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01-06-2009 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Entre la risa y la emoción

El trabajo de Marcelo Katz en el universo del clown siempre aporta algo nuevo. En esta nota, habla de sus espectáculos "Aires" y "Aguas" y del estreno de "Se mueve", el primer espectáculo de clown hecho por chicos, alumnos de la Escuela de Clown que dirige.

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por Gabriela Baby



El Espacio Aguirre, también llamado Escuela de Clown, es lugar de ensayo, aprendizaje y entrenamiento. Ubicado en un punto neurálgico de Villa Crespo, en el silencio de calles internas, acunado por el run run de un tren cercano, el amplio galpón da contención a la escuela, a los ensayos de la Compañía Clun y a los diversos seminarios y encuentros que Katz y su equipo proponen.


Dicen que en otro tiempo fue una fábrica de juguetes. Ahora el verbo jugar se conjuga en sus diversos rincones y en diferentes tiempos. El galpón está dividido en varias salas comunicadas por un gran living con sillones y mesas bajas. Vestigios de escenografía, una mano gigante –escapada, sin duda, de alguna obra-, una cortina de cuentas de colores, una heladera pintada de violeta, plantas, revistas, fotos y afiches de las obras acondicionan un espacio que revela actividad creativa intensa.


Marcelo Katz termina la reunión semanal con el equipo docente y se presta a la charla. Habla sin parar y, a la vez, piensa cada palabra. Empieza comentando algo de la trastienda de Aires, su última producción: “Aires es un espectáculo de la compañía concebido desde cero, un espectáculo de matriz”, define. Y lo diferencia de Aguas -que ya lleva más de un año en cartel-, articulado sobre diversas escenas de alumnos de la escuela. “Para Aires se trabajó con música original y a partir de una puesta pensada en su totalidad desde el inicio. Además, en este espectáculo se cruzan dos viajes que para mí son importantes: la comicidad y lo onírico, la belleza poética. Dos elementos que me interesa poner siempre en mis espectáculos, como si fueran dos hebras de lana que van tejiendo la misma bufanda. Porque hay escenas muy lindas, muy poéticas, que te transportan y en esas mismas escenas te estás divirtiendo”.

¿Cómo fue el trabajo de creación y producción de Aires?


Trabajo siempre desde las ideas. Para este espectáculo investigamos en las ideas con uno de los actores, Javier Pomposiello. Exploramos un racimo de ideas, de elementos y de posibilidades. También los actores aportaron lo suyo y, a partir de las improvisaciones, fuimos viendo qué funciona y qué no. Entonces, se trata de pensar mucho, probar bastante y quedarnos con poco. Un proceso de ensayo y error. Trabajamos durante cuatro meses, todos los días. Es un ritmo intenso: probamos muchos materiales y también descartamos mucho.


Yo digo que es como una empresa que tiene su área de desarrollo e investigación. Porque hay cosas que no se pueden hacer, por más que se trate de una buena idea. Y también ocurre que ciertas cosas, a las que no les tenías fe, finalmente te sorprenden. Eso es lo lindo, este trabajo siempre me sorprende.

Con viento fuerte o con una brisa leve, los personajes del espectáculo generan climas y situaciones que no siempre tienen que ver con el humor. Llevan narices y trajes sobrios. Por momentos, parecen oficinistas con nariz colorada. ¿Son payasos o actores? ¿Vienen del circo a copar el teatro? Katz señala similitudes y diferencias entre el payaso de la arena circense y el clown que anda entre bambalinas teatrales:


“Aunque las categorizaciones no son tajantes, hay una diferencia. El clown de teatro se diferencia del de circo en lo más obvio: el maquillaje y el vestuario. En el circo, las ropas son más coloridas y estruendosas, y el maquillaje es bien cargado. En cambio, en el teatro, el clown es un personaje más dramático, con poco maquillaje y un vestuario más sobrio. Aunque no necesariamente. Pero en tal caso no está tan estereotipado, sino que tiene que ver más con la puesta de la obra. Y el trabajo en sí es diferente: para el de circo, lo que prima es hacer reír y para el de teatro el eje es hacer contacto. La risa sigue siendo un elemento importante pero antes hay que contactar con el público para llevarlo al propio mundo del payaso”.


