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01-03-2018 |

Notas y Entrevistas - Literatura infantil

Dejarse atrapar por la poesía

Mercedes Calvo es maestra y poeta. O al revés. Para ella, después de todo, son dos caras del mismo trabajo: dejar que la poesía surja en los chicos. Hacedora de versos mágicos y pregnantes, maestra siempre en ejercicio, cultora de la conversación como una de las bellas artes, sus palabras pintan mundos, conceptualizan con sencillez e invitan a la acción creativa.

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Por Gabriela Baby



En 2008, mientras disfrutaba de sus primeros años de jubilada después de 25 años frente a las aulas, la uruguaya Mercedes Calvo participó del Concurso Hispanoamericano de Poesía para Niños y ganó el primer premio. Nunca había escrito poesía anteriormente. Con asombro, pero no tanto, comenzó para ella su carrera de escritora, poeta, teórica: la continuación natural de su trabajo como maestra.

El libro premiado, Los espejos de Anaclara (FCE), invita a jugar, a hacerse preguntas, a mirarse al espejo y a bucear dentro de uno mismo. Los poemas despliegan un juego de palabras y reflejos que de alguna manera ponen en página lo que Mercedes hacía frente al aula: proponer a los chicos inventar, crear, detener el tiempo para mirar y mirarse, para buscar la propia resonancia en cada palabra, en cada silencio también. Después de ese primer libro, vino un texto teórico: Tomar la palabra. La poesía en la escuela (FCE), donde la autora da cuenta de su experiencia frente al grado y reflexiona sobre la relación poesía-escuela, infancia-creatividad. Acerca de estas experiencias, habla Mercedes en esta nota.


En Tomar la palabra… hacés una distinción entre poesía y poema. ¿Podrías explicar la diferencia?

La poesía es algo bien amplio: es una forma de mirar, una manera de plantarse en el mundo. Puede haber poesía en la prosa, en la música, en la vida cotidiana. Una nena que se detiene a ver una plantita que crece en el patio entre dos baldosas: eso es poesía. Y nosotros le decimos “Vamos, vamos que es tarde”. Los adultos apurados hemos perdido la capacidad de la poesía. Sin embargo, con soberbia, decimos que tenemos que acercar la poesía al niño, cuando en realidad el niño está inmerso en la poesía y somos nosotros los que estamos apartados. El poema es la forma, la versificación, el estribillo. No siempre hay poesía en esas formas.

¿Entonces adulto-infancia sería otra dicotomía como lo es poesía-poema?

Sí, claro. La pregunta es cómo podemos ser adultos con la infancia a cuestas. Porque parece que tenemos que abandonar la infancia y la poesía para ir a lo que realmente importa, pero en realidad dejamos en el camino lo más importante, lo más rico. Porque se piensa la infancia como una edad que tenemos que superar, tenemos que dejar el juego y todas esas tonterías para hacer lo importante. Y no es así. No deberíamos dejar de lado al niño que fuimos ni al niño que somos. El niño tiene una mirada poética, y no me refiero a la mirada de los ojos, sino al modo de plantarse frente al mundo y de relacionarse con las cosas.

Sin embargo, la escuela trabaja a contrapelo de esta idea…

Es verdad. Cuando son pequeños se les permite jugar, decir versitos, pero a medida que crecen vamos llenando cabezas, y cuanto más avanza el ciclo escolar, de manera más rígida.

¿Por qué pasa esto?

Porque la sociedad está estructurada de manera que nos lleva a una situación de competitividad y rendimiento, en donde no hay lugar para lo otro. Entonces tenemos que ponernos metas para llegar a no sé dónde. Y en el camino perdemos lo más valioso. Y luego recordamos la infancia como un paraíso perdido...

Sin embargo, pensar la infancia como un paraíso es algo idealista, porque también se la pasa mal durante esos años.

Sí, claro. Nos acordamos de lo lindo, pero tuvo de lo otro también. Y además no hay dos niños iguales, no hay infancia sino infancias. Cuando estudiás pedagogía los libros dicen: “El niño es bla bla bla…”, pero cuando empezás a dar clases comenzás a aprender. Esos niños son tus maestros y el aprendizaje es un camino que vamos a transitar juntos.


