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01-06-2007 |

Cultura - Madres y Padres

La infancia en escena

Los niños-actores han sido desde siempre parte del mundo del espectáculo. Sin embargo, fue hacia fines del siglo XX que comenzaron a ocupar, fundamentalmente en televisión, un lugar cada vez más preponderante y cotidiano. Pero, más allá de las luces y los aplausos, ¿cómo es la vida de los chicos que alternan textos escolares con guiones de ficción?

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Por Marisa Rojas


En el trabajo del actor, en esa posibilidad de representar tantísimas otras vidas y poner el cuerpo para llevar a escena a los más variados personajes hay, dicen, mucho de juego y de placer. Pero cuando de la escuela de actuación se pasa al escenario, los sets de filmación y los estudios de grabación también como un modo de ganarse la vida, se toman compromisos y se actúa en base a reglas que ponen en escena, también, días de ensayo, pruebas de vestuario, sesiones de fotos, trabajos de promoción. Y muchas veces, aunque no haya ganas, “el show debe continuar” porque, dicen, son esas las reglas del juego. ¿Y qué sucede cuándo quiénes juegan el juego de actuar son niños y niñas que al tiempo que graban una tira van a la escuela? ¿Cuál es la especificidad del trabajo de los niños-actores y cuáles son sus límites y riesgos? ¿Puede un niño comprometerse laboralmente tanto como un adulto? ¿Cuánto de juego queda allí?


Una experiencia lúdica

“Creo que un punto de partida para hablar de los chicos-actores es reconocer que esa categoría habla de maneras muy distintas de hacer algo. El problema es cuando se generaliza una concepción y entonces aparecen sentencias del tipo ‘un niño no debe trabajar’, y punto”, señala Nora Moseinco, actriz, docente de teatro y formadora de niños-actores. Para Moseinco: “Quienes sostienen sólo esto de que trabajar está mal porque son chicos no contemplan que el arte implica poder contar también historias maravillosas de las que participan niños, y que no está mal que haya niños ahí per se. No debemos olvidar que hay chicos que disfrutan mucho actuar, hay chicos a los que así como a Mozart le daba placer tocar, les da placer ser actores. El problema no pasa por si estos niños trabajan y ganan plata o no, sino cómo lo hacen, en qué contexto, bajo qué lenguajes y propuestas estéticas. A mí me asusta más lo que algunos niños dicen por determinados guiones que si trabajan y reciben plata por eso”.

María Laura Berch es actriz egresada del conservatorio de arte dramático, estudió Ciencias de la Educación en la UBA y desde hace cinco años es coach de niños-actores, su primer trabajo fue para la película Las mantenidas sin sueños, ópera prima de Vera Fogwill, protagonizada por una niña de nueve años que atraviesa situaciones nada sencillas (el aborto, la droga, una madre abúlica). “Mi primer trabajo me permitió observar algo muy importante, la diferencia entre ese niño que alguien, un adulto, crea, escribe, piensa, y el niño real que luego va a dar vida a ese personaje. Por eso, cuando a mí me traen un proyecto donde hay un niño siempre digo que lo que hay que pensar es qué niño va a hacer de esa experiencia algo interesante, algo constructivo y divertido. Como coach lo que me corresponde es hacer un puente entre lo que el niño es, da, puede hacer, y lo que el director pretende, porque en la práctica aparece el niño real, aparecen sus emociones, sus miedos, sus inquietudes, y todo eso hay que poder ir hilvanándolo de modo tal de lograr armar una estructura en la que el pequeño se sienta cómodo para jugar. Si no hay juego no hay trabajo que valga.”

También para Moseinco es importante que la labor de los niños-actores tenga características de juego. “Cuando se trabaja desde el placer que da hacer algo que te gusta hay una gran diversión de base. Por eso cuando el juego se instala está bueno y para los chicos es apasionante. Puede haber una campaña de publicidad extraordinaria donde se trabaja desde el lugar de la creatividad y los chicos lo disfrutan, ahora si a un chico se lo hace estar muchísimas horas repitiendo un texto sin más, seguramente ahí no va a haber placer. Para mí lo extraordinario es que el chico pueda sorprenderse jugando”.

