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01-07-2005 |

Crianza - Madres y Padres

Hermano a la vista

Para planear nuevas travesuras. Para no tener más miedo de noche. Para intercambiar la ropa. Para ir juntos al colegio… para repartirse la atención de mamá y papá, y los mimos de los abuelos y los regalos de los tíos. Para compartir el cuarto. Para prestarle los juguetes. Hermanos: ¿siempre unidos?

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Por Marisa Rojas

 


La llegada de un hermano es una experiencia nada sencilla. Dejar de ser ‘el’ hijo para convertirse en ‘el hermano mayor de’, implica afrontar toda una serie de sensaciones contradictorias –e inconscientes- que angustia a los niños y desorienta a las familias. Para los papás la llegada de un nuevo hijo es una noticia saludable, esperada o sorprendente; pero para los chicos, saber que ya
no serán ‘el rey’ o ‘la reina’ de la casa y que, en adelante, deberán compartir el amor y las atenciones que hasta entonces le eran exclusivas, resulta complejo de entender. Así lo explica la licenciada en psicopedagogía Alejandra Libenson en Criando hijos, creando personas (Aguilar, Argentina, mayo 2004): “Cada hijo es especial: el primero nos entrena como padres; las sensaciones y las condiciones en que vivimos la llegada del segundo, son diferentes. Para el hijo mayor, sin embargo, es la primera experiencia en este nuevo rol de hermano y esto, naturalmente, lo asusta”.


Los que se pelean

Ante la noticia del embarazo de la mamá o la llegada de un ‘hermanito’, los ahora hermanos mayores, hasta entonces hijos únicos, experimentan celos que manifiestan a través de distintas actitudes: enojos constantes, berrinches, falta de apetito, timidez, desgano y retrocesos en sus adquisiciones madurativas, entre otras. Libenson explica que “se trata de formas de protestar y expresar su miedo a perder el lugar y el amor de los padres. Da celos tener que compartir a mamá y más cuando ese otro va a todas partes con ella. De todos modos, la manifestación de celos es una saludable expresión de los niños que da cuenta de su capacidad de amor. Si los adultos aceptamos que es un sentimiento normal y esperable, los niños percibirán que no es algo dañino sentirlos ni expresarlos. Y así, con el tiempo, podrán dominarlos”. Para la licenciada en psicopedagogía Agustina de Cristóbal, directora del Centro Orientar, “lo que hay atrás de los celos es miedo a perder el amor de los padres, lo que genera en el niño inseguridad, su autoestima se siente lastimada y entonces comienza a buscar llamar la atención en pos de recuperar el amor de los papás que siente amenazado. Los retrocesos madurativos tienen que ver con esto: querer estar en el lugar del ‘bebé’ que es ahora el que se lleva la mayor atención”.

Pero los celos y las rivalidades no sólo se presentan durante el embarazo de la mamá o cuando el hermano menor es un bebé. Muchos niños atraviesan los primeros meses como hermanos sin mayores problemas para, luego, manifestar la competencia que mantienen con ese ‘otro’, que alguna vez irrumpió en su casa para correrlo de su lugar de ‘único’, a través de peleas –físicas y verbales- o no prestándole sus juguetes o no queriendo compartir el cuarto. “La clave, en estos casos, está en intervenir en la medida en que haya alguna dificultad donde corra peligro alguno de ellos o si se produce alguna pelea que no puedan solucionar solos. De lo contrario, hay que dejarlos que interactúen y aprendan a compartir el espacio”, recomienda Libenson.


Tareas en el hogar

Como en otros aspectos de la vida, también ante la llegada de un hermano, la conducta que adopten los padres, el modo en que actúen ante la noticia y cómo la presenten al hijo mayor, ha de marcar la posición de éste, y sembrar las raíces del lazo que se establezca entre los hermanos. Porque hermano: ¿se nace?

Libenson explica en su libro que “no es recomendable decir al hijo primero que tiene que querer al hermano como una imposición de amor porque esta presión puede generar el efecto opuesto. El amor fraternal se dará naturalmente, con el tiempo”. En tanto, de Cristóbal comenta que “el vínculo de hermandad se construye más allá de la sangre. Se trata de un vínculo que comienza a construirse desde el embarazo. Su desarrollo depende mucho de lo que hagan los padres en este período. Por ejemplo, una mamá que está embarazada y le cuenta a su hijo del bebé, de cómo ese bebé se mueve y va creciendo, va preparando al hijo mayor para el momento del nacimiento, al tiempo que va dejando muy claro que no está enferma, que es otro de los temores que experimentan los hijos en estas situaciones”.

Para el equipo de profesionales de Nuevos Aires, Centro Psicopedagógico, “las experiencias desde el inicio de la vida son de vital importancia. Según la teoría de las Matrices Dimensionales -creada por la Lic. Estela Mora con el asesoramiento del Dr. Eduardo "Tato" Pavlovsky- desde el momento de la concepción ya estaríamos hablando de una genética de los vínculos. En este sentido, la hermandad se va delineando desde el origen. (A partir de cómo los padres planifiquen la llegada al mundo de ese hijo se marca la diferencia y se empiezan a establecer los vínculos fraternos.) Antes de que se concretice la llegada a la familia de un nuevo integrante comienzan a delinearse los sentimientos que luego cobrarán forma en la dimensión de la palabra y que se verán en las acciones. Según qué y cómo se sienta, se planifique, se haga y se diga, y según cómo sea transmitido al primer hijo (o a los que haya) es que se darán las multiplicidades de relaciones fraternas”.