SE HACE CAMINO AL ANDAR 
Entonces, en el aula, ¿leer o escribir?

Yo siempre hice proyectos de escribir poesía. Con los de primer grado, recién llegados, y con preescolar también, pregunto si tienen idea de qué es la poesía. Un día un chico respondió: “Ya sé, la que te atrapa”. Y yo dije, ¡qué metáfora tan hermosa! Pero no, él hablaba de la policía… Entonces formulo la pregunta y salen ideas, hipótesis y llegamos, por ejemplo, a que “la poesía es flaquita y larga”, una definición. Después empezamos a escribir, y ahí descubrí que los niños usan recursos de los poetas sin saber que lo hacen ni cómo se llaman, pero los usan. Un día un chico escribió: “soy un bebé, porque no lo sé. Es una mamá, porque no lo sa”. Hermoso.

¿Se trata de aprender desde la práctica?

Habilitar el espacio, el juego, descubrir con ellos y no creer que todo está en los libros. No ir a las apuradas por la vida, sino pararse a mirar lo pequeño, estar en la mirada del niño. “Pobrecita, es chiquita, hace fuerza y no puede”, dice la nena que mira el brote entre las baldosas, mientras todos la apuran a seguir el paso. Entonces, parar y escuchar. Porque si llenamos de contenido, primero decimos poema, después decimos escolar y después le agregamos infantil, entonces el campo se va achicando.

Justamente la etiqueta “literatura infantil” genera cierta polémica. ¿Vos creés que esta nominación "infantiliza" la literatura?

Lo infantil recorta y limita. No sé quién hizo este recorte, que sin duda es un nicho de mercado, y para el mercado funciona. Fijate que dentro de la literatura, la poesía siempre fue tomada como algo menor, marginal, y luego la literatura infantil, algo marginal de la literatura y entonces veamos el lugar que queda para la poesía infantil. De todos modos, todo esto se está revirtiendo: se discute, se habla del tema. Pero hay lugares donde no conviene revertirlo por un tema de mercado. Y además, es muy práctico tener poemas que enseñan a cepillarse los dientes o a comer sano, por ejemplo, y esas cosas…

La literatura con fines prácticos, ¿otro contenido de la escuela?

Fijate que los poemas en la escuela se dicen en los actos. O en el día de la madre, o cosas así. Se declama, además. La poesía es como un adorno para la escuela, la frutilla de la torta. Cuando en realidad la poesía es expresión, creatividad, mirada, rebeldía. Una vez llevé un montón de poemas a un taller, les pedí a los chicos que eligieran uno y luego dije que llevaran ese poema a la escuela. Y ahí un chiquito soltó el que había elegido. Lo dejó. “¿Por qué lo soltaste?”, le dije. Y él: “Porque no es para la escuela”. Y yo: “¿Por qué?” Pero no me dijo nada. El poema era: “Niña mía, si estás triste/ te bajaré una estrella/ y a la rueda rueda/ jugarás con ella”. Y el chico al rato dijo: “Bueno, la niña puede ser la patria que a veces está triste porque…” y empezó a darle vueltas al poema para hacerlo entrar a la escuela. Una lectura forzada porque evidentemente hay una concepción bien determinada de lo escolar.

También en tu libro planteás que escribir es un modo de apropiarse de la palabra. ¿Cómo funciona esta idea?

Porque todo el mundo escribió un poema alguna vez. De adolescente, de niño, ante el desencanto de un amor, por ejemplo. No sé por qué. Quizá porque la poesía está más cerca de la afectividad y entonces tomamos la palabra en este registro. Y esa palabra es bien personal. Entonces es algo que tenemos a mano.

¿Y después se pierde esta práctica?

Se supera. Somos grandes y ya no hacemos esas cosas…

Y con los chicos, ¿cómo es el juego?

