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01-12-2009 |

Cultura - Madres y Padres

Recicladores de ilusiones

En Lanús hay un centro de jubilados convertido en una fábrica de sueños. Allí, un grupo de abuelas y abuelos se dedican a reparar juguetes usados –también sabanitas y ropa- hasta dejarlos como nuevos. Se llaman "Abuelos del corazón" y definen su tarea con una palabra: solidaridad.

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por Fernanda Martell


Hace unos 14 años, Ricardo Scribano –recién recuperado de un infarto- entraba al Centro de Jubilados y Pensionados General Madariaga con una propuesta: reciclar juguetes usados para regalarle a los chicos que más los necesitaban. “Irma –dijo, dirigiéndose a una de las abuelas- ¿vos te animás a reciclar esta muñeca?” “¿Qué es reciclar?”, preguntó Irma, asombrada. “Y… ponerla linda”, respondió Ricardo.


La propuesta sorprendió a los jubilados y, según cuentan más de una década después, la primera respuesta fue negativa. “Yo no quería saber nada”, asegura Fina, quien hoy dirige el sector de costura y da clases de corte y confección. “No nos teníamos confianza”, explica Lidia. “Nos preguntábamos de dónde íbamos a sacar las cosas, quién nos iba a dar la ropa, quién los juguetes. Nosotros éramos un centro de jubilados común, paseábamos, hacíamos las fiestitas de cumpleaños…”


Sin embargo, se animaron. Comenzaron reciclando los juguetes que habían pertenecido a sus propios nietos, a los de sus vecinos y familiares. Y luego, a medida que el proyecto fue haciéndose conocer -primero en el barrio, luego en la comunidad toda- se sumaron donaciones de todas partes.
Hoy ni siquiera llevan la cuenta de cuántos juguetes han entregado, pero saben que son muchísimos. En hospitales, en comedores comunitarios, en escuelas y en hogares. En los lugares más cercanos y en los más lejanos (viajes al Litoral y visita a escuelitas rurales de Misiones incluidos). Y tienen tantos “nietos del corazón” que les sería imposible nombrarlos a todos.


El abuelo Ricardo ya no está, pero este grupo de jubilados continúa con la tarea por él iniciada. Hoy es Lidia, quien fue la esposa de Ricardo, la que encabeza el proyecto: “querer es poder”, asegura. A lo largo de los años, ganaron aquella confianza que les faltaba y adquirieron una experiencia tal que ya son expertos recicladores. Vencidas las primeras resistencias, Fina no falta por nada del mundo. Cuenta que cuando en su casa le preguntan si va al club, contesta que sí y rápidamente dice chau. “¡Y que no se ponga nadie adelante!”, ríe.

La fábrica de sueños


En una callecita de Lanús, parecida a cualquier otra, se ubica el Centro de Jubilados y Pensionados General Madariaga. Pero este “club” no se parece a ningún otro. Sobre la fachada, una inscripción –“nuestro sueño”- anuncia que en el interior sucede algo grande.


Una mañanita de primavera, las abuelas le abren las puertas a Planetario para mostrar cómo es que ese sueño se hace realidad. Lidia es quien se encarga de la “visita guiada” por este verdadero centro productivo.


Todo está cuidadosamente organizado. A la derecha, se encuentra el “sector de costura”, donde Fina, Valentina y otras abuelas hacen maravillas para que las sábanas y la ropa que llegan a través de las donaciones queden “como nuevas”. Puntillas y apliques estratégicamente ubicados disimulan los bordes gastados. Y agrupan en bolsitas los elementos de los ajuares que se entregan a las mamás en las visitas a las salas de neonatología de los hospitales públicos.


Porque no sólo juguetes reciclan los Abuelos del Corazón. “Cuando íbamos a un hospital a dar juguetes veíamos que la ropita de los chicos estaba toda rota”, cuenta Lidia. “Todo esto -agrega, señalando una pila de paquetes con ropa- va a ir al Hospital Meléndez (Adrogué). Ahí vamos el lunes. Estas son las frazaditas y las sabanitas para neonatología y estos son los ajuares que se les entregan a las mamás.”


El largo pasillo está lleno de objetos que aguardan ser reparados. Lidia se mueve entre cajas y bolsas, señalando unas y otras: “Acá es todo ropa de chicos, lavada. Estos son chalecos que hace Nélida con pedacitos de lana. Estos son los peluches que ya están lavados. Esta muñeca, por ejemplo, ya está limpia pero la cabeza… ¿Ves? Hay que abrirla, ponerle guata. Las zapatillas las lavamos, les ponemos los cordones, si están despegadas las pegamos. Hacemos todo un trabajo, porque no se puede entregar un zapato roto o sucio. Y estos son los juguetes limpitos, ya listos para embolsar.”


Las abuelas se toman muy en serio el trabajo que hacen: sean juguetes, ropas o zapatos, “cuando se entregan, se entregan impecables”, afirma Lidia. Se trata, explica, de una cuestión de respeto hacia el otro.


Así se llega al “sector juguetes”. Sobre una larga mesa, la abuela Clarita arregla el vestido de una muñeca y Margarita rellena a un enorme oso panda. Teresita va y viene, preparando la comida. La televisión está encendida. “Lo importante es que acá estamos en familia, este es nuestro segundo hogar. Acá no se vende nada, no tenemos sueldo. Acá no se marca tarjeta, se entra y se sale cuando una quiere. Cada una hace lo que le gusta y nos complementamos mucho entre nosotras”.

