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01-03-2009 |

Notas y Entrevistas - Teatro Infantil

Títeres para todo el mundo

Chonchón es una palabra araucana que se refiere a un farol con el que los campesinos iluminaban viviendas y caminos. El Chonchón es también el nombre de una compañía de titiriteros radicados en Córdoba que desde hace cuatro décadas trabajan con muñecos de guante. Técnica de calidad, personajes queribles, historias atrapantes y respeto por el público son piedras basales del trabajo de la compañía.

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Por Gabriela Baby

 


Carlos y Miguel están vestidos de negro. Las luces del teatro aún encandilan a quienes se quedan después de la función para hablar con los artistas. Carlos Piñero y Miguel Oyarzún, los titiriteros de El Chonchón, tienen tiempo para todos. Luego empiezan a armar la valija que lleva y trae por el mundo a sus personajes: el abuelo y Arrazkaeta, la niña coqueta de la obra de Javier Villafañe, Laurel y Hardy en versión títere de guante: todos se despojan de su animosidad y se transforman en objetos. Miguel guarda las cabecitas de los personajes en fundas de tela blanca, acomoda cuidadosamente ropas y decorado. Cada objeto encuentra su rinconcito en la enorme valija. 
“Cuando uno se apura a armar el equipaje ocurren pérdidas o roturas. Hay que organizar todo con paciencia”, comienza diciendo Miguel.

¿Por qué eligieron los títeres como modo de expresión?

Carlos Piñero: Comencé mi relación con los títeres como espectador. Y encontraba mucho placer en ello. Tal vez guiado por la fascinación que me provocaron, me acerqué a la profesión. Esto fue en 1987 -después de finalizar los estudios del Seminario de Teatro Jolie Libois-, cuando participé de un taller personalizado de Miguel Oyarzún. Desde entonces, no pude despegarme de los títeres de guante. Los títeres se lanzan a universos poéticos que a otros “intérpretes” les resulta más complicado o menos naturales. Tienen el encanto de vincularnos con la ilusión, la de la vida y la de la muerte.

¿Cómo es el vínculo con el público adulto? ¿Y con los chicos?

Miguel Oyarzún: Nuestras obras están dirigidas mayoritariamente al público mayor de edad. Y resulta muy cómodo trabajar para adultos, porque no hay que lidiar con el ruido de la sala y el acelere que implica trabajar para los chicos. Los chicos necesitan ser seducidos por la obra todo el tiempo. Si el niño no tiene mucho interés en una obra, empieza a correr, se levanta, quiere ir al baño, se distrae. El infantil es un público difícil, porque a los niños no hay que hablarles tonteras con los títeres: no pueden ser engañados. Los chicos son muy firmes en sus convicciones y tienen una inteligencia rápida. Pero también son frágiles: pueden creerse situaciones o sensaciones que el titiritero exponga en la obra.

Carlos: No es sencillo hablar del público porque generalizar es peligroso. Pero si hay que hacerlo, diría que pueden pasar cosas tan extrañas cómo percibir que una función sea muy distinta a la otra, aún tratándose del mismo día y en el mismo teatro. Y quizá, otra función a miles de kilómetros resulta ser recibida por la gente más o menos de la misma manera que la primera. Los hacedores solemos desarrollar un “oído”, una percepción que mínimamente te permite registrar esa recepción del público.

¿Cuál es esa característica inconfundible que define a las obras de El Chonchón?

Miguel: Siempre que nos ponemos el títere para empezar una obra hacemos que el personaje hable del lugar donde está. Comentamos algo de cómo habla la gente allí o cómo es la situación política de ese lugar o cómo es el teatro donde estamos. Se trata de algo breve, sutil, y que no haga perder el hilo de lo que venimos a hacer, que es contar una historia. No sé por qué hacemos esto, pero creo que hay algo del estar vivo, en el aquí y ahora, que se juega en esa introducción, en ese momento.

