Mamá: ¡me aburro! - Crianza - Madres y Padres - Revista Planetario

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01-12-2007 |

Crianza - Madres y Padres

Mamá: ¡me aburro!

Tienen agenda cargada y diversión para cada minuto del día. Sin embargo, cuando hay un hueco en la organización del tiempo, surge el monstruo de los enunciados infantiles: “Mamá, papá, ¡me aburro!”. El adulto se llena de culpa, ¿qué le falta a ese niño? ¿Hay que buscar más y nuevas actividades? ¿Cómo se divertirá en el verano? Opinan los especialistas.

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Por Gabriela Baby


Clarisa tiene 4 años y una vida agitada: va al jardín doble jornada, toma clases de natación una vez por semana, practica acrobacia los sábados y dos veces por semana va a taller de pintura. Al menos 25 cumpleaños infantiles -con sus respectivos peloteros y animadoras- le ocupan algunas tardes de sábado. Sale a pasear con su abuela frecuentemente y visita la casa de sus primas de 7 y 5 años cada tanto. Sin embargo, domingos, feriados o aun después de un día agitado, la nena encuentra el momento para herir a su madre con una simple frase: “Me aburro”. La sentencia cae sobre la cabeza de la mamá y del papá de Clarisa que buscan y rebuscan el origen de este leitmotiv que ha adoptado su hija. Y se preguntan ¿nunca se cansa? ¿Qué más le hace falta?

El tema del aburrimiento se instala en chicos con agenda bien cargada. Dispara sus dardos contra la escuela y contra sus padres. Y aun sobre las colonias y lugares de recreación de verano. Cuanto más crece la oferta de diversión, los pequeños se tornan más demandantes. ¿Qué escuchar cuando dicen me aburro?

Para Gabriela del Casale, coordinadora pedagógica del jardín La Aldea del Buen Ayre, “el problema del aburrimiento se arraiga fuertemente en la clase media y alta: estos chicos se aburren de llenos. Tienen un montón de juguetes, van a la escuela, tienen talleres, reuniones sociales, en definitiva, una agenda bien completa que les organiza desde afuera su actividad, su vida. Entonces, de golpe, cuando se les hace una laguna, no saben qué hacer con ese tiempo. En realidad, estos chicos son víctimas de la situación. Porque ellos viven generando respuestas a cada uno de los estímulos que se les ofrece”, opina Del Casale.

La ecuación es simple: “En la escuela se esperan determinadas respuestas ante determinadas consignas, y los juegos, los juguetes, vienen cada vez más estructurados, más orientados a generar resultados igualmente prefijados. Entonces, frente al tiempo sin consignas, el tiempo libre, no saben qué hacer. Y esto es grave porque el tiempo libre es el tiempo de encuentro con uno mismo y con el propio deseo”, explica Del Casale.


Sin embargo, el sistema educativo presiona sobre el tiempo libre. Y lo reduce casi hasta hacerlo desaparecer: desde el nivel inicial hasta el colegio secundario, docentes y padres pierden el foco de la importancia del tiempo libre. Gabriela Del Casale cuenta: “aunque sabemos que debemos respetar el juego y sus espacios, como por ejemplo el momento del arenero o el momento del patio, también los cargamos de consignas y de objetivos para cada etapa de su escolarización. Además, muchos padres exigen resultados del jardín y de la escuela. O piden que la escuela, en general, sea divertida. Permanentemente. Pero, ¿por qué debería ser divertida? La escuela no es un parque de diversiones. En tal caso debe ser interesante, atractiva. La escuela debe poder ver el deseo del chico que tiene adelante. Y no taparle ese deseo con tareas, consignas y actividades”, sentencia la docente.

En el caso de La Aldea del Buen Ayre, por ejemplo, se sostiene un tiempo sin consignas: después del comedor, una hora libre, sin pautas. Los chicos llevan colchonetas para dormir, películas de su casa o juegan en el patio. Pero este tiempo sin tareas asusta a algunos adultos: “Después de comer, ¿los chicos qué hacen?” preguntan algunos padres. “Nada. Descansan. Y está muy bueno no hacer nada. Deberíamos –niños y adultos– hacer nada más a menudo”, dispara la pedagoga.

Pero, ¿por qué es importante aburrirse o dejar un tiempo para llenar de nada? “El punto es que ante una consigna, los chicos van a responder de determinada manera, poniendo en juego sus nociones y estructuras para cumplir con esa meta que está puesta desde el afuera. En cambio, en el juego libre están solos consigo mismos: tienen que ver cuáles son sus necesidades y deseos. Y es importante poder escuchar el deseo porque es el motor que los lleva a proyectarse. Si no se le da lugar al deseo, ¿dónde está uno como persona?”, cuestiona Del Casale.

El problema es que hacer nada va en contra de lo socialmente aceptado en este acelerado siglo XXI. Una nada que llama a la angustia. “Ocurre también que los adultos damos un valor negativo al aburrimiento, porque estamos inmersos en una cultura que presiona contra el tiempo libre llenándolo de exigencias y deberes: ir al gimnasio, ir de compras, tener más cosas, más relaciones, más consumo cultural, más salidas. El adulto es el que tiene problemas con su tiempo libre. Entonces no sabe cómo responder a la demanda de su hijo ante el aburrimiento. Y cuando ocurre, tapa esa demanda infantil con nuevas actividades y nuevos objetos de consumo”, sentencia la docente.


