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01-05-2010 |

Crianza - Madres y Padres

Mejor, hablar de ciertas cosas

Gustavo Schujman es licenciado en filosofía y se especializa en abordar temas “difíciles” para trabajarlos con los chicos: la muerte, la sexualidad, el desempleo. Ofrece herramientas a padres y docentes para que puedan reflexionar sobre estas cuestiones y dar contención, apoyo y palabras, a los chicos.

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Por Gabriela Baby


¿Y si pregunta a dónde se fue el abuelito? ¿Y si se cuestiona cómo vamos a hacer si papá no tiene plata? ¿Y si teme que no lo quieran ahora que llega el hermanito? El ritmo cardíaco se acelera, el niño amenaza con sus cuestionamientos. El padre recuerda los consejos y se dice a sí mismo: “Hay que dar respuesta pero no recargarlo de información; hay que mostrarse tranquilo, natural; pero, ¿qué pasa si no puedo responderle, si no encuentro palabras que iluminen la idea?”


La desesperación contenida ante la catarata de preguntas que brota de la boca de un niño es conocida por cualquier padre, madre o adulto que los frecuente. Se trata de preguntas cuya respuesta es compleja aún para los grandes. Porque, ¿se puede acaso terminar de entender y asimilar temas tan ásperos como la muerte, el desempleo o la violencia?


Gustavo Schujman, licenciado en filosofía y capacitador de directivos y maestros, se puso a pensar desde diversas perspectivas estos temas tan complejos. En la serie de libros “¿Cómo te explico…?”, de la Editorial Ediba, intenta aliviar a los adultos que son sorprendidos por la irrupción de pequeños preguntones.

¿Existen los “temas difíciles” para los chicos? ¿O son, en realidad, difíciles para los adultos?


Se dan las dos situaciones. Por un lado, hay temas difíciles para los niños que no lo son tanto para los adultos. Por ejemplo, un tema ligado a algún suceso político que sale en los diarios. En este caso, la dificultad consiste en encontrar las palabras o las comparaciones más adecuadas para que el chico comprenda ese hecho puntual.


Pero también hay temas que son ciertamente difíciles para los adultos. Problemáticas que, de un modo u otro, nos angustian porque tocan algo relativo a nuestra existencia. Por ejemplo, el tema de la muerte. La muerte -o el hecho de que somos mortales- es un tema difícil para cualquier ser humano, tenga la edad que tenga, porque nos enfrenta a nuestros propios límites y nos lleva a la pregunta por el sentido de nuestra vida.

¿Dónde reside, entonces, la dificultad de un tema (difícil)?


La dificultad reside en el desafío que implica para el adulto: cuando tiene que pensar el tema antes de ver el modo en que se lo transmitirá al niño. Por ejemplo, vuelvo al tema de la muerte, el padre, o la madre, o el maestro deberían preguntarse: ¿qué me pasa a mí con la muerte?; ¿cómo vivo y siento el hecho de que soy mortal?; ¿qué sentido tiene la muerte para mí en función de mis proyectos vitales?


No todos los temas difíciles tienen el mismo grado de dificultad: no es lo mismo tratar de dar cuenta de la muerte que hablar de la llegada de un hermanito, o el desempleo, o la separación de los padres. Pero, de alguna manera, todos interpelan al adulto: le exigen enfrentarse a ciertas preguntas y posicionarse ante ellas. Con respecto a la llegada del hermanito, por ejemplo, el adulto también debería poder preguntarse: ¿cómo he vivido yo la llegada de mi hermano?; ¿cómo lo habría vivido si me hubiera pasado?; ¿qué significa para mí la llegada de alguien a mi vida (en mi grupo de amigos o en mi lugar de trabajo)?; ¿siento amenazado mi propio lugar en el grupo?; ¿he sentido miedo alguna vez de perder el reconocimiento o el afecto de los otros?


El chico, cuando pregunta, pone al adulto frente a cuestiones complejas para él mismo.

¿Hay temas prohibidos para edades pequeñas? ¿Hasta qué punto es válida la frase: “cuando seas más grande lo vas a aprender”?


Si el niño formula una pregunta quiere decir que esa cuestión es significativa para él en ese momento, aunque se trate de un niño muy pequeño. Y si bien es cierto que hay temas que comprenderán mejor cuando sean más grandes, no es una buena opción del adulto postergar la cuestión para un futuro indeterminado. Porque, tal vez, más adelante ya no le importe encontrar una respuesta. El adulto tiene que ayudar al niño a pensar sobre ese tema, en ese momento. No necesariamente con el fin de hallar una solución, sino tal vez para pensar juntos y hablar sobre lo que preocupa al niño. A veces, el sólo hecho de escuchar las inquietudes del niño, y ayudarlo a pensar en voz alta, ya es un modo muy efectivo de atender a su requerimiento.

¿Cómo saber cuándo conviene explicar, o tratar de responder, y cuándo dar cuenta de la propia imposibilidad de abordar determinado tema?