Cuando se filma una publicidad o una película, así como cuando se graba una tira o se representa un papel en una obra de teatro, hay exigencias y compromisos que cumplir más allá de lo lúdico, ¿por qué entonces la tarea de un niño-actor tiene que ser necesariamente un juego? ¿O tal vez lo necesario es repensar las ‘adultas’ categorías de trabajo y de juego?

“Todo juego tiene su reglas y los chicos son, naturalmente, quienes más saben de juegos. Cuando un niño juega pone reglas y acepta reglas de otro, lo que hay que saber hacer en estos casos es jugar con el lenguaje del niño”, remarca Berch, y explica: “A mí particularmente me gusta poner las reglas juntos. Todo actor, niño o adulto, juega a ser otra persona, y lo importante es saber a qué puede jugar cada uno. El primer punto en esta tarea es saber que no cualquier niño puede. Los adultos tenemos que ser muy responsables y saber que esto de un chico actuando no es algo orgánico ni natural. En casa se puede ser una estrellita frente al espejo y agarrar un micrófono y pasarla bomba, pero ese juego en el caso de un proyecto artístico hay que poder trasladarlo a una estructura mayor y hacer que se mantenga en el tiempo. Y yo hablo más de experiencia y juego que de trabajo porque a mí personalmente me gusta más sentirlo así. El punto es cuando se les llena la cabeza a los niños con que esto es un trabajo y hay que ser responsables, como si la responsabilidad fuera algo exclusivo y propio de los adultos. Si vos querés jugar tenés que ser responsable y eso los chicos lo saben, ¿acaso la palabra trabajo impone qué?”.


Para Romina Gura, psicóloga, directora de la agencia de representación de actores y modelos niños Elenquitos: “Estas participaciones de los chicos en el medio artístico no llegan a ser un trabajo. Entiendo que el límite es cuestionable, el límite entre el juego y el trabajo como lo entendemos los adultos, pero yo no puedo decir que estos chicos trabajen porque no es algo con continuidad, es algo esporádico por lo que obviamente perciben una remuneración económica, pero creo que es más un trabajo nuestro, de la agencia, de los adultos, que de los chicos”.


Y las ganas, ¿de quién son?

Para Gura, el alerta debe estar puesto en el nivel de certeza que el chico tiene para con lo que hace y la relación de sus papás con esto. “Los padres cargan con una fantasía económica fuertísima en un país con una debacle absoluta, sueñan con alguien más que traiga plata a la casa. También se mezclan mucho los deseos, padres que no pudieron hacer tal cosa y quieren que sus hijos las hagan por ellos, por eso en la agencia tratamos de que filmar una publicidad o grabar un programa sea algo que el chico realmente quiera hacer. Hay que ser muy cuidadoso porque hay pibes que han trabajado mucho en televisión y con diez años están absolutamente frustrados y deprimidos. Hay que estar muy alerta y saber poner el freno a tiempo”.

Para Luis Alí, secretario gremial de la Asociación Argentina de Actores: “Lo curioso es que muchas veces son los mismos padres los que no velan y hasta vulneran los derechos de sus hijos. Nosotros no desconocemos la importancia del trabajo, sabemos que es claramente una fuente de ingreso para muchas familias y también entendemos que hay chicos que quieren ser actores, que disfrutan siéndolo, pero no por eso hay que exponer a los pibes. Por eso nosotros nos propusimos fundamentalmente en este tema no ceder porque ya la excepcionalidad existe (ver La excepción…), partimos de la base de que tenemos chicos trabajando, pero no tiremos de esa cuerda porque puede ser muy peligroso”.

También a Berch le preocupa la actitud de los padres de los niños-actores, no obstante destaca algo más que una necesidad económica en este deseo paterno por el hijo actor: “Un deseo que en realidad no es sólo una cuestión de papá y mamá sino que se vuelve hasta una necesidad social. A mí me ha pasado de toparme con gente que claramente no necesitaba el dinero, pero ciertamente hay en esto, especialmente en el salir en televisión, una idea de pertenencia, de reconocimiento, de afirmación, de distinguirse del resto que es compleja y vuelve el tema aún más difícil”. (ver La historia oculta).

