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01-04-2011 |

Educación - Madres y Padres

La Historia como relato

Con muchas horas de vuelo frente al aula, Felipe Pigna repasa las formas de enseñanza de la Historia –actuales y pasadas-, y otras posibles para la escuela de hoy. Una charla generosa que abarcó desde los actos escolares hasta los juegos electrónicos.

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Por Gabriela Baby


Los festejos del Bicentenario instaron a hacer un repaso de la historia a todos los públicos. ¿Hay una nueva manera de estudiar la historia en la escuela a partir del Bicentenario?

El desfile histórico de Fuerza Bruta, en que participé como asesor, marcaba una lectura distinta de la historia y fue muy bien recibido por la gente. Se incorporaban a la historia elementos que generalmente se ponen por afuera, como las Madres de Plaza de Mayo, la dictadura, Malvinas… Y a la gente -millones de personas que lo vieron en todo el país, en vivo y en televisión- le gustó y conmovió mucho. Entonces, algo de eso queda en cuanto a un posicionamiento diferente frente a la historia, por lo menos como potencialidad. Es evidente que se puede dar otra perspectiva en la escuela, porque hay espacio en el imaginario colectivo para dar otra mirada.

Convengamos que entre el desfile de Fuerza Bruta y la realidad del aula hay una distancia de contexto bastante amplia.

Pero tenemos que pensarlo en un sentido amplio, como un gran estímulo. Porque un espectáculo es eso, la creación de un interés. Luego, viene la tarea de la comunidad educativa: maestros, padres, chicos y directivos. Ocurre que los padres están cada vez más preocupados por lo que se les enseña a los chicos y los chicos van cada vez con mayor información a la escuela. Entonces, hay una demanda del alumno que antes no existía. Antes el alumno iba sin saber ni sospechar muchísimas cosas de la historia y lo que recibía era la verdad revelada. Eso hoy no existe, afortunadamente.

¿Cuáles son las preguntas genuinas de los chicos acerca de la historia?

Los chicos preguntan mucho por las fuentes: ‘¿cómo sabés lo que decís?, ¿quién te lo contó?, ¿es verdad lo que estás diciendo?’ Me pasó una vez que una nena contaba una historia errónea, y decía que se la había contado el abuelo. Entonces, le dije que le preguntara de dónde había sacado los datos. Es decir, mi idea era cuestionarla y a la vez ponerla a ella en el lugar del que puede cuestionar. Hacer valer el cuestionamiento en una etapa muy autorreferencial como es la infancia.

Esto también implica enseñar que hay que asumir responsabilidades: la escuela tiene que enseñar al niño a asumir responsabilidades. La educación tiene que ver con el respeto, con las responsabilidades, con la disciplina. Cuestiones básicas que faltan en la escuela de hoy porque se ha caído en una desvalorización de la función educativa. Lo que comúnmente se llama jerarquía -una palabra asociada generalmente a una posición socio-económica-, en realidad, es un concepto válido en cuanto al respeto por el otro, el que nos va a enseñar: sin esa jerarquía no se puede aprender.

Disciplina y jerarquía son palabras que suenan a escuela autoritaria. ¿Cómo revalorizarlas?

Se las revaloriza en este simple hecho: si no hay una base de disciplina, no se puede aprender. Porque la disciplina no tiene que ver con el castigo, sino con el trabajo serio y responsable. Si un docente prepara su clase y trabaja a conciencia para aprovechar el tiempo de clase de punta a punta, tendrá el respeto ganado. En todos los niveles. 


ENSEÑAR A LOS QUE ENSEÑAN

¿Cuál es en este panorama de circulación de la información la función específica del docente?

La función del maestro no es bajar línea ni adoctrinar, sino dar a los alumnos los elementos de la crítica. Esa es la clave de la educación primaria. No importa quiénes fueron los fenicios ni que hacían los asirios. Lo importante es saber leer un libro de Historia o trabajar un determinado momento histórico: relacionar una situación con otra, hacerse preguntas, tener elementos para analizar y opinar. El trabajo de la educación es que los chicos salgan con capacidad crítica y autocrítica. Y esto es lo más difícil.