Hijo para dos, hermano para uno

Para los padres, en numerosas ocasiones, la presión social por ‘el segundo hijo’, no es menor. Así como alguna vez todos les preguntaban por ese primer bebé, ahora sus familiares y amigos han de insistir por ‘el hermanito’. En Nuevos Aires explican, y alertan respecto a esto que “buscar ‘un hijo’ y buscar ‘un hermanito’ son cosas diferentes que marcan devenires diferentes. Si los padres buscan ‘un hermanito’ para su hijo es muy probable que luego el niño sienta ‘voy a tener un hermanito para mí’, es decir, entienda que ‘el hermanito es de él’ y puede entonces hacer lo que quiera y jugar como quiera. Y cuando reciba por esto algún reto, percibirá una confusión nada saludable”. De Cristóbal remarca esta cuestión al señalar que “el hecho de presentar al bebé diciéndole al hijo mayor ‘vas a tener un hermanito para jugar’ resulta no recomendable porque es falso. En realidad cuando el bebe nace no va a jugar con nadie y el hermano sólo va a tener a alguien que le va a quitar tiempo de sus papás”.


Crecer juntos

Para atenuar la angustia de los chicos frente a la llegada de su primer hermanito, los especialistas coinciden al recomendar a los papás no dejar de recordarles a sus hijos mayores lo importante, únicos y especiales que son. Manifestarles todo su amor y darles garantías de que el mismo no está amenazado; que aunque ahora sean dos, alcanza para todos igual.

“Al mismo tiempo que el hijo mayor va cediendo su lugar de ‘rey’, tiene que ir sabiendo que no va a perder el amor de los padres”, señala de Cristóbal, quien agrega: “Algo muy importante en este sentido es poder mantener espacios exclusivos, tanto del papá como de la mamá, con su primer hijo: hacerse un tiempo para jugar exclusivamente con él, ir a buscarlo al jardín, planear actividades juntos. Porque realmente un hermano es un cambio muy fuerte para ese hijo que toda la vida fue único, que siempre tuvo a sus papás cuando quiso y que de repente tiene que compartirlos”. Por su parte, Libenson recomienda “acompañar al niño, entendiendo su dolor y su rabia; no subestimar la tristeza ni el enojo; hablarle mucho y compartir con él su malestar, sin broncas ni chirlos, aunque sin dejar de poner límites claros.”

Complejo, fuerte y sorprendente, dejar de ser ‘único’, ciertamente, no es simple; pero… ¿no es acaso esa misma complejidad, fuerza y sorpresa de la compañía, del aprender a compartir, del encuentro con el otro, de los juegos y las risas cómplices, de la mano que acompaña, un buen motivo para celebrar? Sin dudas, cuando de crecer se trata, siempre es mejor si hay amor, mucho amor cerca, y para eso, nada como un buen abrazo de hermanos.


Hermanos ensamblados

La llegada de un hermano, coinciden especialistas, educadores, padres, hijos, y hermanos, nunca es un tema sencillo. Pero, ¿qué sucede cuando el hermanito que se aproxima es hijo de mamá pero no de papá, o viceversa? ¿Cómo se constituyen los lazos de hermandad entre los tuyos, los míos y los nuestros?

Para el equipo de Nuevos Aires, “las familias ensambladas son parte del devenir de los cambios sociales actuales. El vínculo que se establece entre hermanos integrantes de estas familias no presenta diferencias respecto a la hermandad en las familias ‘tradicionalmente constituidas’. Hay consideraciones diferentes, porque hay consideraciones sociales diferentes, pero en tal caso aún cuando hay realidades diferentes, estas no afectan al vínculo fraterno en sí mismo. Es la función y la singularidad de cada vínculo (teniendo como matriz un particular modo de relación paterno – filial) lo que origina relaciones fraternas; uniones (o desuniones). Cada vínculo fraterno es diferente de acuerdo a la modalidad que cada padre establezca con cada hijo. No es diferente un vínculo por si es sanguíneo o no”. Al respecto, la Lic. de Cristóbal remarca que “el miedo que el niño, hijo de padres separados, experimenta ante la llegada de un hermanito es el mismo que en otras situaciones de familia; a eso puede sumársele el temor por esa nueva familia que comienza a configurarse y que seguramente tendrá sus propios códigos, algunos de los cuáles serán absolutamente nuevos para ese pequeño. Por eso lo importante es que el niño tenga muy claro que su mamá y su papá lo quieren, y mucho, aún cuando no vivan juntos y constituyan otras familias; y también que aún cuando no haya lazos de sangre con los nuevos adultos estos igualmente van a acompañarlo”.

 

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