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01-08-2012 |

Cultura - Madres y Padres

La solidaridad rebelde

Milo Lockett es una figura indiscutida del arte argentino contemporáneo. Su obra, colorida, divertida, premiada, se expone en galerías tradicionales y se subasta a beneficio de causas solidarias al mismo tiempo que es seguida por jóvenes fanáticos y sirve en los jardines y escuelas para iniciar a los niños en el mundo de las artes plásticas. Compulsivo trabajador del arte, en 2012 editorial Atlántida publicó su primer libro, "Milo tiene coronita".

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Por Marisa Rojas

 

Milo Lockett vive, y viaja, permanentemente entre Resistencia, la ciudad capital de la provincia del Chaco, donde nació y donde comenzó su historia como artista plástico, y Buenos Aires, la ciudad donde tiene su Espacio de Arte, en el barrio de Palermo, y un flamante taller, en el legendario edificio Central Park de Barracas. Milo va y viene, también, de la obra pictórica a la gráfica, de las inauguraciones en tradicionales galerías de arte a los talleres que dicta para chicos en medio del Impenetrable chaqueño, del aplauso de los coleccionistas más sofisticados a la admiración de un público joven, del trabajo solidario en hospitales públicos a los jardines de infantes donde su obra ilustra el ingreso de los niños al mundo de las artes plásticas. Milo, no se detiene.

“Lo que pasa es que me aburre todo lo que es fácil. Siempre peleé mucho para llegar a un lugar y luego ya no me interesó más. Tengo esa cosa de conquista y de búsqueda todo el tiempo; todo el tiempo tengo que estar estimulado. Porque creo que el artista no puede conformarse, el artista debe estar siempre en los márgenes, nunca ser el centro de la escena”, dice el pintor chaqueño inaugurando, café de por medio, la charla conRevista Planetario

Acaba de publicarse un libro con tus pinturas y textos de María Romano basados en tu obra. Está destinado al público infantil. ¿Cuál entendés que es el motivo por el que tu obra se considera accesible a los niños?

Porque el de mi obra es un lenguaje visualmente muy cercano a los chicos. Para mí es muy común que se me acerquen padres y me digan: ‘mi hijo dibuja mejor que usted’. El carácter de mi dibujo es muy primario; en general son muy pocos trazos, es muy sistémico. Y eso lo acerca mucho al lenguaje plástico del más chico que dibuja con poca información. 

A propósito del arte, y de los chicos, de las primeras manifestaciones artísticas y de la formación plástica de los niños, ¿hasta dónde deben intervenir o no los adultos y, en tal caso, de qué forma?

No hay que intervenir, no hay que intervenir. El peor error que puede cometer un padre es intervenir en el dibujo del hijo. Los chicos cuando descubren la pintura lo primero que hacen son manchas, pero de pronto aparece la mamá y pide: ‘Hacé una casita, hacé un árbol, hacé un nenito’. Los pibes en general no le prestan atención, se concentran en sus manos, en la pintura, en las rayas iniciales. No hay que interrumpir eso. El primer contacto es, debe ser, tocar la pintura, ensuciarse. Cuando uno es chico, cuando se tienen tres o cuatro años, se establece el vínculo con la seguridad para toda la vida. Luego, cuando un chico entra en la primaria, la escuela lo que hace es aterrorizarlo, generarle miedo, conflicto. A mí por ejemplo no me gusta que usen la goma de borrar. Los chicos tienen que dibujar lo que saben y como ellos ven las cosas. Es muy interesante cuando un niño hace un perro con cinco patas o con tres colas. Siempre hay que avalarlos. Si vos les decís que eso está mal, estás condicionando su formación y eso genera miedo e inseguridad. El niño que crece en la inseguridad y en el miedo sobre lo que hace o está por hacer va a ser una persona insegura el resto de su vida. Es muy importante dejar que los chicos sean libres, jueguen. Al chico hay que estimularlo, alentarlo, felicitarlo.