Mundo shopping

Martina tiene 4 años y está muy asombrada: Andrés, un compañero de jardín, festejó su cumpleaños en la casa. “¿Por qué no festejó en un pelotero? ¿Acaso existen los cumpleaños en las casas?” La mamá le explica que antes, cuando ella era chica, los peloteros no existían. Y todos los cumpleaños eran en las casas. Martina sigue asombrada. “¿No existían peloteros? ¡Qué aburrido!”

Pero no sólo de peloteros viven los niños de hoy. La sociedad de consumo ofrece gran diversidad de objetos y servicios para que los más chicos no paren de divertirse ni un minuto. Consumiendo, claro. Entonces hay: juguetes cada vez más exóticos y específicos, juegos para la PC, juegos y sitios en Internet para todas las edades, paseos temáticos, granjas infantiles, zoológicos con recorridos orientados para las diversas edades, animaciones temáticas, alquiler de disfraces e inflables, restaurantes con espacio infantil –para jugar y para comer– y una multiplicidad de servicios especiales de diversión para cada edad. Casi sin límites.

Aunque, de todas maneras, el niño, aun cuando vuelva de un agotador día de campo, o trasnoche de pelotero encuentra el momento justo para enunciar su frasecita: “me aburro”. Pero ¿hasta qué punto es saludable aplacar ese aburrimiento con más y más diversión pre-fabricada?

Para Beatriz Caba, directora de programas y miembro de la comisión directiva de IPA (Asociación Internacional por el Derecho del Niño a Jugar), “estas opciones que la posmodernidad ofrece a nuestra infancia no deben ser prohibidas, como tampoco deben ser únicas o prevalecer a todas las demás posibilidades que ofrece la realidad cultural, artística, social y familiar para los chicos. Recordemos que muchas veces el niño elige el televisor o el videojuego porque está solo en su casa pasando muchas horas sin compañía que guíe, acompañe, escuche y comparta el tiempo libre y el espacio hogareño”, describe Caba.

Es cierto que las ocupaciones de los adultos impulsan al niño a pasar mayor cantidad de tiempo frente a las pantallas hogareñas. Pero así como se le dan los controles y el mouse para que se entretenga, se pueden brindar elementos y materiales para que invente algo. La directiva de IPA sugiere: “Es importante que los adultos sean facilitadores de tiempo y espacio para ejercer el juego libre y creativo. Porque el aburrimiento es la falta de motivación para realizar una acción, que muchas veces responde a la falta de opciones culturales, sociales y educativas que le den al niño la posibilidad de elegir qué hacer en su tiempo libre. Entonces se pone frente a la tele o frente a la PC, que es lo que tiene más a mano. Por eso el adulto debe orientar y facilitar materiales para que ese aburrimiento dispare la capacidad de cada chico de manera creativa. Porque finalmente esto es aprender a desarrollar cierto manejo de su propia libertad”.


La gente del futuro

Muchos padres se alarman ante el estribillo “me aburro” porque escuchan allí un alerta acerca del porvenir de sus hijos. Laura Rovera, psicopedagoga y coordinadora de A.R.E.A (Asociación Refocalizadora Argentina), explica: “Cuando dicen ‘me aburro’, los padres, en general, tienen miedo de que les esté pasando algo alarmante: que no sean inteligentes o que no sepan desenvolverse en la vida futura. Porque, demos una mirada piadosa y comprensiva a los padres para decir que, viviendo en una sociedad exigente y consumista como la actual, donde se requiere éxito inmediato, eficiencia, juventud eterna, es un gran desafío criar niños. ¿Cómo preparar a un hijo para la vida? Estos padres, entonces, los cubren de actividades formativas, para que no se aburran, para que sean inteligentes, para que tengan éxito en el futuro. Porque tienen miedo que su hijo quede fuera del sistema”, dice la especialista.

Más actividad y más estímulos para que el hijo sea el más capacitado, el más preparado y el mejor. A costas del tiempo libre. Y de toda la creatividad e introspección que ese tiempo otorga. “Cuando el chico dice ‘me aburro’, no hay que descalificar esa demanda, pero sí devolverla de alguna manera. Por ejemplo, preguntando al chico ‘¿qué podrías hacer? Fijate si tenés ganas de dibujar o de pintar’. No se trata de ser el padre que todo lo resuelve o la madre que todo lo puede. No se trata de llenar el hueco, sino dejar ese espacio para que el chico resuelva consigo mismo ese tiempo sin estructuración de afuera”, sugiere la psicopedagoga.