Gabriela Rodríguez es directora de casting de Cris Morena Group, trabaja para crear ese mundo de fantasía que muchos chicos siguen por tele y otros tantos quieren integrar, un mundo muy seductor precisamente para padres ansiosos por ver a su hijos en la pantalla del living de casa: “Ciertamente, a veces vienen papás muy obsesivos que te llaman apenas su hijo salió del casting y te preguntan cómo les fue y los días siguientes son muy insistentes, y nosotros nos fijamos mucho en eso. La experiencia nos ha demostrado que cuando hay un papá muy ansioso hay un niño muy introvertido que se siente muy presionado y que aún cuando tenga condiciones no puede disfrutar del casting, y menos aún de las grabaciones”.


El examen

El casting es una instancia de evaluación y selección nada extraña para los artistas, no obstante, es siempre, precisamente por su carácter examinador, un momento particularmente difícil donde las personas, los actores, niños y adultos, son muy vulnerables. “La situación de casting es la situación más difícil para cualquier actor más allá de su edad, yo creo que hay que estar muy preparado para hacer un casting, me asusta cuando escucho de niños que van de casting en casting, de madres que llevan a sus hijos de prueba en prueba. Participar de un casting es algo difícil y yo no lo recomiendo”, enfatiza Moseinco.

Para Rodríguez, el casting es la puerta de acceso para conocer a los futuros protagonistas de las historias de Cris: “Sabemos que el casting es una situación de exposición por eso es importante que los chicos estén de acuerdo en participar, y los padres también. El acompañamiento de los papás es fundamental. Nosotros realizamos casting cada año en busca de los protagonistas de las historias que tendremos en el aire el año siguiente, llevamos ya cuatro años de trabajo y hemos aprendido a hacer esta situación lo más relajada posible. Nosotros no exigimos nada a los chicos, no les pedimos que se aprendan de memoria la letra, se las enviamos por mail pero si no la aprendieron trabajamos improvisando. Además, los citamos en grupos reducidos y en horarios específicos, no los hacemos estar horas esperando, sabemos que para ellos así está bueno, se liberan más, se entusiasman, empiezan a charlar entre ellos, y para ellos es más productivo”.


Saber decir NO

Todos los entrevistados coinciden en respetar el deseo de los niños que sienten ganas, curiosidad, vocación y/o placer por el actuar, pero ¿qué sucede cuando se trata de niños tan pequeñitos como los bebés –delicias de los publicistas-, donde pensar que filmar una publicidad sea una elección personal resulta muy difícil?

“En el caso de los bebés el trabajo no es sencillo, hay que poder lograr un ambiente muy especial, saber trabajar con muy poca gente y estar dispuestos a jugar. Sentarse, y que cuando salga, salga. Ir conduciendo el juego sin exigencias”, explica Berch, quien ha rechazado publicidades donde debía darle de comer a un bebé algo que el niño nunca había probado antes con su propia madre.

También Gura se enfrentó con sus propios límites en más de una oportunidad: “Recuerdo haber puesto frenos cuando aparecen cosas de mal gusto, a mí han llegado a pedirme en la tele que a un bebé de una semana le tiñéramos la cabeza de rojo para hacer de cuenta que había nacido recién. También me pasó de un casting donde querían que los chicos lloraran y entonces nos proponían que los asustemos y la verdad que yo eso no lo hago, no voy a mandar a un chico a terapia tan gratuitamente”.

Por eso, coinciden todos, son los adultos quienes tienen que estar alerta y no perder de vista que, aunque disfruten de la actuación, no deben dejar de lado las prioridades de esos chicos: jugar, ir a la escuela, encontrarse con amigos, en síntesis, ser esencialmente niños


