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30-09-2010 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

El clown de la familia

Tony Lestingi se acercó al teatro para niños luego de una amplia trayectoria como actor y director para públicos diversos. En los últimos años fue director de obras que tienen en común la estética del clown y un profundo respeto por los pequeños espectadores.

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por Marisa Rojas

 

Actor y director, Tony Lestingi formó parte en la década del ‘80 de la inolvidable Banda de la Risa. Formado como bailarín en el Taller de Danza del Teatro San Martín, cuenta con una vasta y multifacética carrera como actor en teatro, televisión y cine. Como director, ha realizado un interesante trabajo con diferentes artistas y compañías, de esos que como Juan Laso (Viaje Zapucai), el Grupo El Globo (La comedia de las equivocaciones) y el Grupo Pletórico (Cuéntale un cuento, La sonora deambulante), trabajan para que todos los chicos y las chicas descubran la risa y la emoción a partir de la magia del teatro. La misma que invita a descubrir a través de La visita de los quijotes, una particular visita guiada al Teatro Cervantes que escribió, dirigió y va ya por su tercera temporada.

A comienzos de este año integraste el elenco de Despertar de primavera, la poderosísima obra de Wedekind que produjo en Buenos Aires Cris Morena. Ahora sos parte de la nueva producción de Televisa e Illusion Studios para Nickelodeon, Sueña conmigo. ¿Cómo es esto de trabajar como actor para el público juvenil?


Evidentemente este año estuvo signado por los impactos juveniles, es cierto. ¡Además, en breve voy a ser papá nuevamente! Respecto a Despertar…, la verdad es que hacer Wedekind, y con una muy buena adaptación, fue muy interesante y me permitió descubrir toda una nueva generación de actores realmente muy buenos. Y eso lo quiero recalcar porque, debo confesarlo, yo estaba un poco escéptico con los jóvenes artistas; los sentía como un poco huecos, con tanta televisión alrededor de ellos desde tan jóvenes. Pero tengo que decir que me encontré con pibes y pibas con mucho compromiso artístico, premiados y exitosos pero sobre todo, comprometidos. Recordé mi etapa de joven actor y entonces comprendí que mi generación fue la primera que empezó a necesitar una escuela integral. Yo hice la Escuela de Danza del San Martín, estudié canto y actuación pero todo por separado, a los ponchazos. Ahora hay escuelas integrales donde los chicos aprenden de todo: a actuar, a cantar y a bailar, y es fantástico. Mi hija Mora va a una escuela de comedia musical que es integral. Estos chicos estudian desde los nueve años, tienen mucho training, están muy aceitados. Fue bueno estar en Despertar…, y lo es ahora hacer Sueña conmigo, porque creo que estas escuelas han generado una muy buena generación de artistas y, además, muy buena gente. Y la experiencia con el público que ve estos espectáculos también ha sido muy interesante, como lo fue en su momento trabajar para los adolescentes que se acercaban al San Martín a ver esa desopilante versión de Las mujeres sabias que supo concebir Willy Landin, donde Moliére convivía con Locomía. Lo hago también un poco por Mora…

Mora es la hija de Tony y Natacha Varela, protagonista de La sonora deambulante, el espectáculo del Grupo Pletórico que, con dirección de Lestingi, se estrenó esta última temporada. Mora tiene once años y es, además de estudiante de comedia musical, una fiel espectadora de su papá. Vió Las mujeres sabias una decena de veces, y Despertar…, catorce. “Es que yo las cuento”, explica.

Con Illusion también trabajaste en la película animada Patoruzito, ¿qué recuerdos tenés de ese trabajo?


Ese fue el primer acercamiento con Illusion. No se trató de un doblaje, no sé si podría hacer algo así, pero fue buenísimo trabajar en una película de animación. Tirábamos el texto, jugábamos con el otro actor con el que compartía la escena, como si fuera una especie de radioteatro, y después los animadores, a partir de la inflexión que cada uno le daba a su personaje, trabajaban sobre eso. Hay mucho de libertad de juego en ese tipo de trabajos, algo que desde los tiempos de La Banda de la Risa ha sido muy importante para mí.

¿De niño eras lector de Patoruzito? ¿Eras un chico que leía?


