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31-07-2016 |

Crianza - Madres y Padres

Parar la pelota y repensar la crianza

Durante el período que va desde los 6 y hasta los 11 años los chicos ya tienen sus rutinas adquiridas y no demandan de la misma manera que cuando eran bebés de pañales, chupetes y berrinches. Sin embargo, para la psicóloga Maritchu Seitún, todavía es necesario reforzar algunas ideas e instalar hábitos. De esos que quedan para toda la vida.

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Por Gabriela Baby

 

La mayoría de las madres y los padres, cuando sus hijos entran a la escuela primaria suelen decir: “ya es grande” y se relajan de las tensiones de la primera infancia. En esta etapa, que la psicología define como latencia, muchos dicen que no pasa nada. Y sin embargo, pasan muchas cosas. Así, al menos, lo entiende la psicóloga Maritchu Seitún, autora de Latentes. Crianza entre los 6 y los 11 años (Grijalbo), para quien esta temporada tranquila es el momento ideal para conversar con los hijos sobre temas clave: hábitos, límites, disciplina, valores, cuidado del cuerpo y responsabilidad personal, entre otros. “Se trata de trabajar algunos conceptos e ideas para que los incorporen a su capital interno y los sostengan cuando, en la adolescencia, sus ideas y teorías infantiles comiencen a tambalear”, dice la especialista.

 

En su libro propone trabajar durante la latencia sobre los hábitos, pero los pediatras dan indicaciones tendientes a formar rutinas desde la primera infancia. ¿Cuál sería el trabajo en esta etapa?


Es verdad que un chico a los 6 años ya adquirió algunos hábitos, pero puede que no tenga fortaleza suficiente para sostenerlos. Por ejemplo, sabe que se tiene que acostar a las nueve pero está con el Ipad hasta las doce. Sabe que tiene que lavarse los dientes, pero le da fiaca. O que se tiene que bañar, que tiene que comer sano, pero no quiere hacerlo. Ahí es donde debemos estar presentes como padres, para que entiendan el valor y la responsabilidad de sostener esos hábitos.

 

También se refiere a ciertas costumbres que habría que evitar… ¿cómo hacer para que internalicen que algunos hábitos son malos?


Lo que me interesa es alertar a los papás de que la latencia es una etapa muy rica para fortalecer y reforzar buenos hábitos. Porque después, durante la adolescencia, se hace muy difícil: los chicos ponen resistencia, dicen que los padres no entendemos nada, que ahora las cosas son de otra manera, etc.

Pero a esta edad, el valor de algunas cuestiones se transmite. Por ejemplo, las pantallas nos ocupan mucho el tiempo libre: todo el tiempo están con la compu y por eso interactúan muy poco entre ellos. Tenemos que enseñarles el valor de estar con otros y de divertirse con otros. También tenemos que enseñarles y transmitirles –a través de nuestra propia práctica– el valor de la cooperación, porque los chicos se la pasan compitiendo… demasiado pronto dejan de jugar, de hacer la casita en el árbol, o inventar algo porque están en lo competitivo.

 

Ocurre que la sociedad donde se mueven los adultos es altamente competitiva…


Absolutamente. Y la competencia arranca desde bien chicos, cuando la mamá le dice “apurate, comé rápido como tu hermano” o “por qué no serás ordenado como tu hermana mayor”: ahí los estamos poniendo a competir, sin querer. Por eso debemos estar atentos. Otra cosa que tenemos que enseñarles es a valorar y a manejar el dinero. Porque los chicos no tienen ni idea del valor de las cosas. Y además, con la prevalencia de las tarjetas de crédito, ni siquiera ven mucho el dinero… pero es importante que lleguen a la adolescencia sabiendo ahorrar, sabiendo manejar el dinero. No está bueno para ellos que papá y mamá sean canilla libre.

 

Con respecto a esto también podemos señalar que los adultos estamos inmersos en una sociedad de consumo, que incita todo el tiempo a gastar. ¿Cómo aislarse?


Hay que hacer una mirada crítica de lo que la sociedad nos ofrece como piedritas de colores. Y la latencia es una muy linda etapa porque nos escuchan, creen y confían en nosotros. Y como vivimos en una sociedad de consumo, lo que propongo es un poco a contracorriente. Es decir, quiero darles otra oportunidad a los padres para pensar distinto y abrirles los ojos. Por eso puse la parábola de la rana al principio del libro: esa rana que la ponés en agua fría y está bien, pero a medida que se calienta el agua se acomoda a la situación y se sigue acomodando mientras sube la temperatura del agua, hasta que comienza a quemarse pero ya no puede saltar porque está atontada. Eso hace la sociedad de consumo con nosotros: nos va torciendo la cabeza de a poquito hasta que no nos damos cuenta y terminamos haciendo todo al revés de lo que pensábamos. Entonces, hay que parar la pelota y pensar si estamos haciendo lo que queremos o lo que el ambiente, los amigos, la moda o lo que fuera nos empuja a hacer con nuestros hijos.