La excepción en la excepcionalidad

El trabajo infantil, es decir, toda actividad económica o estrategia de supervivencia, remunerada o no, realizada por niñas y niños que no tienen la edad mínima de admisión al empleo o trabajo, o que no han finalizado la escolaridad obligatoria, o que no cumplieron los 18 años si se trata de trabajo peligroso, está prohibido, con la sola salvedad de la participación en actividades con fines artísticos. El desempeño de niños y niñas en ‘el mundo del espectáculo y el entretenimiento’ está contemplado por la Organización Internacional del Trabajo (Convenio nº 138, art. 8), y en Argentina ha sido ratificado a través de las leyes nº 24650 y nº 20744 (Ley de Contrato de Trabajo). Para el caso de la Ciudad de Buenos Aires, existe una resolución (nº 0367-SST y F/02 del 28/08/2001) en la cual se disponen las normas sobre el trabajo artístico de los chicos menores de catorce años de edad. En la letra de la resolución se lee que: “La jornada de trabajo deberá ser diurna, es decir, la comprendida entre las 6 horas y las 20 horas. La misma no podrá exceder de seis (6) horas diarias o treinta y seis (36) semanales. Sólo por excepción se autorizará el trabajo nocturno cuando la naturaleza del espectáculo así lo justifique y aún así, no se ponga en juego la salud psicofísica del menor”. Y que “durante el transcurso de toda la jornada laboral deberá permanecer en el lugar de trabajo del menor el padre, la madre, el tutor, o la persona que lo tuviera legalmente a su cargo, a efectos de preservar su salud física y moral”, entre otros puntos.

“La actividad artística está contemplada por las normas laborales en el mundo entero porque la participación de los chicos en propuestas de ese tipo ha existido desde siempre, no es novedad. De todos modos, muchas cosas se establecen por el uso y costumbre más que por una letra escrita específicamente”, señala Alí. No obstante, para el representante de la AAA hay un aspecto del tema aún más complejo: “El trabajo artístico es en sí mismo un trabajo excepcional y esto implica contemplar montones de situaciones que no se dan en otras ramas laborales. Ahora, en el caso de los chicos partimos de un hecho aún más excepcional que es este permitirles algo que al resto no, es decir, trabajar. Pero el tema no es estrictamente laboral, si trabajan seis horas o seis horas y media y entonces lo necesario es reclamar para que se pague esa media hora que se trabajó de más, el tema pasa porque el chico al que no se le respeta su tiempo de trabajo, pues no se le respeta su tiempo de descanso, su tiempo de juego, su tiempo de estudiar, su ser primero y fundamentalmente niño. No es un tema sencillo pero sí es claro que lo que debe estar en primer lugar es la defensa y la protección de los derechos de los niños”.


La historia oculta

Una madre obsesiva que deposita en su hija sus frustrados sueños de fama, una industria devastadora, una representante superficial, un padre ausente, un contexto que celebra la fama y el exitismo hacen de la vida de la pequeña Tamara Romina Luna, aspirante a celebridad de la tv local, un coktail de situaciones agotadoras donde los sueños se vuelven pesadillas. Tamara es la protagonista de La cámara oculta (Alfaguara, Bs. As, Argentina, 2003), el libro que Silvia Schujer escribió cuatro años atrás, en sus propias palabras: “Motivada por el excesivo protagonismo que entonces noté por parte de los chicos en la televisión (en aquel momento estaban de moda Chiquititas, Cebollitas, Agrandaytos, etc) y por el hecho de vivir en Palermo Hollywood, donde todos los días me topaba con larguísimas colas de padres/madres y niños (carpetita bajo el brazo), para entrar a un casting. Esas situaciones fueron el primer llamado de atención, me empecé a hacer preguntas y entendí, también, por qué un chico querría ser parte del (falso, a mi juicio) prestigio que otorga aparecer en TV -plata, fama, narcisismo-; y cuando la pregunta fue ‘¿Por qué un chico -uno en particular- no querría estar ahí?’, apareció el conflicto y la historia”.

La protagonista de la novela de Schujer enfrenta situaciones angustiantes y no pocas presiones como precio de su tránsito por ese mundo de la fama, no obstante, la autora señala que no fue su objetivo generalizar y que reconoce que hay chicos que no la pasan mal trabajando en la Tv. “A través de Tamara asumo una actitud crítica frente a los medios, a los padres, en fin... a la maquinaria, pero no le doy a mi historia carácter universal (no pretendo dictar cátedra). Hay chicos que no lo pasan mal trabajando en TV; hay chicos que lo pasan mucho peor en la calle. Diría simplemente, que si uno mira qué hay detrás de tanto ‘glamour’, puede encontrarse con historias muy duras: chicos que pierden los mejores atributos de la infancia, desorden en los vínculos, incluso explotación laboral. El problema de la televisión y los chicos es que no desarrolla potencialidades, busca lo que le es eficaz a sí misma. Y encima, ofrece un tipo de reconocimiento más o menos inmediato, que prestigia socialmente y proporciona ingresos”.

 

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