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01-09-2009 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

La chica sobre el trapecio

Mariana Sánchez, acróbata, cuerdista, bailarina, malabarista, en los '90 formó parte de La Trup y fue pionera de la acrobacia con tela. Hoy, dirige el Club de Trapecistas “Estrella del Centenario”, su propia escuela de circo, y con la compañía “Circo Negro” crea espectáculos que embellecen el aire.

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por Marisa Rojas



Mariana Sánchez se crió en un barrio del conurbano bonaerense, en la zona de La Matanza. Mariana recuerda, de aquel tiempo, sus juegos de niña, precisamente, en el barrio. Y así recuerda, también, los orígenes de su pasión por el aire y el movimiento. “De chica vivía en uno de esos complejos de departamentos que abajo tienen parque y juegos, un lugar donde los chicos del barrio estábamos todo el día. Era un tiempo donde había mucho espacio para jugar, y para investigar. A mí me gustaba hamacarme, colgarme de los pies y de las rodillas de una especie de trapecio de hierro que había entre los juegos. Me acuerdo también de treparme por los marcos de las puertas y de siempre inventar juegos que eran de estar colgados. Eso viene desde el principio de mi vida”.

¿Cuál fue tu recorrido profesional una vez abrazada esa pasión por las alturas?


Siempre tuve una cosa muy autodidacta, de investigar por las mías y probar; me tocó ese camino de hacer mi propio camino. En el colegio tenía expresión corporal, hice mucho de eso, después quise ir a estudiar a la escuela de Ana Itelman pero no tenía plata para pagar esos estudios y justo comenzaba a abrirse en el Rojas la escuela de danza-teatro así que, allí fui. Fue un tiempo muy interesante ese, de mucha ebullición, se creaba, se ensayaba, todo el día. En un momento hubo un taller de zancos y yo me anoté y aunque el profesor terminó yéndose aprendí a andar en zancos y les enseñaba a mis otros compañeros. Siempre tuve esa cosa de enseñar. Creo que es como más aprendí, enseñando.

¿En qué momento, y cómo, se da tu acercamiento al circo?


Cuando aprendí a caminar en zancos me llamó Gerardo Hochman, que estaba montando La Trup. Empezamos a ensayar en el estudio de Osvaldo Bermúdez, que era su maestro de acrobacia, y yo quería hacer absolutamente todo. Ensayamos unos meses y vino el verano, me fui a Brasil, a un circo, con un compañero con el que tenía un dúo de acrobacia. Ese fue para mí el inicio. Llegué a San Pablo el día que estaban montando la carpa, esa experiencia fue mágica. Ahí había clases todos los días, a las mañanas y a las tardes, y yo tomaba todas las que podía. En ese verano me formé como trapecista, cuerdista, hice una formación a toda velocidad porque tenía una preparación física importante. De todos los años de trabajo en danza, tenía la fuerza, la elongación, la conciencia y la orientación… el aire ya era mi aliado, sólo tuve que aprender la técnica. Volví de San Pablo con un monociclo, un trapecio… Ese año seguimos ensayando y montamos La Trup. Yo ya era la cuerdista en el espectáculo, me había ganado otro escalón, hacía un número de fuego con swing, además del número de acrobacia con zancos que era el primero por el que me habían llamado.


La Trup fue una experiencia breve pero definitivamente revolucionaria, en lo que al arte circense local se refiere y también a la vida y el destino artístico de quienes formaran parte de ese proyecto que a comienzos de los años ‘90 renovó el milenario encantador espacio del circo. Pero su paso por el arte callejero fue también una marca fuerte en la carrera de Sánchez.


“Después de aquello, y durante cinco años, trabajé con otro ex integrante de La Trup, el payaso Chacovachi. Con él pasé del teatro a la calle. Al conocimiento del manejo de la gente de Chacovachi, le agregamos el trapecio, que era lo mío. Montamos la primera estructura en la calle, en Plaza Francia y en las temporadas de verano en San Bernardo. Hicimos muchas funciones, viajamos por el país y empezamos a viajar a Europa”, recuerda ahora Mariana. “Allí, en las convenciones de circo y de malabares me formé como malabarista –cuenta- Y también en esos encuentros aprendí mucho de otros artistas. Cuando empezamos a hacer acá esas convenciones logramos que venga gente de Chile, de Centroamérica, de Brasil. Y con ellos también sus técnicas. De San Pablo vino mi amiga Erica, con una tela, y fue toda una sorpresa. ¿Cómo se le podía ocurrir a alguien subirse a una tela? En esa época, yo vivía en una casa en Caseros con otros artistas de circo, teníamos una estructura en el patio donde entrenábamos y dábamos clases. Colgaba la tela ahí y mi amigo Roly, que ahora está en Francia, me gritaba ‘¡Dejá las sábanas, bajáte del mantel!’ Era ridículo, resbalabas, te caías, no podías hacer nada. ¡Y ahora esa tela que yo busqué en el Once es la que todos usamos para hacer acrobacias!”

