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01-08-2013 |

Cultura - Madres y Padres

Súper fuertes y justicieros

Se persiguen, se atrapan, tironean, se aplastan, se pegan. ¿Juegan o es en serio? El juego de la lucha inquieta a padres y maestros. El especialista en educación Daniel Brailovsky analiza la dinámica intrínseca de estas riñas de súper héroes que atrapan a los chicos en un mundo hermético y mágico, regido por reglas particulares y dotado a la vez de cierta violencia, que escapa a cualquier posible intervención del adulto.

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Por Gabriela Baby

 

En el patio del recreo, una nena rubia es una amazona que avanza al galope sobre su caballo alado. Va a salvar a Superman, un nene de tercero, que ha quedado atrapado bajo un pesado tren. También están allí, si uno pudiera verlos y entender la escena, un caballero armado con una lanza que corre a otro que tiene un casco súper poderoso, capaz de generar un campo magnético de protección. “¡Paren que se van a lastimar!”, se escucha decir a la maestra, y el juego se disuelve, la amazona vuelve a ser la nena de tercero, el casco pierde su poder magnético. En su libro El juego y la clase (Noveduc, 2011) Daniel Brailovsky dedica un capítulo entero a definir y analizar un juego característico del patio de la escuela: el juego de la lucha, tan propio de los chicos que el adulto solo puede intervenir para prohibirlo. Un juego que escapa a toda lógica y didáctica escolar, que atraviesa generaciones y sugiere la misma pregunta a los mayores: ¿es violencia de verdad o una reproducción de los guerreros televisivos? Ni una cosa, ni la otra, dice Brailovsky. Y defiende a capa y espada una hipótesis que revaloriza la lucha del patio.

¿Se puede discernir –antes de que corra sangre– cuándo la escena de lucha responde a un juego y cuando hay violencia de verdad?

La distancia que separa el juego de lucha de la pelea real es bien nítida para los chicos. En el juego hay un guión, hay una ficción que reúne a los jugadores en una historia que, mientras juegan, van contando y viviendo. Ellos dan sentido de juego a lo que están haciendo. La apariencia violenta puede confundir a los adultos. Y la creencia de que los chicos “están peleando” no es la única distorsión que aparece en ese sentido. También suele creerse que, como los chicos juegan en base a (o “a partir de”) guiones televisivos, se trata de un juego alienado o subordinado a tramas que coartan su imaginación. Pero mucho de esto es completamente falso. Al observar a los chicos jugar a la lucha aparecen algunos rasgos sugerentes que contradicen estas hipótesis adultas. Aunque los chicos digan “jugamos a Ben 10”, después inventan argumentos completamente independientes de las series que ven en la televisión. Los personajes suelen llamarse del mismo modo, pero desarrollan capacidades, poderes y destrezas diferentes, creadas por ellos a partir del escenario y los objetos de que disponen. A estos personajes aguerridos, valientes, justos, vengadores con los malos y héroes con los buenos, me gusta llamarlos warriors. Y estos warriors pueden ser también totalmente independientes de cualquier guión televisivo o cinematográfico, y hasta de cualquier guión en absoluto, y presentarse como juegos puramente motores de enfrentamiento gozoso. Desde que existen niños y existen juegos, los chicos pasaron por ser vaqueros, astronautas, guerreros de capa y espada. En fin: los warriors son mucho más viejos que la tele. Pero en relación específicamente a la confusión entre juego y pelea de veras, diría que la persecución, el apilamiento, el arrastre de los cuerpos y todo el tironeo de objetos que acompaña a este juego viene acompañado también de un disfrute evidente, que es difícil interpretar como “violencia”. Hay bordes peligrosos, claro, podría convertirse en pelea, pero eso puede pasar también con un juego de tablero.

Siempre que hablamos de warriors nos referimos a juegos de lucha física. ¿Puede haber juegos de lucha verbal? (Pienso en esas discusiones súper dialécticas, muy propias de las nenas, donde prima el quedarse con la última palabra). De alguna manera, también se trata de probar una técnica, una escena de lucha. Pero, ¿cómo detectar una agresividad no conveniente, extra limitada?

Es una pregunta interesante, porque justamente el juego de lucha puede verse, de alguna manera, como una metáfora de la capacidad de debate intelectual. Los libros que analizan al juego siempre destacan que existen algunos rasgos de lo lúdico que favorecen el aprendizaje genuino y el desarrollo sano de los chicos: la libre elección o aceptación de la actividad y sus reglas, la existencia de un clima de diversión, algún grado y tipo de competencia y cooperación entre los participantes, la presencia de desafíos y conflictos, la construcción imaginativa de personajes, escenarios, guiones, entre muchas otras cosas. Todos estos rasgos están presentes en los juegos de lucha y contienen el mensaje de que se puede estar en un espacio de contienda con otro, pero dentro de ciertos límites que permiten que la situación sea fructífera en algún sentido. Es lo mismo que sucede en un debate de ideas, en una contienda verbal. Por eso podría decirse que este juego está en el germen de la capacidad de sostener diferencias sin desbordarse, dentro de unas reglas de juego precisas.

¿El adulto queda siempre excluido del juego o existe algún aprovechamiento escolar o didáctico del mundo del warrior?