¿Debería manejar la capacitación docente esta faceta de la vida escolar?

A veces hay demasiada biblioteca, mucha teoría y libro de por medio. Pero todas esas teorías no tienen que tapar la realidad cotidiana de la escuela. Estas cosas se aprenden en el hacer de cada día. Acá se sigue trabajando con preceptos educativos de la década del ‘60 o del ’70; y ese chico piageteano de las etapas y de los ciclos no existe más. Ahora hay un chico para el que lo virtual tiene una presencia muy importante: lo electrónico, lo digital. Entonces, toda esa carga de información que los chicos traen debería ser aprovechada. El docente debería poder decir ‘qué trajiste, qué averiguaste, qué supiste’, para trabajar con el material y las ideas que los chicos llevan al aula. Y es buenísimo que el pibe demande. Es parte del oficio del docente darse cuenta cuando se trata de un recurso distractivo o si hay un interés legítimo.


PLAY STATION, FENICIOS Y MAPUCHES

¿Podrías contar otros modos de abordar la historia en el aula?

Una riquísima experiencia es invitar a abuelos para que cuenten momentos de su vida en relación con procesos históricos. Es maravilloso y ¡tan fácil hacerlo! Porque esa historia que le pasó al abuelo es la que se cuenta en el libro. Y también se pueden traer momentos más recientes: los 90’s, el 2001, la dictadura. Otro recurso interesante es el trabajo con la lectura de diarios, porque naturalmente la lectura de un diario remite al pasado. También es importante aclarar que todos deben participar: preguntar, opinar, disentir. No importa equivocarse. Es muy importante desactivar la vergüenza o el miedo a la burla en los grupos.

Y seguir las efemérides, ¿es un modo viable para el aprendizaje de la historia?

Para nada. Al contrario, va en contra del aprendizaje. Porque en la locura de las efemérides primero nos independizamos y luego viene Colón. Es un disparate. Por lo menos tenemos la suerte de que el 25 de mayo viene antes del 9 de julio, y ahí se ordenan los hechos. En realidad, los chicos necesitan una mirada global de la historia, una mirada sobre los grandes procesos históricos. Y necesitan poder relacionar un hecho mundial con un hecho local. Entonces, es claro que tenemos la gran tarea de desmontar una tradición que es muy fuerte. Y en la que existe mucho poder por parte de las direcciones de las escuelas.

Si los fenicios no son importantes para la currícula escolar. ¿Cuáles serían los contenidos importantes?

Saber quiénes fueron los fenicios o los asirios, a un chico de primaria no le aporta nada. Es una creencia del enciclopedismo suponer que las personas tienen que tener un saber general sobre todo. Y esto tiene que ver con otro mundo en donde había menos saberes a mano. En la escuela hay que ampliar los contenidos nacionales. Es más importante saber quienes son los mapuches -porque son, no como los asirios, que fueron- y poder ubicarlos en la historia y en el presente. También deberían saber por qué en el año ‘30 pasó lo que pasó en nuestro país: qué fue la crisis del ‘30, qué es una crisis mundial y cómo se vivió acá y en América latina. Y es importante saber que el peronismo dividió las aguas de la Argentina en 1945, que sepan que en 1976 hubo un Golpe de Estado. Las fechas, en ese sentido, son importantes. No el día y la hora, sino el momento para poder ubicar los grandes procesos temporalmente y en el contexto mundial. Todo esto un chico de sexto y séptimo grado lo entiende.


¡QUÉ HAGO CON ESTOS CHICOS!

Los profesores y maestros de historia suelen quejarse de que los chicos estudian o aprenden de memoria.