 

Muchas prácticas de esta época generan una fuerte presencia de los padres en las cosas de los chicos. Madres muy al tanto de las tareas escolares, por ejemplo. ¿Les estamos enseñando a ser más responsables de esta manera?


Esas madres que están tan pendientes de las tareas de sus hijos están criando chicos que no sabrán asumir sus propias responsabilidades, que no van a saber resolver problemas y que no van a tener fortaleza para aguantar fracasos. Ellas “ayudan” a sus hijos desde este lugar de “quiero que mi nena se luzca con una buena nota” o “no quiero que mi nena sufra”, pero se trata de una sobreprotección y la sobreprotección debilita, no fortalece.

 

¿Hay alguna explicación a estas conductas sobreprotectoras actuales?


Esto no empezó ahora, sino que empezó hace 50 o 60 años, pero hoy se nota mucho. Yo creo que formamos parte de una sociedad que no quiere sufrir, que sólo quiere el placer. Y este es un tema para trabajar con los chicos. Se trata de que los adultos tengamos una conducta diferente y acompañemos a los chicos en sus esfuerzos, en sus frustraciones y en el tesón que hay que poner para asumir el dolor cuando crecen.

 

A su vez los padres y las madres de clase media están muy ocupados con su trabajo para poder estar con sus hijos…


Es un círculo vicioso: trabajo mucho para poder pagar todo el circo que yo mismo inventé. Como no tengo tiempo de cocinar con mi hija, la mando a la clase de cocina. Y como no encuentro un momento para jugar con el nene, lo mando a fútbol o tenis. Y les hago regalos: en lugar de presencia, le doy presentes… Pero no es lo mismo la presencia de mamá que un regalito que me trae mamá cuando llega. Son cosas distintas. Entonces, me parece que sería mejor decir: “bajo cinco cambios, vivo una vida más tranquila… gano menos pero estoy más disponible para mis hijos".

 

Más que educar a los chicos parece que habría que educar a los padres…


Se trata de ponerse a pensar, abrir los ojos de los padres para que tomen conciencia de que la sociedad de consumo se los llevó puestos. Y que ellos tienen derecho a revisar si están de acuerdo, si quieren vivir así o si quieren hacerlo de otra manera. No me parece que críen mal: hacen lo que la sociedad les va imponiendo. Entonces, revisen, muchachos: fijense si están seguros de que esto es lo que quieren.

 

 


 

PLANETA MARITCHU

Su verdadero nombre es María Seitún de Chas, pero todos –pacientes incluidos –le dicen Maritchu. Es Licenciada en Psicología y trabaja en orientación a padres. Anteriormente también trabajó en terapia individual con niños y adolescentes. Integra y coordina los equipos de Psicología de Niñez y Adolescencia del Centro Médico Domingo Savio, en San Isidro. Organiza talleres de lectura y reflexión para madres, y de orientación a padres para profesionales. Da charlas en colegios y empresas. Escribe en La Nación y en otras publicaciones periódicas y es autora de Criar hijos confiados, motivados y seguros. Hacia una paternidad responsable y feliz (2011) y Capacitación emocional para la familia. Cómo entender y acompañar lo que sienten nuestros hijos (2013), ambos de Editorial Grijalbo. También escribió, en colaboración con su hija Sofía Chas, libros de cuentos para chicos: ¡Al doctor!, ¡Chau chupete!, ¡A la cama! y ¡Chau pañal! (Grijalbo).
Más info: www.maritchuseitunpsi.com

 


MARITCHU DIXIT

“Los años de latencia son ideales para disfrutar a nuestros chicos y hacer cosas juntos, porque es una temporada más bien de acción: cocinar con ellos, andar en bicicleta, ver series y películas, entretenerse con cartas y los juegos de mesa o en la computadora (…) Pasaremos momentos muy entretenidos, nos sentirmemos cerca unos de otros, podremos verlos en acción, notar sus debilidades y trabajarlas con ellos, y también descubrir sus fortalezas (…). A medida que nuestros hijos internalizan nuestro modelo y las conversaciones que tenemos acerca de los distintos temas de la vida y el crecimiento, vamos quedando dentro de ellos, no pueden borrar de su cabeza lo aprendido durante la infancia y la latencia. Pueden intentar distraerse, no hacer caso, actuar sin pensar, tratar de hacer justo lo contrario de lo que les enseñamos, pero dentro de ellos estará esa brújula que marca el norte, indefectiblemente. Colaborar con la instalación de esa brújula es fundamental para que no estén tan solos ni perdidos cuando empiecen a tomar distancia en la adolescencia”.

Seitún, Maritchu. Latentes. Crianza entre los 6 y los 11 años, Grijalbo, Buenos Aires, 2015.

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