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01-12-2004 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Vivir a puro Circo (Criollo)

Desde hace más de veinte años, la Escuela de Circo Criollo de Jorge y Oscar Videla mantiene viva la tradición, y no hay artista circense que no haya pasado al menos una tarde entrenando con estos legendarios hermanos que la fundaron y dirigen. Desde marzo cuenta con un nuevo espacio, la sala Tony Piolita para la presentación de espectáculos circenses.

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Por Marisa Rojas



La Escuela de Circo Criollo de los hermanos Videla fue la primera en su tipo en el país -se fundó en 1982- y la segunda en toda América -la primera fue la Escuela cubana, creada en 1976 siguiendo la tradición del circo de Moscú-. Sus fundadores, y directores, son Jorge y Oscar Videla, dos hermanos de 64 y 62 años de edad -respectivamente- que, como su padre, nacieron y se criaron en el circo. “Para nosotros el circo ha sido un sistema de vida, el máximo; ahí nos criamos, ahí nos educaron y estudiamos, ahí vivimos siempre todos juntos, en familia. El circo nos dio todo: saber, experiencias, relaciones, un nombre”, cuenta emocionado Jorge.

La historia de los Videla circenses se remonta a 1890, cuando un joven de 13 años, hijo de una acomodada familia mendocina de apellido Videla Correas Salinas, decidió irse de su casa siguiendo un circo que había pasado por su ciudad natal. “Mi abuelo aprovechó el paso de un circo por Mendoza y se fue escapando de la tiranía de mi bisabuelo, un herrero muy severo que le pegaba todo el día”, recuerda Oscar.

Cuenta la leyenda que el joven Videla Correas Salinas pronto se convertiría en el Tony Panchito, un ´payaso´ que trabajaba como acróbata con anillas romanas. “Además era actor de teatro”, agrega Oscar. En la época del primer Videla artista de circo, y también durante buena parte del tiempo que el padre de Jorge y Oscar, y ellos mismos, pasaron en el circo, el circo era criollo, es decir: se ofrecían números de acrobacia, trapecio y clown en una primera parte del espectáculo y luego se representaba una obra de teatro. Los artistas circenses de principios y hasta mediados del siglo XX debieron así aprender y desarrollar no sólo técnicas circenses como malabares, acrobacia, pirofagia, escapismo, cuerda indiana y marina, entre otras, sino que también fueron actores. “Se hacía una obra de teatro distinta por día. Había de todo, sainete, dramas, comedias, obras criollas; eran las mismas piezas que se representaban en los teatros del centro de Buenos Aires. Una vez formada la compañía porteña, cuando ésta debutaba, el director se iba a los circos a trabajar formando nuevos elencos. Había grandes actores en los circos y eran muy famosos en el interior del país, claro que no tenían la publicidad ni la fama de los de la Capital. El teatro del centro jamás fue a los pueblos chicos, allí la cultura era el circo”, relata enfáticamente Oscar.

Es que cuando el circo era criollo y la carpa de lienzo blanco -para la de lona verde debió de esperarse buen tiempo y aún más para la de colores que importaron los circos europeos-, el circo era también itinerante. Una troup de no menos de veinte personas viajaba de pueblo en pueblo llevando su arte a los parajes más alejados. Y los artistas de circo formaban una gran familia. “Hasta la creación de las Escuelas de Circo, el circo era tradición familiar, el saber del artista circense se transmitía de padres a hijos, porque la familia entera vivía en el circo. Nos trasladábamos de un pueblo a otro y cuando llegábamos alquilábamos casas o piezas en casas de otras familias. Nos quedábamos un mes y medio aproximadamente; hacíamos muchas amistades. Cuando éramos chicos nos anotaban en las escuelas del lugar, siempre era todo nuevo, nunca nos aburríamos”, relata Oscar.

