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01-05-2008 |

Cultura - Madres y Padres

Que los cumplas feliz

En Buenos Aires, basta decir la palabra mágica “cumpleaños” para que el mercado abra un abanico de opciones de todo tipo. ¿La súper producción de los cumpleaños infantiles es un fenómeno impuesto por el mercado o existe en la sociedad la creciente necesidad de homenajear a los chicos? ¿Culto a la infancia o fenómeno de consumo?

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Por Gabriela Baby

 

Desde hace unos años festejar el cumpleaños de un chico en edad escolar es toda una odisea para los padres. La cantidad de propuestas de salones, animaciones, souvenires y accesorios es abrumadora. Lo que anteriormente se solucionaba invitando a familiares y vecinos a una reunión en la propia casa, en la que se ponía en juego la creatividad de los adultos para organizar alguna actividad compartida, se fue profesionalizando al punto de que todo (desde la animación hasta el menú) es organizado por terceros.


El ingenio pasa ahora por saber elegir la propuesta adecuada entre tanta oferta. Desde peloteros que expanden túneles por las alturas hasta salones decorados con globos casi barrocos de tan ornamentados, pasando por todo tipo de animaciones y shows, poco queda por inventarse en materia de entretenimiento antes de soplar las velitas. Y sin embargo hay más: fiestas temáticas (musicales, teatrales, científicas, artísticas o acuáticas), maquilladoras, disfraces y hasta especialistas en piñatas.


A la vez, con mayor o menor producción, quienes festejan sus cumpleaños en los salones y peloteros de cada barrio porteño siguen un rito impuesto por la misma práctica que supone una fórmula bastante prefijada. Este ritual, resumido a su mínima expresión, podría definirse en una serie de pasos a seguir: primero, juego libre; luego, show o juego organizado por un animador; más tarde, un momento para comer (menú fijo de papas fritas y panchitos); luego otro rato de juego o baile (dependiendo de la edad de los chicos) y finalmente torta y piñata.


Porque, con más detalles o ciertas innovaciones que condimentan el festejo, cada cumpleaños es una serie de actividades organizadas que se han ido estandarizando e industrializando con el correr del tiempo. ¿No será demasiado esquemático para ser un día tan personal? ¿Dónde queda el deseo legítimo y genuino de la familia, y del chico, acerca de la manera de festejar su aniversario? Miradas y opiniones para renovar el aire antes de soplar las velitas.

 

Rito de pasaje


Las preguntas suscitan más preguntas. Y todos los cuestionamientos llevan inexorablemente a cuestionarse por el origen: ¿Qué se festeja cuando se festeja un cumpleaños? La antropóloga social Carolina Hecht, que en épocas de estudiante trabajó como animadora de cumpleaños infantiles y hoy cursa su doctorado con beca del Conicet, define: “En una fiesta de cumpleaños se festeja un cambio de etapa. Y un cambio de etapa supone una nueva valorización de la persona que protagoniza el evento y la asignación de un nuevo rol social. En ese sentido, se puede ver en la fiesta de cumpleaños algo similar a un ‘rito de pasaje’ para nuestra sociedad”.


Las fiestas personales son hitos o eventos que marcan la vida de una persona: le ponen su señal para hacer una referencia, indicar el fin de una etapa, un pliegue o un viraje hacia un nuevo rumbo. Así los casamientos y hasta los funerales.


Entonces, como un ritual que marca un antes y un después, el festejo del cumpleaños es una ceremonia que indica que el homenajeado inaugura un nuevo estatus social. Y en todos los casos, al igual que los casamientos o los bautismos, el festejo del cumpleaños tiene ciertas fórmulas que se repiten.


En nuestros días y en este lugar del mundo la fórmula del cumpleaños infantil –con torta y velitas incluidas- ha sumado nuevos artilugios que empiezan a ser obligatorios. Entonces, el rito de pasaje genuinamente establecido pasa a ser un fenómeno de consumo.

 

 

El mercado propone


Los dueños de salones y peloteros describen su punto de vista sobre el fenómeno: “El rubro fiestas infantiles es nuevo como actividad laboral: se impuso fuertemente hace unos 10 años”, arriesga Mario Jaidar, presidente de CASAFEI (Cámara de Salones de Fiestas y Eventos Infantiles) y comenta: “Antes se hacían algunas pocas fiestas infantiles en salones de adultos. Hasta que esos mismos espacios empezaron a ser utilizados durante el tiempo que tenían ocioso, es decir, los días de semana y a toda hora. Así comenzó a crecer el mercado de las fiestas infantiles”, relata Jaidar.


CASAFEI registra alrededor de 1000 salones dedicados a cumpleaños infantiles, aunque el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires reconoce sólo 400. Entre una y otra cifra hay un bache de habilitaciones pendientes y un reclamo de parte de los empresarios del sector: “No existe una ley que regule el rubro ‘salones de fiestas infantiles’. Y esto suscita diversos problemas al momento de contratar personal o habilitar un local”, declara Jaidar.


Con apenas 50 asociados, la cámara que nuclea a los salones de fiestas infantiles es un movimiento incipiente que aspira a crecer como organización y dar no sólo regulación al sector sino también profesionalismo. “Queremos hacer una escuela para preparar a los animadores, porque esto se ha convertido en una salida laboral de gran crecimiento. Es necesario capacitarlos para que cuenten con recursos didácticos, creativos y divertidos”, cuenta Jaidar.


