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24-07-2016 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Jugando bajo la lluvia

Hacedor de historias y encuentros, teatrero, artista integral, Carlos Martínez volvió este invierno al Teatro Nacional Cervantes con una historia titiritera para chiquitos y grandes. Un retablo, títeres de guante y muñecos son los protagonistas de un mundo donde dos titiriteros, en apuros, invitan a jugar.

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Por Gabriela Baby

 

Una bota gastada, una naranja, una media, las manos, pueden ser y son títeres cuando el titiritero mago echa a rodar su arte. Un titiritero con toda una vida como artista de guantes, varillas e hilos, como Carlos Martínez, y como su colega y compinche Alfredo Rizo: dos trabajadores de las artes que saben hacer su magia. Aunque llueva…

 

“Los títeres son mi vida”, dice Martínez, y confiesa: “Antes no me gustaban, me parecían burdos, violentos. Eso de andar a los gritos con el ‘¡Hola Chicos!’ no me gustaba para nada. Pero cuando conocí a Javier Villafañe aprendí otra cosa, otra manera de hacer títeres. Y nunca pude dejarlos. Estuve trabajando como jurado en el Instituto Nacional del Teatro pero dejé porque extrañaba el retablo, las vueltas, los caminos”.

 

Rutas titiriteras que esta temporada lo trajeron de regreso a una casa que conoce, el Teatro Nacional Cervantes, para presentar Con esta lluvia.

 

¿Cómo fue creado este espectáculo?

 

Empezamos a hacerlo en 1975 con Silvina Reinaudi. Por entonces se llamaba A veces me porto mal. Luego la obra, y el protagonista, cambiaron sus nombres.

 

¿Cuáles han sido las transformaciones de la obra en estos cuarenta años?

 

Esta obra es una sumatoria de aportes culturales de otros, como toda obra, y también de momentos de otras obras propias. Uno en un momento cree que inventó algo pero después se da cuenta que eso que hizo, que hace, en realidad son muchas cosas que ya estaban inventadas. El momento de la lluvia, por ejemplo, apareció a partir de algo que vi hacer a una maestra en un jardín de infantes de Costa Rica, el juego de la lluvia que no vamos a contar cómo es para que lo vengan a ver al teatro…. Un momento que se transformó incluso en algo tan intenso que hasta terminó modificando el título de la obra. Luego, el juego de las naranjas es algo que yo hacía en los talleres de títeres y fue creciendo y hoy es parte del espectáculo. También ha habido transformaciones ‘culturales’, por llamarlas de algún modo: había un momento en que el titiritero discutía con el perro protagonista porque decía la palabra ‘moco’, pero con el tiempo me di cuenta que esa parte era un poco pesada.

 

La propuesta tiene mucha sencillez: una mano es una moto, una naranja es un títere…

 

Sí, porque la idea es jugar. Jugar con lo que tenemos a mano: agarrá una media, ponétela en la mano y es un títere. Agarrá la naranja y eso se puede convertir en arte o quizá no es arte, pero nos vamos a divertir, a pasarla bien. De hecho nunca nos olvidamos de que trabajamos para eso: para que la gente la pase bien.

 

También se permiten algunas transgresiones que ya son un clásico de la titiritezca: el titiritero que se ve, el títere que toma vida propia. ¿Cambió la recepción de estas innovaciones a través de los años?

 

Con esta lluvia tiene cosas que antes, cuando estrenamos, eran muy polémicas: ver al titiritero salir del retablo, ver las manos de los titiriteros, en su momento fueron elementos muy discutidos. Pero si el títere cobra vida, el titiritero no se ve. Quiero decir:  los chicos siguen viendo al perro y no me ven a mí manipularlo (¡Y eso que soy grandote!). Ellos entran en el código del juego. Y también hay partes donde se hace gran silencio y hay cierta tensión que se mezcla con la expectativa por lo que podría llegar a pasar. Por ejemplo cuando el titiritero le dice al títere: ‘Bajá porque sino te voy a buscar’, o cuando el propio titiritero es el que se va porque el títere le dice: ‘Llevame’. Titiritero y títere fuera de la sala y en la platea los chicos se quedan alertas.