De aquellos primeros tiempos del circo criollo a estos días en que los Videla han dejado de girar por el país para establecerse en Buenos Aires, muchas otras cosas han sucedido en sus vidas y en la de la historia del circo, que a estas alturas casi casi sería lo mismo. “Yo empecé a trabajar, como todos los chicos nacidos en el circo, desde muy chico: a los 4 años. Entré haciendo acrobacia, como payasito. Por regla general, en aquella época cuando un chico entraba en la pista por primera vez lo hacía maquillado como payasito y en la panza del payaso grande, se lo ponía colgado de los pantalones y le daba dos o tres vueltas a la pista, ese era el bautismo. A los 6 años empecé a hacer trapecio; a los 7 debuté en ´el giro de la muerte´, a 8 metros de altura y sin red; a los 9 años aprendí otro paso aéreo que se llama ´el paso de la muerte´, también a 8 metros de altura. A los 10 años hacía malabares. Hice circo y teatro. No paré nunca, y sigo eh... Hoy actúo en circos que llegan a Buenos Aires y cuando podemos todavía hacemos números juntos con Jorge”, relata el mayor de los Videla, Oscar. “Y después de toda esa vida, la escuela surgió para que la cadena que nos unió a nosotros no se corte, por ello educamos alumnos. Con mi hermano sabemos que somos los últimos eslabones de aquella cadena original y queremos transmitir nuestro arte para que perdure”, señala Jorge.

Y si de alumnos se trata, estos nunca han faltado en la Escuela de los Videla. En sus veintidós años de vida pasaron por ella más de 1500, argentinos y del resto del mundo. “Hemos tenido la suerte de formar buenos alumnos, muy buenos artistas, ellos han sido nuestros representantes en el mundo; en este momento son más de 40 los que están en Europa, por ejemplo. Algunos están en la Ópera de París, otros en el Coliseo de Roma, algunos en España”, cuenta orgulloso Oscar.

El trabajo en la Escuela de la calle Chile es constante, divertido claro, pero también duro. Desde el mediodía y hasta pasadas las 22 hs, de lunes a jueves, Oscar entrena artistas en disciplinas aéreas. Chicos desde los 4 años y mujeres de más de 40, se cuentan entre sus alumnos. “Las disciplinas de circo se pueden aprender a toda edad, más que una cuestión de años o de estado físico, es una cuestión de mente, y de actitud”, comenta Jorge. Él, que como Oscar, aprendió a colgarse de más de 7 metros de altura y a girar entre telas sin red siendo muy chico, sabe que el trabajo es exigente si se quiere ser bueno. Pero, ¿cuál es esa característica tan especial que ha hecho de la Escuela Videla una institución para los artistas circenses? Sobre ello, dice Jorge: “Nosotros hacemos circo a la vieja usanza, hacemos circo criollo; esto significa que en nuestra Escuela la técnica circense la enseñamos sin apartarnos ni un milímetro de ese modo en que nos enseñaron a nosotros nuestros antepasados. Respetamos los viejos códigos; claro que eso no significa que estamos dormidos en el tiempo”


De la carpa a la sala

La Escuela de Circo Criollo de los hermanos Videla cuenta desde el pasado mes de marzo con un nuevo integrante: la primera sala de circo del país, tercera en su tipo en el mundo -después de las de París y Ucrania-, la sala Tony Piolita. “Se llama así en homenaje a mi papá, él era el Tony Piolita, ése era su nombre en el circo”, cuenta Oscar.

El nuevo espacio surgió a partir de la necesidad de los elencos circenses de contar con un escenario con características propias para el desarrollo de su arte. La estructura de la sala Piolita reproduce las características de la pista de una carpa de circo en lo que hace a la amplitud del escenario y a sus posibilidades, en especial la altura –alrededor de 10 metros– necesaria para desplegar el andamiaje de trapecios, cuerdas marinas, indianas, telas y otros aparatos propios de las disciplinas circenses.

En la nueva sala, -que tiene capacidad para hasta 500 personas-, el primer viernes de cada mes se presenta Noches Criollas, un espectáculo de varieté al estilo del circo criollo: una selección de números circenses a cargo de los mejores artistas de la disciplina (de la misma Escuela Videla y de otras como La Arena). Se trata de una recorrida de dos horas a puro circo donde grandes y chicos pueden disfrutar de números de altura; sorprendentes acróbatas y equilibristas; y los infaltables tonys y clowns.


Escuela de Circo Criollo. Chile 1584. Tel. 4382-5017.

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