Sobre el crecimiento exponencial del mercado, el empresario describe su particular visión: “Los chicos son sencillos e inocentes. La gran producción que hay alrededor de cada festejo -desde la ropa, el catering y los juegos- se debe a esa magia de los chicos pero generado en gran parte por la competencia que viven los adultos. Son los padres los que quieren mostrar y ver quién hizo la mejor fiesta. Porque los adultos están inmersos en esta sociedad de consumo que de alguna manera los incita a incrementar, justamente, el consumo”.

 

 

Crecer en la sociedad de consumo


La antropóloga Hecht tiene también su mirada sobre el fenómeno. “En nuestra sociedad podemos ver a los niños y niñas transcurriendo una etapa particular, aislada en cierta medida del mundo de los adultos. Podríamos decir que mientras el niño ‘espera’ para ‘salir afuera’, a la vida adulta, transcurre su tiempo que es el ‘tiempo de jugar’. Y esta definición de la niñez no es trivial a la hora de entender las implicaciones que tiene el mercado en torno a los chicos, en general, y alrededor de las fiestas infantiles, en particular. Porque para jugar, la sociedad de consumo ofrece justamente objetos de consumo. Y coloca a los niños en posición de consumidores”, señala Hecht.


Es en este punto del adentro y del afuera donde se puede empezar a pensar las causas de la elección por parte de los padres de armar (¿comprar?) este tipo de cumpleaños. “Este auge de los festejos muy producidos en sectores medios y medios-altos de las grandes ciudades -continúa la antropóloga- es atribuible a diversas variables. Por un lado, se puede pensar en la paranoia por la seguridad que se vive en Buenos Aires. Entonces, el salón ofrece un espacio cerrado en donde se está protegido del afuera. Estos lugares ofrecen la posibilidad de ‘abrir la puerta’, es decir, jugar a ser anfitrión frente a los amigos pero sin realmente ‘abrir’ el hogar”, agrega la antropóloga.


La ciudad se ha vuelto hostil para los chicos: ya no hay juegos en la vereda ni cumpleaños en las plazas. Pero esta hostilidad urbana no es el único motivo del repliegue al pelotero. Hecht continúa: “Por otro lado, podemos ver cada vez más una hiper-especialización en todas las funciones de la vida cotidiana. Desde la salud hasta la preparación física, desde los juegos a las comidas, estamos en presencia de un incremento de ofertas privadas que se dan a sí mismas origen, legitimación y una rápida consolidación. De este modo, los festejos de cumpleaños han crecido y se han especializado hasta implicar este boom de las animaciones y los salones”.


Padres y madres lo viven a diario: los chicos nacidos en el siglo XXI son consumidores natos de la avasallante oferta de juguetes y entretenimientos que provee la industria de la diversión. Y este panorama trae nuevas preguntas: ¿Serán capaces de divertirse sin todos esos objetos? ¿Podrán inventar nuevos juegos con sus propias reglas? Y en materia de cumpleaños: ¿Dónde quedó el festejo doméstico animado por juegos improvisados de una madre o un tío y con la firma de lo casero?


La ecuación no es sencilla. Porque además, en el contexto de la sociedad de consumo, los padres de estos niños enfrentan una realidad indiscutible: cada vez tienen más obligaciones ligadas al trabajo. Entonces, queda poco tiempo para idear y armar los cumpleaños de sus hijos. Así lo explica la investigadora del Conicet: “Otra causa del auge de los salones y todos sus extras es que, ante la falta de tiempo, los adultos ven como muy tentadores estos espacios que ofrecen todo el servicio organizado”. El salón infantil, la animadora y el servicio de lunch resuelven lo que antes hacían madres, padres y abuelas.


Entre la presión de un medio que impulsa a sumar cada vez más ítems a las fiestas y la ilusión de los chicos, el adulto que organiza un cumpleaños deberá agudizar su astucia para no caer rendido (y económicamente quebrado) ante la enorme oferta del mercado.


Y sobre todo, deberá afinar el oído para poder escuchar el deseo genuino y dar con el perfil de festejo que se acerque más a las expectativas de sus hijos. Un recorrido que exige atención y paciencia. Para que sea un festejo personal y a pleno. Y feliz, claro.

 

 

Se dice que…


Aunque no se sabe a ciencia cierta cuál es el origen de la torta, las velas, los regalos y los tres deseos, circulan varias leyendas que tratan de explicar el origen de estos rituales.


El festejo. Los aniversarios como fecha de celebración del nacimiento estaban reservados en la Edad Antigua a las personalidades. Fueron notables las fastuosas fiestas organizadas por Cleopatra para celebrar el cumpleaños de Marco Antonio en el siglo I. En Egipto y Babilonia se celebraba el cumpleaños de los varones de la realeza, pero era tabú celebrar el de niños y mujeres. Y en Grecia se celebraba tan solo el del cabeza de familia.


Con amigos y parientes. Cuenta la leyenda que en la antigüedad se creía que el día del aniversario del nacimiento era un momento en que los espíritus malignos podían hacer daño a la persona que cumplía años. Porque justamente ese día había cambiado el destino de esa persona: había nacido. La única manera de mantener los espíritus malignos alejados era rodeándose de amigos y familiares.


Los regalos y los deseos. Los presentes y los buenos deseos también echaban lejos a los espíritus malos. Los cánticos y aplausos tienen la misión de ahuyentar a las malas ánimas que pudiesen merodear atraídas por la celebración.


Las velitas. La costumbre de encender las velas tiene su origen en el cristianismo. Los practicantes de la religión católica encienden velas para enviar su señal a Dios y sus pedidos o deseos. Cuando se soplan las velas de la torta, se envía una señal y un mensaje al cielo.

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