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01-03-2000 |

Educación - Madres y Padres

Las actividades extraescolares

Desde que la mujer se incorporó al mercado laboral, surgió la necesidad de mantener ocupados a los chicos fuera del horario escolar. A partir de entonces, el tiempo de juego libre quedó acotado y los chicos permanecieron más tiempo a cargo de instituciones. Dos especialistas en educación analizan el fenómeno y dan algunas sugerencias.

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Por Ariel Saidón

 

 

Las actividades extraescolares se proponen completar la formación de la escuela, ofreciendo aquello que ésta no da. Desde talleres de arte hasta academias de idiomas, pasando por clubes y escuelas deportivas, las posibilidades son múltiples.

Esto genera una sobrecarga de actividades en los chicos pero, por otro lado, permite el desarrollo de las áreas motriz y socio-expresivas, tan importantes para la formación como las materias que se enseñan en el colegio.

Hace dos o tres décadas, el tiempo libre de los chicos no representaba un problema. Volvían de la escuela y pasaban la tarde jugando en la vereda con los vecinos del barrio, a veces bajo la supervisión de algún adulto. Pero la vida en departamentos y los problemas de seguridad hicieron que el juego se trasladara al interior de la casa. El bombardeo de los medios de comunicación no se hizo esperar y la falta de propuestas educativas en la televisión hizo pensar en alternativas para entretener a los chicos.

Mientras tanto, la mujer se incorporaba al mercado laboral. Las madres no podían quedarse a cuidar a sus hijos y surgió la necesidad de que pasen más tiempo institucionalizados. Casi inmediatamente aparecieron las escuelas de tiempo completo que, con diferentes propuestas educativas, se ofrecieron como alternativa. Las de media jornada trataron de retener a sus alumnos ofreciendo actividades a contraturno.

Poco a poco la idea de que, para una educación integral, era necesaria la formación en actividades expresivas y deportivas fue ganando adeptos. La escolaridad simple no podía incluirlas en su carga horaria y la doble escolaridad, si bien permitía un acercamiento a las distintas disciplinas, no dedicaba el tiempo suficiente para una formación específica. Enseguida surgieron las academias de idiomas. A su turno, lo hicieron las escuelas de danza, teatro, pintura u otras disciplinas artísticas y, un poco más tarde, las deportivas. La actividad en talleres ofrecía, más que el desarrollo de conocimientos técnicos específicos, un aprendizaje a partir del juego y la experimentación. Los padres, preocupados por brindar a sus hijos una formación completa y variada, comenzaron a organizarles el tiempo libre.


Aprender a relacionarse

Los motivos que llevan a los padres a buscar actividades extraescolares para sus hijos son diversos. Por un lado, está la necesidad real de mantenerlos ocupados gran parte del día, debido a su propia ocupación laboral. Pero, también, el deseo de completar la formación que reciben en la escuela; más allá de que, algunas veces, la actividad se elija a pedido de los mismos chicos.

“La actividad extraescolar se elige para complementar aquello que la escuela no da” dice Sandra Fernández, psicopedagoga -actualmente directora de una escuela primaria-. “Una escuela que retiene a los chicos ocho horas por día tiene la obligación de brindar este tipo de formación”, sostiene. Sin embargo, no cree conveniente que el chico pase todo el día en la escuela, ni que toda su vida social pase por ahí. Para ella, “es importante circular por distintos ámbitos porque un chico, en un grupo, puede tener determinado funcionamiento y, en otro, uno completamente distinto”.

Elina Dabas, psicopedagoga y licenciada en Ciencias de la Educación, coincide: “Cuanto mayor diversidad de vínculos tenemos, más aprendemos, mejor sabemos elegir e incorporamos distintos puntos de vista sobre cada situación. Un pibe que juega con chicos de distintos grupos, aprende distintos juegos, juega distintos personajes, aprende otros códigos.” Pero no siempre es esto lo que sucede en una actividad extraescolar.

“Hay chicos que no conocen ni el nombre de sus compañeros de la escuelita de fútbol”, describe Dabas. Aunque esto no depende sólo de quien coordina la actividad y, a veces, son los propios padres quienes favorecen este tipo de comportamiento. “Todo esto hay que pensarlo dentro de un fenómeno urbano que exacerba el aislamiento, el individualismo, la incomunicación y la competencia. Tiene que ver con un criterio de sociedad eficientista. La eficiencia no está puesta en el vínculo, hay un deseo de que sea el mejor.”