Tradicionalmente, la del circo ha sido una historia de la trashumancia. Y en tu relato sobre cómo te formaste y cómo se forman y encuentran los artistas del nuevo circo hoy, esto de algún modo parece seguir estando. Los artistas del exterior, sobre todo los europeos, han transmitido, históricamente, técnicas, ¿qué aporta el artista local?


Nosotros tenemos algo que es diferente y propio. Aunque ahora acá está la misma información sobre la técnica que allá, el espíritu siempre es distinto. Hay algo que nos hace como artistas muy diferentes. La forma en que vivimos, en que comemos, en que nos relacionamos, de lo que hablamos, lo que nos pasa. Por eso, es muy difícil que nosotros hagamos un espectáculo parecido al que hace un francés, aunque la técnica sea la misma. Por ejemplo, cuando en el 2005 quisimos hacer nuestro primer espectáculo, Mamushka, no teníamos nada de plata. Mi compañero, Pablo, me decía: “No podemos montar un espectáculo, no tenemos ni siquiera luces para iluminarlo”. Entonces, yo le dije: “Mirá, yo abajo del sillón tengo dos tubos de luz negra, así vamos a empezar a ensayar”. Y así fue que estrenamos e hicimos nuestro primer espectáculo… de luz negra. Y eso pasa acá. Eso de obligarnos a ser creativos es algo que está en nuestro espíritu. Y así nació el nombre de la compañía: Circo Negro.

¿Y cuál es la situación respecto a los públicos? ¿En el mundo, como tradicionalmente aquí, se asocia el circo con los niños en la platea, por ejemplo?


El público se ha ido educando a lo largo de los años. Hoy a nuestra sala vienen tanto adultos como niños. Pero creo que tiene que ver con los espectáculos, y con la propuesta del nuevo circo que es algo ya instalado: la gente sabe que no hay animales, que hay mucho de danza, que no hay libro sino una sucesión de números. De todos modos, para mí el circo es un espectáculo para toda la familia. Y eso es genial. Su diversidad es muy rica. Si no te gusta el trapecista te va a gustar el malabarista o el payaso, en el circo tenés siempre una herramienta. Siempre va a haber una opción, para todos.

¿Sucede lo mismo con las clases? ¿Pedagógicamente, cómo es el trabajo con los niños cuando se trata de enseñarles acrobacia?


En el Club de Trapecistas hay clases para todos. Las que damos para niños tienen una intención lúdica, experimental. En una hora por semana no se puede aprender ninguna técnica y con los niños no tenemos esa exigencia. Si un niño quiere formarse como acróbata tiene toda la vida para hacerlo. Acá en nuestra escuela lo hace como un juego, no es un entrenamiento. Personalmente, no me gusta que en la vida del niño haya algo asociado al sufrimiento o al dolor, y el entrenamiento es muy exigido, muy duro, realmente te duele el cuerpo, te duelen las manos, te lastimás, tenés que cuidarte… no siempre es fácil. Por eso en el Club, con los niños trabajamos las sensaciones físicas de hamacarse, de estar cabeza abajo, de girar el péndulo, de rebotar, con un concepto de juego y vivencia.

Mamushka fue la producción con que presentaron la compañía, ¿fue tu primera creación artística también?


En algún punto sí, pero no del todo. Mamushka todos dicen que la montamos en tres meses pero yo siento que es la condensación de muchos años de trabajo mío. Hacía mucho tiempo que yo venía haciendo funciones y armando espectáculos, desde La Trup inclusive, donde yo no era la directora pero en todos los cuadros donde estaba ponía mi sello. Pero sí es cierto que Mamushka fue mi primera obra con mayúsculas, donde yo fui la directora y la responsable de armar los números y coreografiarlos y ponerles música, etcétera, etcétera, etcétera…

Mamushka fue circo negro, Mandalah, la segunda producción de la compañía, es una propuesta blanca y luminosa… ¿Se viene un espectáculo nuevo que cierre la trilogía?


