ¿cuál es el rol de cada uno de los jugadores de la participación escolar? ¿Dónde está el límite de las tareas que corresponden a la escuela? ¿Cuál es el rol educador de las familias?


Alejandra Brener, consultora del Área Pedagogía de la Universidad de San Martín, tiene una opinión al respecto: “Hablar de participación es hablar de democracia. Y democracia significa que todas las personas que integran una sociedad tienen el deber y el derecho de emprender iniciativas para resolver los problemas que en la misma se originan. Pero en la escuela hay áreas de incumbencia determinadas para cada uno de los actores sociales”. Brener es clara en esto: “Las decisiones relativas al proyecto institucional, los criterios en materia curricular, organizativa y pedagógica, deben correr por cuenta de los profesionales de la institución. Las autoridades deben, además, ejercer la autoridad, sin caer en acciones autoritarias. Los padres y madres participan desde el lugar de la opinión.” Democracia, autoridad, autoritarismo: cuando estos conceptos se transforman en ejercicio cotidiano, exigen equilibrio.


Brener distingue claramente el lugar de la familia en la educación de los chicos: “La responsabilidad de las familias reside en la transmisión de una serie de normas, valores y comportamientos propios de esa cultura familiar. En cambio, la función de la escuela es transmitir valores que responden a paradigmas acordados en un marco socio-político y dentro de una normativa que remite al contrato fundacional de la escuela”.


Pero, ¿y la hiperparticipación que demandan algunas instituciones? ¿El contundente “pago para no participar” que expresó el personaje de la película de Daniel Burman, y que, en realidad, lo llevó directamente a esa ronda en la piscina? Porque algunas instituciones invitan con una insistente frecuencia a las familias a realizar actividades cada vez más llamativas, que hacen sospechar acerca de la exhibición de las instituciones. Como si estas escuelas dijeran a las familias: “Ya que usted paga venga a ver lo que compra”.


Alejandra Brener expone: “Lamentablemente, la liberalización de la acción educativa en las instituciones ha instalado una lógica mercantilista que se rige por la idea de que los actores educativos están al servicio de sus usuarios -los alumnos y sus familias- de modo que éstos se ven con las facultades de exigir todo lo que se les ocurra precisamente porque la escuela se ha convertido en un mercado de ofertas y demandas”.


La escuela vende actividades. La escuela se vende. Los padres la compran. O la cambian. Como un descartable. “Pero en realidad, la escuela es un ámbito formativo, un espacio de transmisión cultural preocupado por educar en valores de ciudadanía. Es decir que no sólo es lugar de aprendizaje, sino también un espacio de formación de ciudadanos en tanto sujetos de derechos”.
Ciudadanos, más que consumidores. Futuros hombres y mujeres que construirán, con las herramientas que ese tiempo futuro imponga, el juego de la democracia y la participación. Un juego de inclusión donde todos pueden ser escuchados y valorados. Y ese juego se aprende en la infancia.

 

 

Un juego en constante reformulación

Los tiempos cambian: las palabras y las acciones cambian también. Y el ejercicio de la democracia y la participación en este contexto de tiempos acelerados exige nuevas prácticas. Para Dora Niedzwiecki (psicopedagoga, investigadora y secretaria académica del Diploma en Gestión Educativa de FLACSO) participación escolar implica jugar el juego de la comunicación en el contexto que impone este tiempo.


“Ser miembro activo de la Cooperadora significaba ser un participante comprometido en la toma de decisiones en la escuela. Sin embargo, el panorama institucional de este siglo XXI nos dice que algo está cambiando. En estos nuevos tiempos que corren, hablemos del nivel inicial o de primaria, aquel mecanismo de intercambio evidencia signos de mutación: las escuelas no son las mismas, las familias no son las mismas, los padres no vienen como antes, los chicos tampoco”.


Dora Niedzwiecki dice: “Desde la década del ‘90, las escuelas al igual que las familias, atraviesan un proceso en el que la mundialización de la economía paulatinamente ha ido alterando patrones culturales, modificando los modos de ser y estar en la casa, en la escuela y en la vida. Como padres o docentes, en nuestras tareas cotidianas nos movemos por escenarios regidos por el vértigo, por la inmediatez, atendiendo en simultáneo variadas demandas cotidianas. Detener este flujo veloz en que nos desplazamos a diario es todo un trabajo. Pero las escuelas necesitan armar juego con las familias. Y viceversa. Entonces, tenemos la oportunidad de pensar al interior de cada escuela el estilo de presencias y participación de los padres en función de conocer la comunidad en que cada una está inserta”.

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