Algo que también nos gusta hacer es mostrar la mano sin títere o que se asome el titiritero e interactúe con el personaje. Esta situación en la que se ve el truco o el hombre asoma al espacio del muñeco.

Carlos: La gente espera lo que hace miles de años el arte les viene brindando: que les cuenten una historia. Pero además, los títeres ofrecen la animación y esa convención, ese pacto establecido entre titiriteros y público que nos permite jugar con la idea de que unos seres extraños, pequeños, viven, se mueven, hablan y nos permiten observar, por un ratito, su existencia. Eso es lo que hacemos.

¿Existe una escena cordobesa especial para los títeres?

Miguel: En Córdoba hay una movida grande de títeres. Córdoba tiene una tradición de titiriteros. Están los hermanos Di Mauro que salieron de Córdoba, la UNIMA Córdoba (Unión Internacional de Marionetas) y hay un Teatro Estable de Títeres que depende del Teatro Real. También hay muchos grupos independientes. 

¿Dónde se puede ver funciones de El Chonchón?

Miguel: En Córdoba existe cierto circuito para los titiriteros. Se ha creado el Festival de los Juglares, que se celebra cada año en Cosquín, donde se reúnen muchos titiriteros del país y del extranjero. Generalmente es en noviembre de cada año. Y nos gusta ir ahí porque hay talleres de literatura y escritura para hacer obras de títeres, talleres de técnica de manipulación y otras especialidades referidas al títere. Y asisten muy buenos maestros de todos lados. También desde hace unos años nos contratan para dar funciones en colegios o en ámbitos privados. Y trabajamos mucho con fiestas y reuniones de adultos. Desde hace varios años participamos también de festivales y encuentros en el exterior, principalmente en Europa.

¿Qué tienen entre manos los titiriteros de El Chonchón para el 2009?

Miguel: Quizá hagamos un taller para titiriteros y para gente que quiera hacer títeres. Y tenemos ganas de trabajar sobre una nueva obra, algo de la leyenda de El zorro. Siempre con títeres de mano.



Abrir las ventanas

Los titiriteros de El Chonchón tienen una amplia tradición de trabajo social llevando sus obras a zonas de emergencia, sobre todo en Chile. En el 2008 participaron, con su obra Los bufos de la matiné, del encuentro Teatro por la Identidad que por primera vez incorporó un ciclo de títeres y teatro para toda la familia.

“Es muy importante para nosotros estar con los títeres al lado del pueblo, para reivindicar pequeñas cosas de los derechos de los hombres. Hemos estado trabajando con los derechos humanos en Chile, mucho tiempo, en villas y en cárceles –cuenta Miguel Oyarzún-. En realidad, me preocupa haberme alejado un poco de la actividad más militante con los títeres. Pero me deja conforme el haber aportado con mi granito de arena en un momento muy necesario. Porque estuvimos en el momento más crítico de la dictadura, en Chile trabajando en zonas muy carenciadas. Para nosotros fue un pequeño aporte pero muy importante. No se borra de mi memoria”.


Planeta Chonchón

El Chonchón, un grupo casi mítico entre los titiriteros de Hispanoamérica, tiene su origen en 1967, cuando la familia Oyarzún -Manuel, Roberto y Miguel- comenzó a experimentar con títeres de guante en su ciudad de origen, Concepción de Chile.

En 1976, el trabajo se profesionalizó. Y en 1979, Miguel Oyarzún fundó el grupo Pirulín Pirulero, que trabajaba con muñecos de guante. Radicado en Córdoba, hacia 1987 se incorpora al grupo Carlos Piñero, nacido en Córdoba y criado en Carlos Paz. Para la misma época se suma Laura Ferro.

En 1989 cambian el nombre y surge El Chonchón. Sus obras -la mayoría basadas en textos clásicos de la literatura- viajan por las sierras de la provincia y por el mundo, con gran acogida del público de todas las edades.

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