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01-10-2006 |

Crianza - Madres y Padres

ADD / ADHD / TDA / TDAH: Notas sobre una sigla en discusión

Chicos desatentos en clase, que buscan llamar la atención todo el tiempo, que no cumplen las tareas y cuestionan todo aquello que los adultos les mandan. Chicos de la cultura del video clip, los juegos electrónicos y las imágenes en continuo movimiento. Un diagnóstico polémico, múltiples teorías y una pregunta imprescindible: ¿qué se esconde detrás del modo en que se diagnostica a los chicos de hoy?

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Por Marisa Rojas



En Estados Unidos, el 10% de los niños menores de 10 años de edad está medicado como resultado de haber sido diagnosticado como ADD/ADHD. En Europa, este diagnóstico es infrecuente. En Argentina, no existen cifras oficiales pero se considera que entre un 3 y un 5% de la población educativa de primaria es diagnosticada como tal. Lo cierto es que la sigla, tanto en su versión en inglés como local (ADD – TDA), es ampliamente difundida, aunque aquello a lo que se refiere no quede siempre demasiado claro.


¿De qué hablamos?

Cuando se habla de ADD se hace mención al llamado ‘Atention Deficit Disorder’, según su nombre inglés, lo que en Argentina se conoce como ‘Trastorno por Déficit de la Atención’ (TDA), llamado ‘Trastorno por Déficit de la Atención con Hiperactividad’ (TDAH) en los casos en los que a la desatención y la impulsividad se suma la hiperactividad. Hablar de trastorno significa mencionar ‘algo que se desvía de lo normal’, lo que no implica que el ADD sea una enfermedad, “por lo cual no se cura sino que se controla”, señalan en el Centro de Salud Integral Andalican, al tiempo que aclaran: “Si bien se trata de niños poco tolerantes, que a veces se tornan violentos y no comprenden el daño que pueden ocasionar, es importante no confundir estas manifestaciones con desobediencia, falta de voluntad o mal comportamiento”.

El hoy popularmente conocido como ADD ha recibido diversas denominaciones desde las primeras décadas del siglo XX, cuando se hablaba de ‘disfunción cerebral mínima’, ‘hiperquinesis’ o ‘síndrome del niño hiperactivo’, hasta su formalización en los años ´80 como ‘trastorno por déficit de la atención’, de acuerdo al Manual de Diagnóstico y Estadística III de la Academia Americana de Psiquiatría que en su versión de 1994 (DSM IV) clasificó a la condición dentro del grupo ‘déficit de atención y trastornos del comportamiento’, por lo que este ‘trastorno’ se conoce desde entonces como ‘déficit de la atención con o sin hiperactividad’.

“De acuerdo al DSM IV, hay una serie de signos que definirían este diagnóstico, nosotros consideramos que con presentar seis u ocho de esos signos que detalla el manual no alcanza para diagnosticar ADD. Tienen que ocurrir ciertos hechos en la historia evolutiva del niño que convaliden esos indicios”, aclara la licenciada Marcela Labrit Speroni, psicóloga, directora de Orientar, Centro de Orientación y Asistencia para la Familia.

Para el doctor Jaime Tallis, jefe de neuropediatría del hospital Durand: “La definición de la academia americana no es muy feliz porque limita el cuadro a un síntoma específico. El manual en realidad deja mucho que desear porque la manera de clasificar es a través de una cuestión definitiva, no hay una interpretación de qué es lo que le está pasando al paciente. En Argentina nos cuesta mucho pensar que si un chico tiene A + B + C, entonces es D, nosotros tratamos de interpretar el porqué de cada síntoma. El ADD presenta síntomas que pueden originarse tanto en el campo neurológico como en el psicológico; la inatención, la impulsividad y la hiperactividad, pueden ser expresiones de una enfermedad orgánica, de una alteración psicológica o de una inadecuación sociocultural. Lo que existe, en nuestra consideración, es un cuadro de origen biológico que presenta manifestaciones descriptas bajo distintas denominaciones. Todavía no hay certeza sobre las causas que lo originan, aunque hay hipótesis e investigaciones crecientes que lo vinculan a alteraciones de la regulación de neurotransmisores con base genética. Cabe aclarar que aún existiendo esta posibilidad de un componente genético, siempre importan las circunstancias ambientales para la manifestación del trastorno”.

Por su parte, la licenciada Beatriz Janin, psicóloga, directora de la carrera de especialización en psicoanálisis con niños de la UCES, profesora de posgrado de la UBA, sostiene que: “El denominado ‘déficit de atención con o sin hiperactividad’ es una gran ‘bolsa de gatos’, una agrupación arbitraria e indiscriminada en la que todo problema de aprendizaje y/o de conducta queda ‘explicado’ por una referencia a un ‘déficit’ neurológico. En realidad, gran parte de la problemática infantil se manifiesta con desatención e hiperactividad. Son dos síntomas de muy diferentes cuestiones, hay chicos que son desatentos e hiperactivos porque están angustiados, otros porque están tristes o pendientes de si los demás los miran o no los miran, los niños que han sufrido situaciones de violencia suelen estar desatentos e hiperactivos”.


