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01-12-2000 |

Educación - Madres y Padres

Gato Urbansky: "Queremos que la esencia este siempre presente"

Tiene 42 años pero toca el violín desde los cuatro. En su carrera, alternó períodos dedicados a la música clásica y a una formación más académica con otros en los que tocaba rock y buscaba nuevos sonidos a través de la improvisación. Incluso aprendió a tallar la madera y descubrió algunos secretos de la luthería. Entre mate y mate, nos contó su trayectoria y cómo fue que decidió dedicarse a la enseñanza.

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Por Ariel Saidón



Gato Urbansky creó un método de enseñanza basado en el trabajo en grupo y la improvisación. Dirige el Centro de Estudios Musicales Zenerata donde dictan clases violín y cello para chicos. En sus clases, el juego está siempre presente y los chicos tienen espacio para la experimentación. Desde el principio tocan en grupo e investigan las diferentes posibilidades del instrumento. Pero los más avanzados también inventan melodías y musicalizan dibujos animados.

"A los cuatro años yo ya había decidido que iba a tocar el violín. Aunque empecé formalmente a los ocho cuando entré al Conservatorio. Un poco impulsado por mi familia, donde todos hacían música. De entrada el conservatorio no me gustó. Yo ya tenía una relación con la música y me costaba ver que las cosas fueran así."

¿Qué es lo que no te gustaba?

Estaba buenísimo por un lado. Tenía todo lo lindo de verse con otros chicos, ver que otros tocan. Pero había algo raro. Había algo que yo podía hacer en mi casa y en el Conservatorio no. Tocar, improvisar, jugar, inventar. Y parece que la cosa se ponía seria. Desde que entré al conservatorio tampoco pude hacerlo en mi casa.

Pero también hubo cosas que me gustaron muchísimo. Cuando tenía once años ya tocaba en una orquesta. Y esa experiencia fue fantástica. Yo ya había empezado con mi maestro Szymsia Bajour y era bastante vago para estudiar. A los 15 o 16 años, había dejado el violín. Pero, de pronto, un día empiezo a tocar de nuevo a raíz de que unos amigos habían hecho un grupo de rock & roll.

¿Cómo metiste el violín?

Este grupo venía trabajando covers de música folk americana de los '70, tocaba en fiestas de quinto año y esas cosas. Se estaban armando y yo me subí arreglando algunas melodías y empezando a buscar temas que originalmente tengan violín. Así fue como me enganché de nuevo. Me busqué un maestro y encontré a Ljerko Spiler. Volví a la música clásica y me volví a encontrar con todos los amiguitos que me había hecho en la orquesta del Conservatorio. Todos habíamos llegado a la juvenil, cada uno por su camino.

Me puse a estudiar en serio y en el término de dos años habíamos conformado dos cuartetos, uno para el camping musical de Bariloche. Después de dos años ya extrañaba algo del rock y me replanteé un poquito qué es lo que quería hacer. Dejé las orquestas y seguí tocando. Buscando en el mundo de la improvisación. Me acuerdo que no había nada, menos para violín.

¿Es un instrumento muy ligado a la música clásica y la partitura, no?

Bueno, yo lo tenía a Jean Luc-Ponty, a King Crimson. Empecé a escuchar la música de otra manera. Y me ví entusiasmado y corajudo como para arrancar para ese lado. Pero después me dí cuenta que acá no había fuentes y salir del país era muy difícil. Así que me volví a enganchar con la música clásica.

Una historia de idas y vueltas.

Sí, de una. Parezco el correcaminos. Pero también eso tuvo mucho que ver. Me fuí a vivir a San Juan y ahí tuve todas las experiencias juntas. Tocaba en orquesta, estudiaba con Humberto Carfi en Mendoza, hacía alguna experiencia pedagógica y, paralelamente, tenía mi grupo de jazz-rock. Después regresé a Buenos Aires. Me enteré que venía Szymsia Bajour a la Argentina y volví a las fuentes. Yo estaba con todas las pilas y fueron ocho meses de trabajo muy bueno. El me sacó de encima toda idea sobre el rock, el jazz y sobre cualquier cosa.

Volviste a la “pureza del instrumento”.

Claro. A esa cosa. Pero, de pronto, el estudio también ejercía una presión. Estudiar con Szymsia Bajour cuando uno tiene tiempo y predisposición es duro.

¿Por qué?, ¿es muy exigente?

Sí, sumamente. Lo logra, lo hace y es su mundo. Yo lo respeto y está muy bien. Pero un día me dí cuenta que no era la mía. Me enteré de una oportunidad para la Camerata Bariloche, miré de costado y dije: me va. Ahí ví una realidad profesional de buen gusto que me interesaba. La manera de estudiar las obras me resultaba interesante. Trabajan la afinación y la sonoridad como lo hace un cuarteto de cuerdas. Es una música muy delicada y muy fuerte a la vez. La Camerata es como si fuera un cuarteto pero multiplicado por tres o cuatro.

¿Y después hacia dónde?