Sí, estamos trabajando en un nuevo espectáculo pero todavía no sé nada. Yo estoy entrenando el número de vuelo. Voy a volar yo, eso sí. Porque es lo que más ganas tengo de hacer y eso es lo que me mueve, la verdadera pasión. El circo tiene algo como de la superación en la proeza. Si das una vuelta, después querés dar dos y después querés dar tres. El circo juega con eso. Nosotros no podemos volar, eso no es posible, pero los trapecistas volamos. Y eso de hacer posible algo imposible está en el espíritu del circo.

 


Para grandes y chicos, en el Club de Trapecistas

Mandalah es la segunda creación de la Compañía Circo Negro, fue estrenada en el 2008, estuvo en cartel durante 2009 y está próxima a reestrenarse en octubre en el Club de Trapecistas Estrella del Centenario. Con dirección de Mariana Sánchez y producción general de Pablo Zarfati, los mismos creadores de Mamushka, se trata de una propuesta artística para toda la familia donde se funden las técnicas del llamado nuevo circo con recursos propios de la danza-teatro y el humor, y la ternura, del clown.


El primer espectáculo de Circo Negro, Mamushka, fue definido por Mariana Sánchez como una condensación de años de investigación y de trabajo, un modo de cerrar un ciclo y abrir, al mismo tiempo, otro. Un nuevo tiempo que continúa, ahora, con Mandalah. “La sensación que yo tengo cuando trabajo es que hay muchas imágenes a nuestro alrededor y lo que yo quiero contar es siempre lo mismo: relajáte y disfrutá, disfrutá el momento de la belleza. Salí de tu propia mente para poder entrar en otro estado más contemplativo del ser. En un punto es como si este espectáculo fuera la segunda parte de Mamushka, es como la misma obra pero desde otro lado. Primero fue circo negro, luz negra, mallas negras, sólo algún azul, algún naranja cruzando por ahí, no había personajes, había siluetas. Ahora, hay mucha luz, es todo blanco, hay personajes. Son como el Yin y el Yang”, describe.

 

Pero este año Mariana Sánchez se animó a estrenar un espectáculo por fuera de la compañía, especialmente dirigido al público infantil. Surgió a partir de una muestra de los alumnos avanzados de la escuela, en la que hicieron funciones a la gorra. Con ese dinero, decidieron empezar a ensayar y darle un formato de obra a los números.


“Es un espectáculo donde el fuerte son los números circenses pero que tiene también una fuerte presencia del clown. Hay una orquesta en vivo, acordeón, saxo, batería, violín, como en los viejos circos, y hay una historia que lo hace más cercano para los chicos. Aunque yo siempre digo que el circo es para todo público”, cuenta Mariana. “Es un espectáculo autoproducido, con la plata de las muestras a la gorra, que sigue presentándose a la gorra. Me gusta pensar que incluso el que no puede pagar una entrada pueda ver teatro, como en la rueda del parque”.


Mandalah. Reestrena en Octubre.
El Castillo del Conde Cactus. Dom. 17 hs. A la gorra.
Club de Trapecistas “Estrella del Centenario”. Ferrari 257. 4857-3934.

 

 

Planeta "Marianita"

Mariana Sánchez tiene 39 años. Dos hijas. Y un compañero de la vida, Pablo Zarfati, que es además productor general de los espectáculos que monta con su compañía, Circo Negro, y el responsable, también, de la existencia de una casa de muchos artistas del aire que se llama Club de Trapecistas “Estrellas del Centenario”. Para todos ellos, Mariana es “Marianita”: “A mí la gente me conoce así, ya soy grande, pero bueno… Es que Mariana hay muchas y como Sánchez no es un apellido muy especial…”. Y es, sobre todo, trapecista. Formada desde pequeña en el campo de la expresión corporal y la danza, como zanquista y cuerdista, integró La Trup, la compañía de Gerardo Hochman y Marcelo Katz que a comienzo de los ´90 transformó la escena circense local. Autodidacta en el arte de los malabares, fue pionera de la acrobacia con tela, y junto con el Payaso Chacovachi, con quien aprendió el arte del trabajo en la calle y a la gorra, impulsó las primeras convenciones de malabares y circo callejero que se hicieron en el país. Es, también, docente, en el Club.


Más info: www.clubdetrapecistas.com.ar 


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