¿Estimularlos en su formación artística implica, necesariamente, llevar a los niños a ver exposiciones, muestras, a visitar galerías y museos?

Visitar un museo siempre es interesante, pero hay que ser cuidadoso. Si les mostrás, por ejemplo, Renacimiento… ¡ese niño nunca más va a querer pintar! En lo posible, diría que hay que tener en cuenta que mucha información desinforma. Hay que entender una cosa: los chicos tienen que jugar. No van a ser más conocedores ni intelectuales porque lean el diccionario a los seis años. Y tampoco hay que preocuparse si a un chico no le gusta pintar, no le gusta dibujar, no le gusta tocar la guitarra. Siempre hay que avalar lo que ellos quieren hacer, es muy importante eso en la infancia, estimularlos en eso que les gusta, se trate de ver cine o de jugar al fútbol. Luego, tendrán toda la vida para hacer lo que tengan que hacer. 

¿Qué recuerdos tenés, en relación a esto, de tu niñez en el Chaco? ¿Fuiste un niño estimulado artísticamente?

Yo he contado alguna vez que en mi casa había un solo cuadro: un paisaje de esos chinos, y había además una imagen del Sagrado Corazón con las dos manitos unidas. Eso era todo ‘el arte’ que había en mi casa, en el comedor diario. Yo era un niño muy inquieto, muy disperso, muy salvaje -lo sigo siendo todavía-, y mi mamá me mandaba a la Escuela de Bellas Artes, a unos talleres libres para pasar la tarde; me mandaba ahí como a hacer deportes, porque yo hacía de todo: pintura, básquet... Insisto, era muy inquieto, casi insoportable. Esas clases de pintura que tuve de chico las entendí con el tiempo, no en su momento. Yo siempre hacía lo que quería. Si bien me equivoqué mucho en la vida en eso siempre fui coherente: siempre hice únicamente lo que quise. Pocas cosas, creo que las tengo muy marcadas, las hice porque había que hacerlas. Jamás dibujé una naturaleza muerta, por ejemplo. De más grande fui a unas cátedras libres de la universidad pero me echaron, tenía 22 años y me echaron porque no hacía lo que hacían todos: yo era un pibe rebelde, a los profesores no les gustaba para nada que no hiciera la manzana con el jarrón, ya por entonces empezaba a hacer lo que hoy es mi obra. 

Sin embargo, no te formaste como artista ni te dedicaste profesionalmente a las artes plásticas sino que trabajaste como empresario gastronómico e industrial, tuviste bares y luego una fábrica textil. ¿Cuándo el arte comenzó a estimularte al punto tal que decidiste que era eso a lo que te querías dedicar?

Cuando explotó la crisis del 2000, 2001. Yo había peleado mucho para ser industrial y cuando terminé de armar la última fábrica, el país se comenzaba a derrumbar. Y me encontré con que estaba asfixiado. En ese momento, alguien que sabía que yo estaba pintando mucho, me ofrece exponer en la sala de la universidad. Hice la muestra, estuvo muy buena la verdad, yo me divertí mucho, pero no me imaginaba que iba a agarrar para el lado del arte en ese momento. Al otro día de la inauguración, cuando me desperté, estuve como media hora sentado en el borde de la cama… Quien entonces era mi esposa me preguntó qué me pasaba y yo le respondí que iba a dejar de trabajar. Y ese mismo día cerré todo. Todos pensaron que me había vuelto loco, pero decidí hacerlo porque la muestra me gustó mucho, y me gustó mucho también el estímulo de la gente que me veía como artista. Igual, no tenía claridad sobre qué iba a hacer. Pero en ese momento la pintura me salvó la vida. Era eso o estar desocupado, no tenía otra cosa para hacer. Y lo digo para desmitificar la idea de ‘me jugué por’ porque no es así. Quise dedicarme a la pintura porque no podía más con mi etapa de industrial. 

En tu biografía figuran cuatro artistas como referentes, De la Vega, Nigro, Macció y Deira, ¿cuando comenzaste a trabajar los tenías ya identificados, sabías que ése era el camino?