Yo les digo: vamos a escribir y escribimos poesía. Porque me parece que leer sin escribir, separa, enaltece, pone solemne la poesía. Si solo leemos, la poesía se convierte en algo ajeno, inalcanzable. Entonces hay que escribir. Y no a la manera de, sino a la manera de cada uno. Escribo un poema a mi perro. Y luego veremos cómo hicieron otros poetas poemas a su perro. Entonces se establece una lectura de colegas. No hay alabanza ni torre de marfil.

¿Y en casa? Muchos adultos dicen: yo quiero que mi hijo lea, ¿qué hago?

Y yo pregunto, ¿ese adulto lee? Porque a veces, padres que no leen quieren que sus hijos lean, como si fuera algo medicinal: tienen que leer porque hace bien. Pero si en casa no leen, los chicos no van a leer. Nadie dice ¿cómo hago para que mi hijo mire televisión? No. Simplemente los padres miran televisión, el hijo también. Con la lectura pasa lo mismo.

¿Y poesía? Los adultos leemos poco poesía…

Tampoco tenemos que valorar tanto que lea poesía. Cada chico va a elegir sus libros favoritos. La lectura no acepta imposición, no podés decir “este libro es para vos”. Hay que dejar leer, dar las posibilidades. No pautar, no decir lo que es bueno. Habilitar espacios, tiempos, libros. Yo elegía de la biblioteca de mi tío, iba sacando lo que me interesaba: Sartre, los españoles, Simone de Beauvoir, Azorin, Lorca. Yo buscaba. Empezaba un libro, a veces abandonaba, buscaba otro. El recorrido es personal.


DEL AULA A LOS LIBROS. Y VICEVERSA. 
Empezaste a escribir hace relativamente poco tiempo 

Trabajé 25 años de maestra y cuando me jubilé no sabía qué iba a hacer. Sólo quería disfrutar el tiempo. Además, excepto algún cuentito para mis alumnos, nunca había escrito nada. Habían pasado dos años desde que me había jubilado cuando vi la conovocatoria del concurso y dije: “¡que lindo si fuera escritora!” Entonces me di cuenta que estaba en contra de lo que venía diciendo a mis alumnos: lo único necesario para escribir es tener algo para decir. Me situé en mi infancia para conectarme con las cosas que me movían, me interesaban… y me acordé que yo le preguntaba al espejo quién iba a ser. Yo miraba al espejo tratando de ver quién estaba adentro. Quería verme, porque yo no era esa del espejo, sino la de adentro. Esas eran preocupaciones mías cuando yo era chica. Adentro y afuera, realidad y fantasía, los espejos, los reflejos: desde ese lugar fueron saliendo los poemas del libro.

Y vino el premio

Estaban todos asombrados cuando me dieron el premio, pero yo no: si pensaba que era imposible, no mandaba. Así que muy bien por los organizadores que apostaron por alguien de quien no sabían nada. Nada de nada: yo me había olvidado de mandar la plica, es decir, los datos personales. Después me enteré que leyeron mi libro y lo dejaron ahí, por si ganaba, pero había otros 400 libros para leer. Y ganó el mío. Entonces los organizadores del concurso tuvieron que preguntar a través de la Embajada de México en Montevideo quién vivía en tal calle (tenían el remitente del sobre, con las iniciales de mi nombre y la dirección), y a través de la embajada me localizaron.

Entonces seguiste escribiendo…

Un poco, no me la creo, pero te transforman en escritora. Después vino otro libro de poesía, y también escribí Tomar la palabra porque me pidieron en la editorial que contara mi experiencia como maestra. Y agradezco que me lo hayan pedido porque me di cuenta de que en mi práctica tenía un transfondo teórico del que no era conciente.



PLANETA CALVO
Mercedes Calvo nació en Salto, Uruguay. Desde niña fue una lectora voraz y en su trabajo como docente de educación primaria y de adultos siempre dio especial importancia al desarrollo del lenguaje poético. También ha colaborado en revistas de formación docente y coordina talleres de escritura creativa. En 2008, obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños por Los espejos de Anaclara (FCE). En 2010 publicó en Conaculta Poesía con niños: guía para propiciar el encuentro de los niños con la poesía. Es autora además de Tomar la palabra. La poesía en la escuela (FCE).

 

 

 

Tags: poesía para niños, escuela, Mercedes Calvo

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