Ella sugiere “ver si, en la propuesta, se le da importancia a la formación del grupo de socialización o si todo está en función de la actividad misma.” “Al cierre, me gustaría que se evalúe cuántos amigos nuevos tiene, qué tipo de relaciones aprendió y no solamente si canta treinta y dos canciones, toca treinta y cuatro instrumentos o aprendió a nadar cuatro estilos. No porque no sea importante, sino que es complementario. El grupo y los vínculos son los que potencian el aprendizaje”.


Aprender jugando

Desde la mentalidad de un adulto, que tiene bien diferenciados sus tiempos de trabajo y entretenimiento, se cree que juego y aprendizaje son conceptos contrapuestos que requieren de lugares y momentos propios.

Elina Dabas cree que la combinación del juego con el aprendizaje “no sólo es posible, sino imprescindible”. Ya es sabido que un chico, al igual que un adulto, disfruta más de una actividad si está motivado y, el juego, es una herramienta apta para lograrlo. Pero, para la psicopedagoga, “el juego no es un pretexto para que el chico aprenda, sino el lenguaje privilegiado a través del cual se posibilita el aprendizaje”. “Si uno conoce cuál es la evolución del juego en el chico, no tiene motivos para no incluirlo en el proceso de aprendizaje”, explica.

Es a partir de esta idea que surge el concepto de recreación, según el cual la actividad tiene un objetivo lúdico y formativo a la vez. Principalmente en las actividades dirigidas a los más chicos, el juego está siempre presente. Sandra Fernández cree que recién a los ocho años un chico es capaz de practicar una actividad en forma esquematizada o con un entrenamiento exigente. Para antes de esa edad, recomienda actividades recreativas (pre-deportivas o de expresión artística) pero, sobre todo, con un componente más lúdico.


Uso y abuso

Realizar actividades fuera del ámbito escolar, ayuda a los chicos a relacionarse con otros grupos sociales y fomenta el desarrollo de las áreas expresivas y motrices. Sin embargo, la multiplicidad de ofertas generó una especie de vorágine en los padres que, en muchos casos, llevó a que los chicos estén la mayor parte del día ocupados.

Elina Dabas describe la situación: “En una familia típica de clase media, ambos padres trabajan y están todo el día fuera de la casa. Así, nos encontramos con chicos de siete u ocho años de edad con agenda completa”. Esta sobreexigencia puede producir agotamiento, lo que genera resultados negativos. Muchas veces, opuestos a los buscados.

“A veces se cree que el chico va a estar mejor en cualquier lado menos mirando la tele en casa, si no están los padres. Pero eso también es discutible”, opina la licenciada Fernández.


¿Cómo elegir?

Escuela de danzas, taller de plástica, clases de inglés o escuelita de fútbol. La oferta de actividades extraescolares es tan grande, que cualquier padre puede confundirse a la hora de elegir.

“Es muy importante que los padres sean buenos observadores de lo que hacen sus hijos”, dice Elina Dabas. De esto depende que sepan cuál es la actividad más conveniente para ellos, aunque a veces se equivoquen. “Es muy típico que los padres elijan por la contraria, que a un chico inhibido lo manden a taekwondo o a fútbol para que se avive”.

Dabas recomienda prestar atención a lo que el chico pide pero hablando con sus maestros y fijándose si está en relación con lo que el padre conoce de él. Porque, lo que pide, no siempre es lo que realmente quiere. “Hay una cuestión de consumismo en los chicos, están muy sometidos a los estímulos”.

Prefiere a las escuelas que permiten “explorar” en diferentes áreas (música, plástica, manualidades, etc.) porque “siempre se aprende mejor empezando por lo que resulta más fácil, por lo que es más cercano y por lo que se conoce mejor”. “Por otro lado, hay que pensar que toda actividad es una actividad de prueba -agrega-. Nadie que entre está obligado a quedarse”.

El intercambio de experiencias con otros padres, también puede ser útil. Pero, lo más importante, es respetar las características del chico y confiar en la percepción que él mismo tenga de la actividad y del docente.

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