No. Los fui descubriendo. No tenía muchos referentes cuando arranqué. En Chaco se enojan siempre cuando digo esto porque es una provincia con muchos artistas pero la verdad es que esa pintura del rancho y la gallina no es la que me inspiró. Y el referente para mí es el que te inspira, el que te alienta, el que te estimula, el que te enseña. A mí siempre me gustó mucho la pintura de Jorge De la Vega, él fue el artista que me dio el deseo de pintar. Después, me son referentes las vidas. Uno de mis grandes referentes es Juan Carr, me interesa, me inspira su trabajo.

¿Pensás en algún momento que tu obra, y tu persona, pueden funcionar precisamente como referentes para alguno de los jóvenes que se acercan a ver tu trabajo, para los chicos con los que te cruzás en las escuelas del interior del país, con los que has trabajado en talleres populares en espacios no convencionales como un hospital, una calle o una plaza?

Yo creo que ya soy un referente. Antes me costaba decir esto, me sonaba… raro, pero ahora lo digo porque es una realidad y sé que tengo que hacerme cargo de eso. Me escriben unas veinte a treinta escuelas semanales, me cuentan el trabajo que hacen con mi obra, en todo el país. Y las maestras y los papás me dicen que un chico que ve mi obra se estimula. Creo que es porque cuando yo dibujo un elefante con tres patas y él dibuja un perro con dos colas y no importan las formas ni los colores, entonces es parecido a Milo y entonces su arte es válido. Ser una referencia para los chicos es algo muy importante y muy serio. Por eso yo aprendí un poco a cuidarme, trato de no ser soberbio, de no ser arrogante y de no ser tan desquiciado con la obra. Yo no soy docente. Cuando trabajo en los talleres no enseño un método, simplemente trato de dejar ser a los pibes.

Así como por tu obra no tradicional, por tus trazos simples y tus colores siempre tan brillantes, porque te premia la crítica pero también te siguen jóvenes sin otro vínculo con el arte, también sos reconocido y admirado por tu labor solidaria. ¿Cuándo y por qué comienza tu interés por participar como artista de movidas solidarias?

En el mismo 2001. Igual, antes también. Toda la vida intenté tener responsabilidad sobre lo que tenía y lo que podía hacer con eso, o al menos hacer la práctica. Siempre digo que la solidaridad es una práctica de todos los días. De lo que se trata es de involucrarse personalmente. A mí muchas veces me preguntan si necesito plata para mi fundación, aclaro, no tengo ninguna fundación, pero además no es necesariamente plata lo que se necesita: hace falta compromiso. Por eso, con Juan Carr lo que hacemos sobre todo es impulsar campañas para que la gente tome un poco de conciencia y se comprometa con el otro. No en grandes gestos, sino en cosas cotidianas. Eso me parece que es muy importante. A mí la verdad me encantaría convertirme, más que en un artista, en un tipo que sea reconocido como referente social. Me gusta mucho la figura de Juan, quisiera ser más alguien como él que el mejor artista. Me parece más interesante hacer cosas por los demás que pintar un cuadro lindo y que todo el mundo te diga que es brillante. El arte me hizo llegar a un montón de lugares, y eso está bárbaro, pero hay cosas del arte que son muy frívolas… El reconocimiento y el rédito económico tienen su valor cuando a partir de eso lográs algo que sirve para ayudar a alguien. Porque lo bueno del arte es que es revolucionario. En cada contexto de devastación, de guerra, de crisis, siempre lo primero que emerge luego del desastre es el arte. Porque las personas se dan cuenta de lo que vale la vida, entonces cambiar el auto o tener dos televisores o una heladera más grande pasa a segundo plano. Está bueno cuando el arte sirve para cambiar el mundo… En este momento estoy en esa pelea: ¿me dedico al arte o a lo social? ¿O ambas cosas? Yo vivo en una búsqueda y en un conflicto permanente. Y creo que está bueno decirlo. Sino parece que uno tiene todo claro, y yo no tengo nada claro, suelo andar bastante desorientado respecto al arte y no creo que eso esté mal.