Es cierto que no siempre se trata de dar información: hay temas que no se pueden explicar, o que no basta con una explicación. Por ejemplo, otra vez, el tema de la muerte. Se puede explicar la razón biológica de la muerte, pero no se puede explicar qué nos pasa con la muerte, qué sentimos frente a la muerte, qué sentido tiene nuestra vida a la luz de nuestra mortalidad. En este caso, lo más adecuado es hablar sobre la muerte con el niño, expresar nuestros sentimientos y dejar que el niño exprese los suyos. Compartir lecturas (cuentos, relatos) o películas u otras expresiones artísticas que se refieren al tema también puede ser de ayuda para disipar la angustia. A veces, si ha sucedido una muerte cercana, tal vez lo que nos corresponde como adultos es acompañar al niño, con palabras pero también con gestos y caricias y en silencio, amparándolo y ayudándolo a transitar el duelo.

¿Pero qué ocurre cuando el adulto no puede dar respuesta porque el tema lo supera? No me refiero sólo al tema de la muerte, sino también a otras situaciones como un despido laboral o el divorcio.


Hoy es común escuchar a padres quejarse de su situación, en lugar de responder a la angustia del chico. “No puedo ocuparme de mi hijo, yo estoy tan angustiado como él, tengo muchos problemas”, se escucha decir. Pero el adulto, por más complicaciones que viva, no puede ni debe desistir de su lugar de adulto. Él es quien tiene que amparar al niño. No puede dejarlo librado a su suerte. Es importante estar presente con la palabra y, en todos los temas difíciles, acompañar al niño: en algunos se les podrá brindar información, en otros, compañía, escucha, silencio o nuevas palabras.
En general, nuestra pregunta como adultos debería ser qué posición tenemos que adoptar frente al niño. Hay que tener en cuenta que el niño es un ser frágil. Es frágil porque su subjetividad se está constituyendo. Y aunque el adulto puede también sentirse frágil, sobre todo si está pasando por un momento crítico, su fragilidad nunca es comparable con la del chico.

¿Cómo tramitar el exceso de información a la que están sometidos los chicos?


Hoy los niños están expuestos a un copioso bombardeo de información y de mostraciones sobre sexualidad y sobre violencia que quizá no tenían niños de generaciones anteriores y que seguramente no corresponden a determinadas edades. Se trata de información que llega al niño y que, por su etapa evolutiva, tal vez no pueda procesar debidamente. Por eso es importante que puedan hablar sobre esos temas. El adulto tiene que ser el mediador entre el chico y todo lo que recibe. No para censurar, sino para protegerlo, para cobijarlo con el diálogo, con palabras que iluminen, con textos, cuentos o ficciones que sean adecuados para cada edad. Lo importante es que el niño sienta que tiene cerca a un adulto disponible para escuchar sus preguntas e inquietudes.

Parece difícil para muchos padres o maestros encontrar el límite a sus propias palabras o a sus propios silencios. ¿Cómo encontrar ese equilibrio entre tratar de explicarlo todo y hacer significativos silencios para que el niño reflexione?


En realidad, es tan reprochable hablar en exceso como el excesivo silencio. Se trata, ciertamente, de una zona de equilibrio que implica, por un lado, no apurarnos a responder. Muchas veces los adultos nos apuramos por miedo a que las preguntas que se despiertan en el niño puedan angustiarlo. Pero tampoco se trata de quedarnos mudos sin saber qué hacer, dejando que el niño gire en el vacío.


En definitiva, lo importante es que el chico sienta que tiene un espacio para pensar y formular esas preguntas con el adulto, que puede preguntar a otro, preguntarse y pensar en voz alta.

 


Schujman Dixit


“Acompañar a un niño en los primeros momentos de una pérdida no implica llenar el denso silencio con palabras. Darle a entender que no tenemos palabras pero que estamos cerca de él puede ser un buen modo de ayudarlo. ¡Cómo desearíamos poder evitarle el dolor a quien ha perdido un ser querido! Y bien sabemos, por las dolorosas experiencias propias que evitar el dolor es imposible. Aún cuando pensamos que es difícil, hay manera de estar cerca y ayudarlo a transitar ese momento.

 

(…) ¿Y si en lugar de evitar hablar de la muerte, tratamos de aprovechar las numerosas oportunidades que se nos presentan todos los días para hablar de ella naturalmente? (…) Las flores del rosal del jardín, los cambios de estaciones, son situaciones en las que la vida y la muerte aparecen naturalmente. Son oportunidades que se presentan para hablar de que todos los seres vivientes tenemos un ciclo de vida…”.

Shujman, Gustavo. Cómo te explico la muerte. Ed. Ediba. Buenos Aires, 2009.

 

 

Planeta Schujman


Gustavo Schujman es licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y autor de libros de texto para estudiantes de escuelas secundarias en las áreas de Formación ética y ciudadana, Filosofía, Derechos humanos y Educación cívica. Es docente y capacitador de maestros y directores del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Autor de la serie “¿Cómo te explico...?” cuyo primer ejemplar es ¿Cómo te explico la muerte? (Ediba Libros). Los próximos títulos de la colección serán: ¿Cómo te explico que me quedé sin trabajo?, ¿Cómo te explico que llega un hermanito? y ¿Cómo te explico la separación de los padres?. Tiene tres hijos de 18, 14 y 20 años y en sus ratos libres canta tangos. Y, como no puede desprenderse del maestro que lleva dentro, en cada presentación tanguera explica el sentido filosófico de algunas letras que luego entona junto a dos guitarristas (ellos son El Schujman Trío).


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