Abuelos en acción


Estos Abuelos del Corazón tienen entre 60 y “ochenta y pico” de años. El grupo está integrado, en su mayoría, por mujeres que se reúnen todos los martes y viernes de 10 a 17 hs. La cantidad de abuelas ha variado con los años y calculan que actualmente son alrededor de 15. Algunas se quedan todo el día, mientras que otras asisten sólo por la mañana o por la tarde.


Hay dos hombres en el grupo: el abuelo Lindoro y el abuelo Hugo. Este último hace cochecitos de madera, mientras que el primero arregla las planchas y otros elementos eléctricos necesarios para el trabajo del grupo. A diferencia de las abuelas, raramente se dejan ver. Trabajan desde sus casas ya que, según explican, en el club “hay muchas mujeres”.


La labor se intercala con los mates, las risas, las historias y los consejos. A la hora de tomar decisiones, “cada una opina y, lo que sea más correcto, es lo que hacemos”, señala Lidia. Las tareas se realizan con esa combinación de amor, paciencia y destreza de la que sólo una abuela es capaz. A las muñecas se las peina, se les hacen vestiditos, a los peluches se les ponen moños nuevos, se recrean las piezas faltantes de algún juego de mesa. “Hay que ser ingenioso”, enfatiza Lidia.


“Cada cosa lleva su proceso. Un juguete grande no entra en el lavarropas, entonces hay que abrirlo, sacarle la guata, lavarlo, secarlo y después se vuelve a rellenar”. Proceso que fueron aprendiendo con los años, guiadas por el entusiasmo autodidacta del abuelo Ricardo. De a poco, a través de donaciones, fueron consiguiendo los elementos que necesitaban. Porque en los comienzos del proyecto, cada uno se llevaba a la casa cosas para lavar o coser, ya que no contaban con lavarropas, ni secarropas, ni máquinas de costura.


“Mantenemos el mismo sistema de siempre, como si estuviera mi marido presente”, cuenta Lidia. “Y esto es un poco también una terapia. No hay ningún centro de jubilados que haga algo así, yo siempre digo que ojalá la mitad de los centros de jubilados, aunque sea un día en la semana, se reunieran para hacer algo”.

Los nietos del corazón


Una vez que los primeros juguetes estuvieron listos, los abuelos supieron que era momento de llegar a aquellos chicos para los cuales habían trabajado tanto. La primera visita fue al Hospital Garrahan. “Fuimos a oncología y lo que vimos el primer día nos rompió el corazón, después nos fuimos acostumbrando”, relatan.


Desde entonces, no pararon. “Fuimos también a otros hospitales, en Lanús, en Florencio Varela. Recorrimos casi todo el país, fuimos a Chivilcoy, a Santa Fe, a Paraná, a Gualeguaychú, hasta Misiones, a dos escuelas rurales”. En el año 2000 contabilizaron unos 35.000 juguetes reciclados y entregados. Pero hace rato que perdieron la cuenta de cuántos se sumaron.


Los abuelos tienen una larga lista de lugares a los que ir a llevar juguetes y ropa, junto a un puñado de alegría y cariño. Hospitales, comedores comunitarios (en González Catán, en El Jagüel, en Lomas de Zamora, en Hurlingham, entre otros lugares), y escuelas públicas, entre ellas muy especialmente la N° 54 y la 33 de Monte Chingolo.


Cada juguete, una vez terminado el proceso de reciclaje, se clasifica por edades. “Está todo organizado”, aclara Lidia, por si a esta altura aún quedaba alguna duda. “Se embolsan los juguetes para bebés, para nenes o nenas de 3 a 4 años, de 5 a 7… porque a un chico de 12 años no le podés dar un autito, le tenés que dar un libro”. “¡Y les da una alegría cuando les damos un libro!” bromea Teresita.


Al encuentro con los chicos lo califican como “hermoso”. “Es lo mejor que nos pasa, lo más lindo de todo esto, ¿no?”, pregunta Lidia. Todas las abuelas asienten, amplias sonrisas en sus rostros. “Los chicos nos dicen abuela”, “nos abrazan”, “nos dan cartitas”, “dibujitos”, enumeran. “Nosotros tenemos nietos del corazón. Y cuántos.”


“Cuando vamos a González Catán vienen corriendo al micro, nos agarran de la mano y nos dicen ‘no se caigan, abuelas’. Y el beso… ¿eso sabés como te vuelve a la vida? Es como cuando tenías los nietos chiquitos. Es como un volver a empezar”.


Porque los Abuelos del Corazón desmienten, con su ejemplo, la idea de que, a cierta edad, las personas no tienen nada más que aportar. “Rememorar todo lo que hicimos, todo lo que pasamos en estos años, es muy lindo”, asegura Lidia. “Y por delante queda muchísimo”, agrega, dejando en claro que nada hay más ajeno a este grupo de abuelos que la resignación.

 


Más info: Abuelos del Corazón. Bolaños 1735, Lanús Este. 4247-0746.
Los abuelos reciben donaciones los martes y viernes de 10 a 17 hs.

 

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