Hacer contacto es una de las premisas que Marcelo Katz señala como piedra basal del trabajo escénico: “El clown trabaja hacia el público. Tiene que compartir con el público lo que le pasa. Por eso, en primer lugar, tiene que estar muy conectado consigo mismo, para luego poder entregar al público eso que siente y que le pasa. Y no puede dejar de ser sincero. En otro tipo de actuación, un actor tiene su material y lo da. Pero para el clown al mismo tiempo que da, está recibiendo algo del público. Y ese ida y vuelta modifica el material. Es decir, el cuadro se pinta de a dos: el público lleva el pincel junto con el clown. Ahora, hay que tener el coraje de estar en presente”.

Función tras función, obra tras obra, así durante años. ¿No te aburrís de hacer reír?


El placer de la risa es tan primario para mí como el placer que da la comida o la sexualidad. Y me resulta tremendamente placentero generar la risa: saber que va a pasar algo y que se van a reír doscientas personas cuando pase eso. Cuando eso efectivamente sucede, es un gol. Es una de las cosas más fuertes que conozco. No te digo que hacer reír es lo que más me gusta de mis espectáculos, pero me encanta. Me eleva. Cuando entra un gag y el público se ríe, yo levito. Pero cuando algo no funciona es como un gol en contra.


Provocar risa y emociones, comunicarse con el público, invitar a volar con imágenes teatrales, incitar sueños a partir de objetos o situaciones. ¿Se puede enseñar a ser payaso?


“Sí, se enseña” - afirma Katz que lleva cuatro años al frente de su propia escuela de clown. Allí se preparan para el arte de la risa chicos desde 4 años hasta grupos de adultos. “Hay varios pilares de esta técnica: el humor es uno, pero antes aún está el contacto consigo mismo y con el público. Y eso se ejercita y se aprende”.

¿Y como trabajan en lo concreto los docentes con los chicos?


Normalmente los chicos tienen una carga lúdica muy potente que al llegar a la adolescencia desaparece porque están muy preocupados por la imagen, la postura, el verse ridículo y demás. Pero no es que un día, de pronto se levantan y perdieron el placer del juego. Esto es un proceso, el chico se va encerrando. En la escuela trabajamos, en todas las edades, en mantener vivo el placer por el juego y enseñar que el juego puede ser muy fuerte escénicamente. Porque una cosa es jugar y otra cosa es hacer de ese juego algo interesante para el que está mirando. Se trata de compartir ese juego con el público de manera interesante.

¿Y cuáles son los juegos del clown?


En la escuela hay pelucas, burbujeros, instrumentos musicales, disfraces. Jugamos con elementos, sin elementos, solos o de a varios. Se trabaja con consignas, pero, y sobre todo con los más chiquitos, la clase se abre mucho a lo que traen los chicos. Por ejemplo, uno dice ‘fui al zoológico con mi abuela’, entonces nos ponemos a hacer animales. Y hacemos de hipopótamos y domadores de hipopótamos. Y desde ahí surgen otras propuestas. También trabajamos con la mirada al público y la repetición: desarrollando módulos de juego que tienen que ver con la posibilidad de repetir eso que funciona, para después buscarle variaciones.

La escuela tiene más de doscientos alumnos que transitan no sólo las clases semanales, sino también encuentros, campamentos, intercambios entre grupos de diferentes edades. “Nosotros le damos mucho valor a las muestras. Tanto en adultos, como en chicos. El año pasado, los chicos más grandes hicieron dos funciones con 120 espectadores y los que tienen más metida la técnica pudieron tomar todo lo del público y lo controlaban perfectamente. Chicos de 10, 12 años, estaban parados en escena, solos, delante de 120 personas y era un placer ver cómo llevaban al público, cómo lo hacían reír, cómo lo metían en el suspenso, cómo aceleraban, cómo frenaban”.

Y ahora se animan a hacer una obra actuada por chicos. ¿De qué se trata la propuesta?


La obra se llama Se mueve y tiene que ver con el movimiento. Es la primera vez que nuestra escuela de clown para chicos larga un espectáculo. Está actuada por clowns que vienen estudiando en la escuela por lo menos desde el año pasado. Y hay una invitada de la escuela de adultos, que toca varios instrumentos en escena y aporta su experiencia. Participan de la obra veinte chicos que tienen entre 6 y 13 años.

¿El payaso es o se hace? Quiero decir, ¿se actúa, como la actuación del actor, o se arma un personaje que tiene que ver con la personalidad de cada uno?