Sí, muchísimo. Yo empecé a leer con Patoruzito, como en su momento Mora lo hizo con Gaturro; después me hice un lector muy avezado porque me gustó leer de noche, antes de dormir. Empecé por libros que estaban en la biblioteca de mi casa, de aburrido; pero un día me enganché y empecé a leer… y a leer… y a leer. Las historietas fueron lo primero, de Patoruzito pasé a Isidorito y luego a Isidoro y Cachorra, todo eso.


¿Y eras también un chico de teatro?


Me encantaba. Tuve la suerte de empezar en esto siendo joven y ganar mis primeros pesos. Y ya no lo dejé. Hice muchas cosas, mucho teatro independiente, y afortunadamente tuve la energía como para sobrevivir económicamente; aunque lo que fue definitivo en mi vida, porque me cambió la vida, fue La Banda…

En los años ’80, La Banda de la Risa, que también integraron artistas como Claudio Gallardou, Diana Lamas, el “Bicho” Gómez y Claudio De Passano, entre otros, renovó la escena teatral de Buenos Aires con rutinas y recursos como el humor, las máscaras y el lenguaje del circo y el clown. Curiosamente, o tal vez no, muchos de los grupos que durante los ‘90 y en adelante han trabajado para el público infantil y/o para toda la familia, están atravesados por el legado de La Banda…

¿Cuánto influyó ese proyecto en tu carrera profesional?


Los años ‘80 fueron una explosión muy importante en todas las áreas. Mi generación venía haciendo las escuelas convencionales de teatro, pero cuando volvió la democracia y nos pudimos volver a juntar, empezamos otro camino. Éramos un grupo de 12 actores, 6 chicas y 6 muchachos, empezamos a entrenar sin dirección, no queríamos ningún tipo de autoridad cerca en ese momento. Trabajábamos libremente invitando a referentes como Francisco Javier, Norma Aleandro, muchos artistas a los que nosotros respetábamos por su compromiso y por su teatro. Y en un momento en que sentimos que más que lo intelectual necesitábamos trabajar en entrenamiento, entonces la llamamos a Cristina Moreira, que fue más o menos la madre de todo este lenguaje de lo clownesco. Y eso nos recuperó como artistas, más allá del naturalismo y del realismo que hasta entonces eran la única verdad expresiva que había. El clown nos permitió ingresar a otros modos de la expresión. Y eso tengo que agradecérselo a Claudio Gallardou que de alguna forma fue quien me acompañó, y a quien yo acompañé, en esa aventura genial que fue meternos en los circos, investigar sobre los orígenes de nuestro teatro, recuperar ese mundo maravilloso del circo criollo que es donde empezó todo. Creo que mi experiencia con La Banda… y mi profundización en el lenguaje del clown es lo que ha hecho que me llamen, por ejemplo, los grupos que trabajan para los chicos, aunque yo digo que trabajo, siempre, para toda la familia.
 
¿Esto significaría pensar que el clown es un lenguaje “del” público infantil?


No. Aunque parecería que el clown pertenece sólo a los chicos, es un mundo apasionante y muy amplio. Pero sí permite trabajar muy bien propuestas tan interesantes como la del Grupo El Globo, con quienes realizamos la puesta de una versión de La comedia de las equivocaciones. Es decir, Shakespeare en el patio de la escuela, algo que me parece loable porque es darle la posibilidad a un espectador que todavía no tiene un universo muy formado de acceder a esa cosa tan interesante que es el teatro. El teatro es siempre una alternativa muy importante a, por ejemplo, lo mediático, lo que se viene y se va fácil, eso que tan cerca está de muchos chicos.

A ese trabajo le siguieron la puesta de Viaje Zapucai, de Juan Laso, y el guión y la dirección de La visita de los quijotes, la visita guiada –y teatralizada- al Teatro Nacional Cervantes. ¿Cómo y por qué surgió esa propuesta tan particular?


Porque tenía el recuerdo de haber visitado muchos teatros y que las visitas fueran generalmente muy formales, muy solemnes, aburridas a veces… Y la verdad es que cuando uno es chico y la escuela te lleva a recorrer un teatro, lo único que te importa es que ese día no tenés clases. Lo que intenté, cuando Claudio Gallardou  (subdirector del Cervantes) me pidió que armara la visita guiada, fue que ese recorrido resultara entretenido, que les dejara algo a los chicos además del “salir de la escuela”. Porque la historia del Cervantes, la de su fundación, es tan atrapante, intensa y romántica que yo quería que la conocieran, que se divirtieran, que pasaran un muy buen rato y aprendieran eso que es tan lindo. Así escribí esa historia que se cuenta con el lenguaje de lo clownesco.