MILO TIENE LIBRO

A partir de los personajes que pueblan la obra de Milo Lockett -reyes con corona de tiza, perros de cinco patas, osos hormigueros enamorados, elefantes de colores, piratas con barcos de papel-, la escritora y dramaturga María Romano creó una serie de breves historias disparatadas, rimas musicales y divertidos juegos de palabras. Publicado por Editorial Atlántida, Milo tiene coronita se presenta como una obra para chicos y es la primera publicación del particular, y popular, artista chaqueño. Consultado sobre los orígenes del proyecto libro, Milo cuenta que “fue una propuesta de María. Las editoriales siempre me tentaron mucho para hacer algún tipo de libro pero no tenía esa idea en mi cabeza aún. Fue María la que insistió y como a mí me gusta mucho su trabajo, y además ella es una muy buena persona, después de mucho tiempo finalmente acepté”. 

¿Cómo fue el proceso de trabajo para producir el libro? ¿Eligieron primero al público destinatario o las obras, o ambas cosas al mismo tiempo?

Pensamos desde el primer momento en un libro para chicos. Pero no pensamos en un chico determinado. Las obras son todas preexistentes, primero hizo una preselección María y luego sobre lo que ella eligió trabajamos los dos en la selección final. 

En el libro, a partir de los textos que escribió María, varios de los personajes adquieren nombre, pero tus pinturas no suelen tener título, ¿modifica ello la obra de arte?

Lo que María hizo es algo que tiene mucho de juego. Y es algo que a mí me pasa con el público que adquiere las obras, muchas veces le ponen nombre a los personajes y a las situaciones y luego me envían sus fotos con la obra nombrada, y eso a mí eso me gusta mucho. Me gusta que la idea que los sedujo a tener una determinada obra sea luego completada por cada uno. Me parece gracioso, e interesante. 



PLANETA MILO

Milo Lockett es un artista plástico autodidacta. Nació en la ciudad de Resistencia, provincia de Chaco,  Noreste de la Argentina, en diciembre de 1967 –“Dos años antes que el hombre llegue a la luna”, señala el pintor-. Es el mayor de cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres, una de las cuales fue quien lo ‘bautizó’ tal como lo conocemos. Su nombre real es Guillermo Emilio Lockett, le gusta –mucho- el café, tiene una hija adolescente que se llama Olivia y se define como “alguien que cree en el amor, que desea que todos sean felices y que quiere cambiar el mundo”. 

Ganador del Premio Nacional de Pintura, se abocó al arte a comienzos de la década del 2000 cuando tras la crisis económico-político-social que atravesaba el país decidió cerrar su fábrica textil. Su obra está referenciada por el trabajo de artistas como Jorge de la Vega, Nigro, Macció y Deira. Reconocido –e igualmente discutido- por la crítica y el público más tradicional de las artes plásticas, su obra, colorida, divertida, romántica, contemporánea, también atrae a los jóvenes y es considerada para el trabajo artístico con niños. Para Milo, “el arte debe ser utilizado para acercarse a quienes más necesidades tienen y para transmitir al mundo un mensaje de concientización y amor”. Llamado en ocasiones ‘un artista romántico’, señalado también como ‘un provocador’, desarrolla importantes actividades sociales en todo el país –talleres para chicos con capacidades especiales, encuentros de pintura al aire libre en comunidades de bajos recursos, subastas a beneficio, intervención en espacios públicos- y junto a organizaciones como UNICEF, Cruz Roja Argentina y Red Solidaria. En 2012 Editorial Atlántida editó su primer libro, Milo tiene coronita

Más info: www.milolockett.com.ar - Espacio de Arte MILO. Cabrera 5507, esq. Humboldt, Palermo, Buenos Aires. Tel.: 6379-3701 / milo.espaciodearte@gmail.com

 

 

 

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