 

Aunque es una obra breve, también logra climas muy diferentes…

 

El espectáculo tiene momentos de mucha velocidad y momentos de mucha calma porque nos interesa que haya un ritmo, que suba la tensión, que haya humor y que haya risas, y sobre todo que la atención no se disperse: que los chicos estén presentes, interesados por lo que pasa en el retablo, que sigan la obra.

 

¿Hay menos atención en los chicos de hoy?

 

Los chicos quieren más velocidad. El ritmo de una película, por ejemplo, antes era más lento. La televisión ha llevado a que sea casi paroxística la lectura de los dibujos animados, porque tienen muchas imágenes a mucha velocidad. Entonces es muy difícil sostener la atención de los chicos hoy durante todo un espectáculo. Ahora necesitan nuevos estímulos de manera más seguida.

 

¿Los títeres no deberían ir en contra de esta demanda de imágenes super veloces?

 

Sí, vamos en contra de eso. Pero si yo estiro mucho una escena el público no atiende. Esta obra trabaja con el afecto entre las personas y tiene algunos momentos tranquilos, de pausa, que generalmente tienen que ver con historias de amor; son momentos en los que muchos chicos se detienen. Y también hay momentos más veloces porque la historia exige acelerar. La obra trata de los límites, de las transgresiones, de portarse mal, del poder que tiene el más grande sobre el más chico y también de poder equivocarnos. Y a los chicos les gusta porque los títeres hacen lo que ellos no van a poder hacer: no pueden contestar así a sus padres. No es que haya malas palabras en la obra, pero sí hay un desafío casi adolescente.

 


PLANETA MARTÍNEZ
Carlos Martínez tiene 67 años y una vida de titritero. Nació en Córdoba y a pesar de sus muchas, muchísimas, vueltas por los retablos del mundo, habla con cierta tonada serrana y, como todo buen cordobés, tiene el humor a flor a piel. Actor, director y músico, en la década del ‘70 integró la compañía El triángulo, junto a Javier Villafañe, en Venezuela, y desde entonces anduvo por Centroamérica llevando títeres por los caminos, aprendiendo del público y de los escenarios. Es autor o coautor de más de veinte obras de títeres para grandes y para chicos. El molinete, una de sus puestas más conocidas, ganó diversos premios, entre otros: el ATINA y el Teatro del Mundo de la UBA (temporada 2010). Profesor de Extensión Cultural de Artes en la Univesidad Nacional de San Martín, como docente enseña y difunde el arte de hacer muñecos con poco: con las manos, con la pura imaginación puesta en juego. Entre los títulos de su autoría se cuentan: El Molinete (Colihue, 1985), Títeres para todos (Libros del Quirquincho, l990), Títeres en la Escuela (Colihue, 2000) y El Feo (Editorial El Escriba, 2003). También realizó programas para la televisión, entre otros: Teledinámica (Canal l2, Córdoba, 1976), Asomados y Escondidos (Canal 10, Universidad de Córdoba, 1977/78), Para Crecer (Canal l3, 1982), El Show de las tortugas Ninjas (Canal 13, l991), Zig – Zag (ATC, l992), Libruras (Canal 7, 2001), Mandarina (Canal 7, 2006/07), Chikuchis (Canal Encuentro 2010) y Chikuchis 4 (Pakapaka, 2015). Jurado de diversos premios e integrante del Instituto Nacional de Teatro, en el año 2011 la Asociación de Teatristas Independientes para Niños y Adolescentes le otrogó un Premio de la Trayectoria.

Con esta lluvia. Sábados y domingos, 16 hs. (última función: Sábado 13 de agosto). Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Localidades: $60.

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