El trabajo propone que cada uno -chico o adulto- trabaje desde su personalidad. Es decir, no hay que tratar de ser otro porque la fuerza está en apoyarse en los rasgos que cada uno tiene. Si alguien es muy tímido, podrá disfrutar del trabajo desde la timidez. Y si es más físico, trabajará más con el cuerpo o los que son más charlatanes trabajarán más desde el texto. Nosotros trabajamos el payaso que hay en uno mismo. Y por eso es un trabajo de cierto riesgo, porque es más expuesto. Se trata de jugar desde uno a ver qué aparece y qué pasa. Si uno se enoja con el compañero en escena, porque no escuchó su idea o porque tenía ganas de hacer otra cosa, no hay que caretearla: vamos por el lado del enojo y a jugar con la mufa.

¿Suele darse que los padres traen a sus hijos para que se suelten, para que no sean tan tímidos o tan serios?


Hay de todo. Los chicos a los que les gusta mucho actuar y son muy payasos en la casa tienen facilidad y el trabajo les da elementos, profundidad, variables. Pero muchas veces a esos chicos les cuesta trabajar en grupo. El trabajo los ayuda a escuchar al otro. Y también hay chicos que llegan porque tienen dificultad de comunicarse y vienen con la intención -de los padres o de ellos mismos- de soltarse más. Pero de alguna manera, el entrenamiento del clown enseña a amigarse con uno mismo. Porque a partir del trabajo, ciertas cosas que resultan dolorosas, dejan de serlo. Tropezarse o tener mal puesta la pollera puede ser algo para ofrecer al público. Entonces no hay nada terrible si me caí o una palabra se me enredó. Al contrario, el error es algo productivo. El trabajo permite amigarse con la espontaneidad. Y desde ahí uno aprende a ver que nada es tan terrible. Por eso digo que es un trabajo liberador.


Otra cosa muy linda para trabajar con chicos es que, como todos los juegos, el juego escénico tiene una potencia de transformación. Si este palo puede ser mi espada, mi bastón, mi caballo o mi micrófono, la vida y las cosas de la vida también pueden ser de maneras diferentes. Quiere decir que puedo aportar una mirada nueva y vivir de otra manera.



Clowns en escena


Desde el mes de mayo se repusieron en la Ciudad Cultural Konex, en pleno barrio del abasto, las dos más recientes producciones de Marcelo Katz y su compañía.


En Aires, que fue estrenada este último verano en el Centro Cultural Recoleta, el teatro, la danza y la música se combinan para crear un espectáculo que trasciende las barreras del lenguaje y de las edades. Una banda de clowns aborda el tema del aire en una sucesión de escenas y juegos que apelan al humor y la sensibilidad generando un universo fantástico, poético y divertido.


Pero el juego de los clowns con los elementos también está presente en Aguas, donde se experimenta con el elemento líquido en situaciones tiernas y graciosas que se suceden a modo de varieté clownesco, entreteniendo por igual a grandes y chicos.


La novedad está en el estreno en junio del primer espectáculo realizado por los chicos alumnos de la escuela de clown. Bajo el título Se Mueve, veinte clowns de 6 a 13 años, acompañados por una clown que toca varios instrumentos en escena, hacen reír y emocionan con el movimiento y su natural ingenuidad.


Aires. Sáb. 20 hs. Dom. 19:30 hs. $25. Aguas. Sáb. 18 hs. Dom. 17:30 hs. $ 20 y $15. Ciudad Cultural Konex. Sarmiento 3131. 4864-3200.
Se mueve. Sáb. 17 hs. $ 10. Espacio Aguirre. Aguirre 1270. 4854-1905.

 

 

Planeta Katz


Marcelo Katz fue actor del Teatro San Martín durante siete temporadas. Formó parte de la compañía de danza de Teresa Duggan. Fue creador y director de La Trup y desde 1997 director de Clun. Actualmente prepara un unipersonal y acaba de regresar de España donde dio clases para profesionales y dirigió una obra de teatro. Su historia con el clown comienza así: “Tenía unos 20 años cuando vi dos espectáculos que me gustaron mucho y dije: ‘quiero hacer eso”. El joven Katz estudiaba teatro, danza, acrobacia, mimo y clarinete, cuando fue cautivado por la puesta de Arturo, de El Clú del Claun y Tres hombres en marca a cargo de una compañía italiana Donati & Olsen. Desde entonces hace “eso”.

Más info: www.marcelokatz.com

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