Es una suerte que los adultos no hayan invadido este tipo de juego para cooptarlo como “juego educativo”. Gracias a eso, el mundo del warrior sigue funcionando como espacio lúdico bajo la exclusiva y auténtica potestad de los chicos, exento de toda intervención adulta. Creo que este tipo de juego expresa en forma genuina una perspectiva infantil de la experiencia escolar, ya que lo juegan muchísimo en el patio. Graciela Scheines ha analizado esta perspectiva en su bellísimo libro Juegos inocentes, juegos terribles (Eudeba, 1998).

¿Existen otras formas de intervención del adulto que no cambien la esencia del juego?

Hay diferentes formas en las que el juego es “educativo”. Jugar, enseñar y aprender son tres cosas bien diferentes, pero que felizmente, pueden juntarse. Se puede enseñar jugando y se puede aprender jugando, pero esto depende mucho del modo en que los docentes lo decidan incluir. Se pueden enseñar ciertos saberes proponiendo a los chicos que jueguen (el sistema numérico de los dados, por ejemplo), este es un recurso válido en el que se aprovecha que el juego necesita una destreza para que pueda jugarse. Otra cosa distinta es enseñar a los chicos a jugar un juego, que es nuevo para ellos y que el docente cree que tiene un valor “cultural”. O que luego será usado en el primer sentido, como vehículo de saberes y destrezas. Yo creo que el juego de lucha no está en ninguna de esas dos categorías, sino en otra distinta: los adultos podemos saber que los chicos aprenden mucho mientras juegan, mientras improvisan y enseñan a otros niños los juegos que les gustan, mientras hacen de mamás y papás, de villanos y héroes... El valor “educativo” de estos juegos es tal vez simplemente algo que debemos reconocer y resguardar: es bueno que jueguen. No impedirlo. No pretender controlarlo todo el tiempo. Mirarlos jugar, simplemente, y aprender algo sobre ellos y de ellos.

Los guerreros valientes que cuidan el honor y la justicia son muy diferentes a los villanos que quieren exterminar al otro. Se trata de la moral de los warriors… ¿Cuál es el valor de estos guerreros villanos? ¿Es válido su aporte al juego?

¡Claro! Sería ingenuo creer que los chicos aprenden a ser buenos desempeñando personajes buenos en el juego, o viceversa. Los villanos forman parte de una dinámica compleja y abierta en la que se transitan ciertos principios morales… Y del mismo modo, los chicos definitivamente no “aprenden a ser violentos” porque en sus juegos aparezca alguna dosis de crueldad o de agresión. Casi que podría sostenerse lo contrario.

En un artículo usted dice que los adultos desdeñan y censuran el juego de warriors, que es el juego del honor y la gloria. Y que por algo será… ¿por qué será?

Y el “por qué será” con que ironizo en esa nota a la que te referís tiene que ver con el lugar de la libertad en la experiencia infantil. Es un tema difícil para los adultos, nos cuesta mucho procesar y comprender los espacios de libertad que los chicos reclaman y logran construir en la escuela, ya que el espacio educativo se erige sobre la premisa de “formar”, de “reglar”, de socializar… que es, constitutivamente, una construcción de libertades diferentes de las libertades espontáneas que los chicos transitan desde la propia experiencia en el día a día. Paradójicamente, la autonomía trascendente que ofrece la experiencia educativa demanda algún grado de renuncia por parte de los chicos a sus itinerarios sociales. Creo que en este tipo de juegos hay una grieta que nos permite entender, dejar crecer y expresarse a toda esa energía.

 

 



PLANETA BRAILOVSKY
Daniel Brailovsky es maestro de Nivel Inicial, doctor en Educación y profesor de Educación Musical. Además, está a cargo del seguimiento de las tesis de maestría del Área de Educación en la Universidad Torcuato Di Tella e investiga en el área de Pedagogía y Cultura Escolar. También es maestro de maestros en ámbitos más heterodoxos, entre ellos, la Escuela Argentina de Tango, donde ayuda a los bailarines/profesores a imaginar para sus clases recursos creativos basados en principios didácticos. Es autor de La didáctica en Crisis (Novedades Educativas, 2001), Dolor de Escuela (Prometeo, 2006), Interés, motivación, deseo. La pedagogía que mira al alumno (Novedades Educativas, 2007) y Sentidos perdidos de la experiencia escolar (Novedades Educativas, 2008), entre otros títulos.

 

 

 


 

BRAILOVSKY DIXIT

“El juego de lucha presenta una serie de rasgos a los que vale la pena prestar atención. Sigo comentarios de una investigación de Ortega Ortiz que analiza cómo este tipo de juego es, en primer lugar, la forma de juego que con mayor frecuencia reúne a adultos y a niños. Padres e hijos pequeños, de hecho, juegan a luchar y a dominarse en forma cariñosa más que a cualquier otra cosa. En este tipo de encuentro, la fuerza del adulto ofrece un desafío al niño pero a la vez lo protege y lo contiene. Es un modo de jugar en el que se demanda medir el poder y la fuerza propios y a valorar la importancia de la negociación. La ‘sumisión operativa' o el ‘escape necesario', son interesantes analizadores del juego de los chicos en el recreo. Esta sumisión operativa del derrotado, en una puesta en escena dramática de la derrota que al estetizarla, la acepta. El juego de los warriors es ocasión de aprender a luchar con honor por la justicia, y a tomar posición en la batalla eterna entre el bien y el mal”.

Daniel Brailovsky, “Warriors, juegos de lucha” en Revista La Tía Nº 6 (Agosto 2010, Rosario). Más info: www.revistalatia.com.ar


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