Un diagnóstico, tiempos y agentes polémicos

El ADD, con o sin hiperactividad, se ‘detecta’, habitualmente, con el ingreso del niño a la educación primaria, a partir de la incorporación, o no, del sistema de aprendizaje, aproximadamente a los 7 años de edad. Sin embargo, son cada vez más los casos de niños diagnosticados como ADD aún con menos edad. Para algunos profesionales, existen signos que permiten detectar a los 4 o 5 años este tipo de trastorno, y también en los bebés.

La licenciada Labrit Speroni, mamá de un adolescente que padece ADD, reconoce que: “Los signos de este trastorno se observan más en el período escolar porque el docente tiene una gama de 20 o 30 alumnos que le da la posibilidad de decir que tal o cual chico es más inquieto que otro o que interrumpe más de lo habitual. Pero el docente no diagnostica, aunque puede detectar señales de alerta. Igualmente, hay signos que se pueden observar tempranamente. Yo me dí cuenta de que algo pasaba con mi hijo hace mucho tiempo y sin saber nada de ADD. Cuando él tenía tres meses, por ejemplo, noté que por las noches se movía en la cuna de un lado a otro, además no se calmaba con sólo apoyarlo en mi pecho, era muy inquieto, lloraba, yo lo definía entonces como un chico de ‘alta demanda’. Con el tiempo se investigó, se supo más, hoy estamos en condiciones de anticiparnos y poder ayudar a estos niños a tener un buen desarrollo más allá de estas dificultades”. Sin embargo, para Tallis: “Es un diagnóstico que antes de los 5 o 6 años no se puede definir. Puede haber indicadores en los primeros momentos del desarrollo pero uno los toma hacia atrás. Cuando hay una consulta se revisa como ese niño fue de bebé, ahí pueden aparecer indicadores de inquietud, de trastornos de sueño, de alta actividad, cosas que les sucedieron a esos niños de muy pequeños pero que no son significantes para realizar un diagnóstico presuntivo porque los chicos a esa edad en general tienen ese tipo de conductas”.

En la misma línea se manifiesta Janin para quien: “Decir que un chico es desatento a los 2, 3 o 4 años, es muy difícil. Plantear esto del diagnóstico precoz lleva en general a colgarle un cartel a un chico tan tempranamente que en realidad después no hay nadie que se lo saque, cualquier cosa que le pase en su vida futura va a tener que ver con ello. Cuando un chico manifiesta desatención, hiperactividad o impulsividad, hay que ver qué es lo que le pasa. Hay que hacer un diagnóstico pero de conflictiva, de problemática, de cuáles son las determinaciones de eso que está sucediendo”.


El/los tratamiento/s

Los profesionales entrevistados coinciden en que la mejor terapéutica deberá siempre ser precedida de un diagnóstico serio, interdisciplinario y comprometido, un diagnóstico integral que permita generar las terapéuticas para la rehabilitación del paciente según sean las áreas afectadas. En Andalican consideran que: “La intervención psicológica y psicopedagógica, conjuntamente con un abordaje neuropostural, por lo general permite un tratamiento que facilita un mejor manejo del comportamiento, la hiperactividad, y la reorganización postural, a veces simplemente con regular adecuadamente la parte sensorial y ambiental se pueden prevenir mayores problemas de aprendizaje y de atención, así como importantes defasajes a nivel emocional. Además, dado la particularidad del caso, puede recomendarse una interconsulta con neurología, con el fin de evaluar la necesidad o no de medicación y una actividad alternativa que facilite la descarga de tipo impulsiva, por ejemplo la natación. De ahí que el abordaje interdisciplinario resulta fundamental”.

El tratamiento más difundido para abordar padecimientos de ADD incluye medicación y modificación conductual. En este último caso, se trata de una terapia de tipo cognitivo-conductual que consiste en ayudar a los niños a controlar y organizar su comportamiento, algo así como ‘modular la conducta’. Implica el uso de un sistema de premios y recompensas que premia al niño por su accionar positivo, al tiempo que remarca enfáticamente los aciertos del mismo. Quienes postulan este sistema sostienen que los niños que padecen ADD se desempeñan mejor cuando hay una estructura organizada, con reglas claras, consistentes y reiteradas.

La medicalización es el centro del debate en torno a este controvertido diagnóstico, al tiempo que el motivo de mayor alerta, considerando que toda medicación está contraindicada en niños menores de 6 años de edad y que, en el caso puntual del ADD, los fármacos comprometidos no curan e implican importantes y severos ‘daños colaterales’. No obstante, los estimulantes y las anfetaminas son la modalidad de tratamiento más común para el ADD. La medicación más habitual es la Ritalina, un estimulante a base de metilfenidato que es recetado en un 90% de los casos. “En colegios de Buenos Aires hemos visto aulas con un 15% de niños medicados”, denuncia Tallis y agrega: “Nadie debe ser medicado si no lo necesita, esta es una base ética que los pediatras, que hace años que no damos antitusivos o antidiarreicos, debemos trasladar a todos los campos de la medicina. No se trata de acallar el síntoma sino de interpretar por qué aparece. De todos modos, ninguna pastilla ‘cura’ ADD. Lo que sí puede hacerse es disminuir un poco la hiperactividad, mejorar un poco la atención y permitir así que el equipo, e inclusive la escuela, esté frente a mejores posibilidades de abordaje. Efectos secundarios tiene todo, hasta la aspirina, lo que uno mide cuando medica es la relación beneficio-riesgo. Si los beneficios probables que obtiene ese chico son mayores a los riesgos, entonces se medica, pero si no existe un beneficio franco entonces no tiene por qué ser expuesto a los riesgos”.

