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01-06-2001 |

Crianza - Madres y Padres

El Potrero Organizado

Hace 15 o 20 años atrás, era inimaginable la existencia de escuelas de fútbol. El fútbol, “pasión de multitudes”, se aprendía en el potrero y los chicos jugaban a la pelota en la calle o en las plazas. Pero el crecimiento de la ciudad produjo la pérdida de espacios verdes, el aumento del tránsito y una creciente inseguridad. Las escuelas de fútbol surgieron como una alternativa para los que no podían dejar la pelota.

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Por Ariel Saidón



Los chicos siempre jugaron a la pelota, al menos en Argentina. En la calle, en la plaza, en el patio de la escuela y hasta en el living de su casa. Sucede que el fútbol está presente en su vida desde el mismo momento en que nacen. Ni bien se enteran que se trata de un varón, tíos, primos y hermanos corren a comprarle la camiseta de su equipo favorito. Y, en muchos casos, el padre lo inscribe como socio del club de sus amores antes de hacerle el documento. La pelota es uno de los primeros regalos que recibe y los chicos juegan con ella, incluso antes de aprender a caminar.

Cuando empiezan a ir a la escuela, el fútbol también es tema de conversación con sus compañeros y el juego privilegiado en los recreos. En este marco, las escuelas de fútbol aparecen como una alternativa de entretenimiento y aprendizaje. Los chicos comparten una actividad con otros de su misma edad, conforman un grupo y aprenden las técnicas básicas del deporte.

“El fútbol es un medio en la educación de los chicos”, sostiene Carlos Mikey, ex-jugador y profesor de educación física. “Además de todo lo que tiene que ver con la formación física corporal, a través del deporte se pueden transmitir muchos valores: el compañerismo, la solidaridad, el respeto por el otro”, dice Mikey que dirige su propia escuela desde hace más de 20 años.

A su escuela concurren chicos desde 3 años hasta adultos de más de 40. Los grupos están divididos de acuerdo a la edad. Hasta los 12 años practican fútbol de salón (con 5 jugadores por equipo); los adolescentes y adultos, fútbol de campo.

Las clases incluyen, luego de una entrada en calor, 15 o 20 minutos de juego individual y manejo de elementos: dribling (llevar la pelota), patear, pasar, cabecear o aprender a hacer un saque lateral. Después se realizan juegos o ejercicios aplicando lo que se quiso enseñar y, según la edad, un juego reglado pre-deportivo o un partido de fútbol.

“Pero también es muy importante la recepción, saludarnos y ver como estamos. En una ronda inicial nos contamos las cosas que nos pasaron durante la semana: un cumpleaños, un hermanito que nació, que se nos cayó un diente o si fuimos al cine. Eso es lo que va conformando al grupo”, describe Mikey.

En el caso de los más chiquitos (3 y 4 años), la actividad podría definirse como pre-deportiva. Realizan juegos menos reglados que un partido de fútbol y que “tienen que ver más con sus posibilidades”. También utilizan otros elementos: colchonetas, cubiertas, conos y pelotas más chiquitas. “La idea es que a través de estas actividades vayan incorporando su esquema corporal y lo puedan ir manejando”, explica.

Los clubes de fútbol siempre fueron un referente para los chicos que soñaban con jugar en primera y para acceder a las divisiones inferiores era necesario pasar por una prueba. La mayoría quedaba en el camino.

Desde hace unos cuantos años, algunos clubes crearon sus propias escuelas de fútbol para permitir el desarrollo deportivo de una mayor cantidad de chicos. “Acá se creó en 1988 con el objeto de evitar las pruebas de jugadores para las divisiones inferiores. -cuenta Rubén Sotelo, director de la División Cadetes del Club Atlético River Plate-. La idea era que con las pruebas se perdían chicos que podían ser buenos pero que se ponían nerviosos, les pasaba algo o, simplemente, tenían un mal día. Pero si a ese mismo chico lo tenés un tiempo, le das la posibilidad de trabajar y lo ves progresar, a lo mejor el día de mañana le puede servir al club futbolísticamente hablando”.

A la escuelita de River van más de 500 chicos de 7 a 18 años que entrenan una hora y media, dos veces por semana, en cancha de 11. Los entrenamientos incluyen una entrada en calor, a cargo de los preparadores físicos, y un desarrollo de la parte técnica con los ex-jugadores Oscar “Pinino” Mas y Raúl Giustozzi.

Los jugadores que se destacan pasan luego a integrar las divisiones de infantiles o de fútbol amateur. Pero, según Sotelo, la escuela no es el semillero de River y, de hecho, las pruebas de jugadores se siguen realizando. “El objetivo es educar a través del deporte”, dice. Por eso, el único requisito para entrar es ser socio del club. “La idea es que todos los chicos tengan la posibilidad de hacer el deporte que les gusta, integrarse a un grupo y representar a River”, explica.

Claro que la competencia también está presente. A nivel de escuelas deportivas participan en el campeonato de LIDE una liga de Vicente López en la que compiten con otras escuelas y clubes.
Todos juegan en los partidos. “Así vayan ganando, empatando o perdiendo dos a cero, los cambios se hacen igual”, dice el profesor. “Si bien ganar es una satisfacción para los chicos, lo que queremos es que aprendan a través de esa competencia”, explica.

El mismo objetivo se plantea Carlos Mikey cuando inscribe a sus alumnos en los torneos de Megatlhón y FACCMA. “Para los más chicos, la competencia es una fiesta. Les encanta compartir lo que hacen con otros chicos de la misma edad y no les importa cuantos goles hacen o les hacen. El resultado es lo de menos”, describe. “En el caso de los más grandes -continúa Mikey-, no sólo los padres se agarran al alambrado y quieren que sus hijos ganen, sino que los chicos son los que quieren ganar.”

Aunque las escuelas de fútbol no se proponen formar jugadores profesionales, son una buena puerta de entrada al deporte y brindan la posibilidad a miles de chicos de difrutar de su juego favorito.

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