¿Y qué elementos, además de la diversión, tuviste -y tenés- en cuenta cuando se trata de escribir o de dirigir espectáculos para el público infantil?


En realidad yo siempre trabajo para todo público, como director podríamos decir que soy, insisto, un director familiero. Pero básicamente me interesa y aspiro a que los chicos, y los grandes, no se aburran; el teatro siempre tiene que ganar espectadores, no perderlos. Me gusta ver las salas independientes, los patios de las escuelas y los teatros enormes llenos de gente; y que esa gente lo pase bien, lejos del prejuicio de que hablar desde el humor, pueda ser liviano o banal. A los chicos, y también a los adultos, se les pueden decir muchas cosas desde el humor, y eso es algo que yo descubrí gracias al clown.

 

 

Pletórico Teatro

 

Junto a Natacha Córdoba, Agustina Villanueva y Maribel Villarosa, Tony Lestingi integra el Grupo Pletórico. Una compañía de teatro para toda la familia que con cuatro años de historia tiene ya su segundo espectáculo en cartel -La Sonora Deambulante. Una orquesta de las de antes- y prepara el que será el cierre de una muy interesante trilogía teatral.


“La idea es hacer un tríptico de espectáculos vinculados con distintos modos de la expresión artística, diferentes herramientas y lenguajes. El primer trabajo fue Cuéntale un cuento, una propuesta vinculada directamente a la narrativa. De hecho, el gran ‘personaje' de ese espectáculo era un libro enorme con las hojas en blanco que Jacinta y Petunia –las clowns que componen Natacha y Agustina- iban ‘llenando' a medida que avanzaba el relato de La princesa y el dragón. Trabajamos en ese escalón que va de la transmisión oral del cuento a la teatralización de la historia. En La sonora deambulante pusimos el acento en la música y también incluimos títeres, la expresión se va agrandando, es un espectáculo un poco más complejo. En un principio, aunque convocábamos a toda la familia, nos dirigíamos más directamente a niños de 2 a 8 años, ahora trabajamos para preadolescentes, con chicos y chicas a partir de los 10 u 11 años; y próximamente, a ellos pero también a los que son un poquito más grandes, les ofreceremos un espectáculo sobre la plástica”, explica Tony.


La sonora deambulante cuenta la historia de una banda de pueblo, de “una orquesta de las de antes”; es una comedia de amor protagonizada por un exótico director de orquesta, una moderna bruja y las mascotas de ambos -dos desopilantes gatos que desatan una serie de divertidos enredos-, en una noche de Carnaval. Escrita y protagonizada por Agustina Villanueva y Natacha Córdoba, con música de Pablo Bronzini, vestuario y escenografía de María Isabel Gual y Noelia González y dirección de Tony Lestingi.

Por más info: www.actantes.com / grupopletorico@gmail.com / Tel. 4672-9257.

 

 

Planeta Lestingi


Actor y director, Tony Lestingi es miembro fundador de la emblemática Banda de la Risa; maestro de clown y creador del festival de la muestra “Para muestra falta un botón”. Estudió actuación con Luis Agustoni y Carlos Gandolfo; se formó como bailarín en el Taller de Danza del Teatro San Martín y en Técnicas de Clown con Cristina Moreira; además, estudió canto con Nicolás Amato y Laura Liss.

 

En 2010, en teatro, participó de la premiadísima Despertar de primavera, de Wedekind, con dirección de Ariel del Mastro y producción de Cris Morena; en televisión, integró el elenco de la telenovela Valientes y participa de Sueña conmigo, una producción de Televisa e Illusion Studios que se emite por Nickelodeon para toda Latinoamérica. En cine, trabajó, entre otros, con Adrián Caetano, Juan Carlos Desanzo, Tristán Bauer y en el 2005 bajo las órdenes de Damián Zifrón en la desopilante Tiempo de valientes. Como director, colaboró con el Grupo El Globo en la puesta de La comedia de las equivocaciones; con Juan Laso, en Viaje Zapucai; para el Plan Federal del Teatro Nacional Cervantes presentó El herrero y el diablo, de Juan Carlos Gené; y con el Grupo Pletórico llevó a escena los espectáculos Cuéntale un cuento y La sonora deambulante. Actualmente, trabaja también en la creación de Flor América, el Circo de la Provincia de Buenos Aires.

 

 

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