Para Janin: “Asistimos a una época en que se medicaliza la infancia, y uno de los problemas graves que tenemos con esto es que en lugar de pensar que un chico es alguien que está en crecimiento, en desarrollo, el tema pasa a ser cómo actuar rápidamente para terminar con el problema en muy poco tiempo, con lo cual se deja de ver al niño como un chico y se lo ve como alguien con una patología cerrada. Que apelemos como padres, como docentes, como terapeutas a la medicación para contener a los niños habla de que los adultos no estamos hoy en condiciones de contener a la infancia”.

Hasta aquí, un resumido recorrido acerca de los puntos centrales en torno a uno de los diagnósticos más controvertidos sobre los niños y niñas de estos tiempos. Sin agotar la discusión, resulta imprescindible retomar la pregunta del comienzo: ¿qué se esconde en el modo en que se diagnostica a los chicos de hoy? Vale entonces retomar las palabras de Daniel Korinfeld en Diagnósticos en la infancia. En busca de la subjetividad perdida: “A la hora de pensar acerca de las problemáticas de los diagnósticos en la infancia, no sobran advertencias. No se trata de meros debates teóricos o de distintas perspectivas clínicas o de abordajes institucionales, lo que está en juego son prácticas específicas, modos de producción de subjetividad”


Palabra de expertos

En junio de 2005 un grupo de profesionales de reconocida trayectoria en el campo de la psicología, la psiquiatría, la neurología, la pediatría, la psicomotricidad y la psicopedagogía -Beatriz Janin, Silvia Bleichmar, Marisa Punta Rodulfo, Jaime Tallis, José Kremenchusky y Gisela Untoiglich, entre otros-, redactaron, firmaron y enviaron al Ministerio de Salud de la Nación, un documento alertando acerca de la difusión de “‘diagnósticos’ psicopatológicos y terapeúticas que simplifican las determinaciones de los trastornos infantiles, utilizan inadecuadamente los avances en el terreno de las neurociencias sin dar espacios a los procesos subjetivos, y determinan un uso abusivo e indiscriminado de fármacos desde edades muy tempranas”. El Consenso de Expertos del Área de la Salud sobre el llamado ‘Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad’, del cuál se reproduce a continuación un fragmento, fue presentado ante la posibilidad de inclusión de la medicación utilizada en tratamientos de ADD en el Programa Médico Obligatorio (PMO).

“Procediendo de manera sumaria, esquemática y carente de verdadero rigor científico, en nuestra época se hacen diagnósticos y hasta se postulan nuevos cuadros a partir de observaciones y de agrupaciones arbitrarias de rasgos, a menudo basadas en nociones antiguas y confusas. Es el caso del llamado síndrome de ‘Déficit de Atención con o sin Hiperactividad’ (…) Como resultado del tratamiento que suele indicarse en estos casos, medicación y modificación conductual, los niños son medicados desde edades muy tempranas con una medicación que no cura, que en muchos casos disimula sintomatología grave, que en ocasiones ejerce una seudoregulación de la conducta y que tiene contraindicaciones y efectos secundarios importantes (…) Proponemos: que la evaluación de cada niño sea realizada por profesionales expertos en la temática y que se le otorgue la posibilidad de ser tratado de acuerdo con las dificultades específicas que presenta; que la medicación sea el recurso último (y no el primero) y que sea consensuada por diferentes profesionales; que se tome en cuenta el contexto del niño en la evaluación y que se acote en los medios la difusión masiva de la existencia del trastorno por déficit atencional (cuando es un trastorno sobre el que no hay acuerdo entre los profesionales) y, sobre todo, el consumo de la medicación como solución mágica frente a las dificultades escolares”.


• Para seguir leyendo:

Trastornos de la atención e hiperactividad”, Rev. Actualidad Psicológica. Año XXXI-Nº 342. Junio, 2006.
Untoiglich, G. (coord.) Diagnósticos en la infancia. En busca de la subjetividad perdida. NOVEDUC, Colección Ensayos y Experiencias. Bs As, 2005.
Janin, B y otros. Niños desatentos e hiperactivos. Reflexiones críticas acerca del trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad. NOVEDUC, Colección Conjunciones. Bs As, 2004.
Tallis, J. y otros. Trastornos en el desarrollo infantil. Niño y Dávila. Bs As, 2003.


• Para más inf:
Andalican, Centro de Salud Integral. 4554-6599. www.andalican.com.ar
Orientar, Centro de Orientación y Asistencia para la Familia. 4807-6767 www.orientar.com

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