El ejercicio consiste en acompañar y guiar. Pero también saber dónde soltar la mano. Porque en realidad, aburrirse podría ser la puerta de entrada a un espacio infinitamente creativo. “En el enunciado ‘me aburro’ en realidad empieza el cómo se van a arreglar luego en la vida. Porque no se trata de seguir buscando respuestas en el afuera y en el consumo. Sino dejando que se arreglen ellos solos, de a poco, claro. No con una actitud despectiva, sino ayudando, orientando. Y buscando juntos modos de entretenerse: témperas para pintar, tizas para el patio, materiales para reciclar e inventar un juguete. Que el chico investigue sus ganas, su imaginación y sobre todo su deseo”, propone Laura Rovera.

Porque al aire libre o en la intimidad de casa, sólo se trata de escuchar las propias ganas y abrir la ventana de la imaginación. Para que el tiempo del aburrimiento se convierta en el más personal de los juegos. Y seguir creciendo.


En vacaciones también... ¡me aburro!

Sin agenda, ni horarios, ni clases, las vacaciones arrojan a padres y niños ante un espacio vacío. Aterrador, a veces, y donde los chicos pueden gritar más fuerte “¡me aburro!”. Y entonces llega el cronograma estival: colonia, sobre todo. Y más agenda. Y otra vez la sentencia, porque “la colonia también me aburre”.

Fernando Paparatto es profesor de educación física especialista en recreación y coordinador de la colonia Recreando. Desde su experiencia con chicos de entre 3 y 17 años dice: “Los chicos llegan muy cansados al verano. Sobre todo están cansados de nosotros, los profes, porque después de meses de escolaridad, donde se les ha dado cantidad de consignas, no quieren saber nada de actividades pre-pautadas. Y todo les aburre”, cuenta el docente.

¿Qué hacer con ese aburrimiento sin consuelo? Para Paparatto la solución parte de una práctica: compartir la organización de la actividad con los chicos. Diseñar el tiempo libre dando participación a los principales implicados. Escuchar las ganas y estar siempre atento a lo que trae cada chico como material disponible para ese tiempo de verano, que el primer día de vacaciones tiene la dimensión de lo infinito.

“Ellos piden mucho –sobre todo los más grandes – un espacio en el que no esté nada organizado. En donde puedan, por ejemplo, hacer una mateada. Pasa todos los años: traen mates y termos, y compartimos unas charlas súper interesantes y enriquecedoras”, cuenta el profesor.

Por supuesto que no alcanza con tomar mate bajo los árboles durante todo el verano. Límites, orientaciones y sugerencias de los docentes son necesarios para armar un proyecto recreativo a la medida de cada grupo. Porque también las propuestas, para muchos chicos, se reducen a “fútbol y pileta”. En su variable, “pileta y fútbol”. Paparatto reflexiona: “Cualquiera que vaya durante veinte días seguidos a la pileta a la mañana y a jugar al fútbol a la tarde termina aburriéndose. Entonces, aunque ellos se entusiasmen mucho con el fútbol, proponemos otras cosas. Recuerdo que un verano, una profesora trajo juegos alternativos: pinzas de cartón para atrapar y lanzar pelotas de telgopor, juegos que usaban los indios, cuerdas, objetos y materiales no convencionales. Y los chicos se engancharon muchísimo con estos elementos. Otro verano hicimos licuados: primero para un grupo que luego quiso invitar a toda la colonia a tomar sus licuados. Entonces apareció un papá que era barman y trajo muchísimas recetas y organizamos la gran fiesta del licuado: todos contentos”, cuenta el especialista en recreación.

Una vez más, no se trata de llenar el tiempo del aburrimiento con más y más propuestas sino de explorar en el deseo de cada uno y generar un espacio para la creación.


Cuándo hay que preocuparse

Son pocos los casos en los que la sentencia “me aburro” indica problemas. Sin embargo, padres y docentes deberían estar atentos a situaciones muy especiales, donde esa expresión de los chicos podría estar indicando alguna otra necesidad.

Por ejemplo, si un chico dice “me aburro” de forma insistente puede ser que esté demandando atención de sus padres. Si el niño percibe que el padre se angustia ante su aburrimiento, ejerce presión con este tema. Y, tal vez, diga “me aburro” para que papá o mamá se encarguen de él y le dediquen tiempo.

Aunque los especialistas aseguran que, en general, no se trata de un síntoma de alguna patología, recomiendan observar con atención –y, en tal caso, hacer una consulta- si el chico se aburre siempre: si no tiene relación con sus pares, si no logra integrarse en el juego de un grupo, si no logra hacer nunca nada cuando está solo.

Pero a veces el problema no está tanto en este “aburrirse” del niño sino en la forma en que los adultos responden a esa demanda, tapando el deseo y la necesidad de los chicos. Cuando la agenda de los chicos está completa y con actividades muy ajustadas, entre otras cosas, se corre el riesgo de hacerle creer al niño que el tiempo libre es improductivo.

Del mismo modo, la velocidad y la sobrestimulación de los juegos de pantalla (Internet, videojuegos y TV), muchas veces la primera opción que surge frente al aburrimiento, no favorece el desarrollo de habilidades para incrementar la tolerancia a la espera.


Fuentes: Laura Rovera de A.R.E.A. (Asociación Refocalizadora Argentina) y Esteban Mongiello, psicólogo de Fundación ICCAp (Instituto de Ciencias Cognitivas Aplicadas).


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