Por supuesto que no hay que enseñar de memoria, pero hay que aprovechar la capacidad memorística que tienen los chicos. Hicimos una experiencia en quinto grado con los personajes de Dragon Ball: eran 180 personajes que además evolucionaban a otras vidas y todos con nombre en japonés. Yo les mostraba un dibujo y los chicos sabían el nombre. ¿Cómo es entonces que no pueden aprender los vocales de la Junta? En realidad, no lo pueden hacer porque no se les da sentido: no entienden quiénes fueron esos tipos, su sentido para los cambios históricos del país.

Sería cuestión de encarar la historia como un gran relato.

Podría ser. El chico entiende los relatos. Y entiende juegos de resolución de aventuras en los que hay que aplicar conceptos de relación, en su Play Station, mucho más complejos que el relato de la historia. Entonces, hay que aggiornar la pedagogía a lo que los chicos traen. No puede ser tan difícil. Pero el maestro perdería un poco de protagonismo, la resistencia al cambio también tiene que ver con el ego del maestro.   

¿Los maestros entran en competencia con las pantallas?

El maestro debería conocer este universo de juegos que frecuentan sus alumnos para decir “este juego es una porquería, porque incentiva la violencia”, por ejemplo. Luego, el chico quizá siga jugando, pero es importante señalarle que no está bueno andar matando árabes en el desierto con un helicóptero Halcón. El maestro tiene la función de contrastar el juego con la realidad e indicar que la sociedad no avala eso. Estos juegos, al igual que las adicciones, la violencia o el alcohol son temas de la escuela. Si no empezamos a hablar de adicciones cuando el chico empieza con la adicción a un juego, quedan las puertas abiertas a otras adicciones.

¿Cómo usar esos juegos para la clase? ¿Podrías contar alguna experiencia?

Se trata de meterse en esos juegos y trabajarlos con los chicos: qué hay allí, qué se trama, quién gana. No los descalifico. Por ejemplo, en el Age of empires hay historias antiguas que se pueden trabajar en clase. Se pueden ver de manera crítica: ‘qué sujetos sociales faltan en este juego’, ‘quiénes son los protagonistas’, ‘quiénes pierden y por qué pierden’, son preguntas posibles para entrar a esos mundos. También habría que trabajar el uso de la web: la verificación de las fuentes, la comparación de datos. Esos trabajos prácticos que son citas (cut & paste) de sitios de Internet no sirven. Y el docente tiene que entender que esto forma parte de la currícula porque forma parte de la realidad, de la vida de los chicos. Las horas frente al televisor o frente a la compu son fenómenos que atraviesan la vida de todas las personas, sin distinción de clases ni edades. Por eso deberían estar en primera línea de la agenda escolar: la escuela se hace la que no tiene nada que ver con eso.



Planeta Pigna

Felipe Pigna es profesor de historia egresado del Instituto Nacional del Profesorado Joaquín V. González; dirigió el proyecto “Ver la Historia” de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini de la Universidad de Buenos Aires. Dirige actualmente la página web www.elhistoriador.com.ar, tiene un programa en Radio Nacional los domingos a las 13 horas y un ciclo de entrevistas en Canal 7 (viernes 22:30 hs.). Su libro Los mitos de la historia argentina tiene cuatro tomos.

Para chicos, escribió la serie de libros y DVD Historias de nuestra historia, basada en las efemérides escolares, y La Historieta Argentina, diez fascículos ilustrados por Miguel Scenna.

Cuando no está dando charlas por escuelas, sigue investigando y escribiendo. Su proyecto en marcha es ahora un libro sobre la historia de las mujeres en Argentina, desde la época de la colonia.


Pigna DIXIT

"En el aula hay que trabajar uno a uno: con cada chico y en cada situación. Pero hay un cambio de estructuras necesario que paralelamente debemos exigir. El período infantil es muy breve comparado con los tiempos políticos: un chico no puede esperar el gran cambio porque deja de ser chico, se le acaba la infancia. Entonces, los maestros no pueden esperar que el cambio venga de arriba: hay responsabilidades que cada uno tiene que asumir. El docente que realmente propende al cambio en la educación opera en los dos niveles: exige el cambio y asume su responsabilidad diaria en el trabajo”.

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