Después de la Camerata yo cambié de vida. Me casé y me fuí a vivir a la montaña. Decidí conocer. Me dí cuenta que siendo músico, ensayando, viviendo en un hotel y llendo todos los días a alguna catedral o algún teatro a tocar y aparte la grabación a la mañana era bastante difícil. Pero ahí me desquité. Para mí fueron como las vacaciones que estaba esperando desde niño. Allá pude realmente romper con la costumbre y la cotidianeidad en cuanto a lo profesional, a los requerimientos de un músico en el ambiente y me relajé. Pude tomar la música como yo la sentía. Entonces, a raíz de que nos hicimos la casa, empecé a trabajar la madera

¿Te hiciste luthier?

No, me hice tallador. Pero tenía un amigo que era luthier. Una vez me encontré con él en Buenos Aires y aprendí a hacer algunas cosas. Y me encantó, empecé a escuchar la música de otra manera. Fue toda esta relación que tuve con la música, desde estos lugares, lo que me hizo pensar en algún sistema de enseñanza que sea más cómodo para el que aprende.

Sin tener que ir y volver tantas veces.

Tal cual. Y con ánimos de optimizar lo que yo había vivido. Porque es un camino de investigación, uno no puede hacer otra cosa si quiere dedicarse a esto. Jugando con los instrumentos desarrollé un simulador para facilitar todos los movimientos físicos. Me junté con un grupo de gente que creyó en todo esto y empezamos a trabajar en forma grupal. Al mismo tiempo, empezamos un trabajo de optimización y pulido del método de enseñanza que fue desarrollándose en base a la experimentación. De ahí surgieron los ejercicios específicos para los distintos niveles de iniciación. Con bajos, violas y violines. Entonces podíamos hacer una música armoniosa, rítmica y con picardías técnicas para desarrollar.

¿Cómo plantean el trabajo con niños?

Yo había tenido algunas experiencias con niños pero los chicos requieren de una energía completa. Nosotros tratamos de dar con un estilo de trabajo que les permita encaminarse hacia el orden sin restringirles todo lo que ellos traen de espontáneo y de creativo. Fomentándoles todo este potencial y esa propensión natural hacia la música que traen, sin que el violín los limite o los ate. Un desafío bastante importante. Planteamos la iniciación al violín con el instrumento y en forma grupal. El contacto con el instrumento como algo para descubrir, con mucha libertad y con juego. Trabajamos mucho con el cuerpo, con la voz, con los ritmos, saltar, correr. Y a partir de ahí empieza a ser un interés de ellos.

No le damos un espacio particular a la teoría, sino que la vamos viendo según la necesidad que les trae el instrumento. Lo importante es saber tocar, no saber leer. El tema de la lectura es un aspecto profesional que puede tener su momento para desarrollarse. ¿Sabés cómo es? Aprenden de oído. En realidad, todos los músicos tocan de oído. Saben leer, pero tocan de oído.

A veces lo que pasa es que por ser aburrida la metododología de enseñanza muchos dejan de tocar.

Bueno, yo lo viví muchísimo eso a lo largo de toda mi formación. Cuando tenés un nene de cuatro años adelante cada cosa que hacés tiene que ser desde su lugar. No desde el tuyo como maestro, sino levantás una muralla y el pibe no entiende nada y se siente aislado. Nosotros queremos mantener esas ganas, eso que sale de acá, que es algo contagioso. De golpe hacemos un recreo y los nenes quieren seguir tocando. Para ellos es un juego, traen sus historietas o sus cuentos y les ponen música, inventan, juegan. Nosotros queremos cuidar algo con lo que hacemos. Que la esencia esté siempre presente, en cada clase, en cada momento. Sabemos por qué estamos tan contentos y no queremos que eso cambie.

¿Por lo general se cree que tocar el violín es difícil?

Hay un mito sobre la dificultad del violín, pero es como todas las cosas. Tiene un aspecto difícil pero primero tenés que pasar por un terreno en el que las cosas son fáciles. Nadie puede hacer cosas difíciles sin haberse preparado. Un malabarista al que le ves hacer una cosa complicadísima, descubrió un método para aprenderlo y para llegar a eso. Nosotros nos dedicamos a ese terreno en el que la cosa es fácil. Porque es lo que me dí cuenta que faltaba. Había que ayudar a muchos a llegar a la otra orilla, que quedaban en el camino porque “no tenían condiciones”. De lo que se tratra es de poner en condiciones. La música es propiedad del ser humano y todo ser humano tiene derecho a expresarse.

Pero el violín no es un instrumento popular.

Lo que pasa es que tiene una carga de prodigioso. Pero también hay una tribu en el pueblo que necesita expresarse. Lo he experimentado en estos últimos años, con gente grande, gente joven, chicos, uno que quería tocar chamamé, otro que quería tocar jazz, otro por que le encanta, gente de 60 años que recién empieza.

La música no se le puede quitar a la gente. Y el violín es una herramienta que cualquier persona puede entender.

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